
"De la Cenicienta sumisa a la neurótica.
La perversa evitable"
La perversa evitable"
Prof. Manuel Calviño
Capítulo I
Había una vez una joven hacendosa que se pasaba el día hac(i)endo cosas en la cocina. Tanto que su vestido humilde, sencillo, estaba siempre manchado de hollín y ceni-za. Por eso le llamaban “Ceniz-cienta”. Si hubiera vivido en estos tiempos le llamarían “Aceitenienta” o “Inventanienta” (esto último en las mejores tradiciones de la inventiva culinaria de la mujer cubana formada en el espíritu de Nitza Villapol). Cenicienta desde muy temprana edad había perdido a su madre. Su padre después de enviudar se volvió a casar poniendo a Cenicienta en manos de una madrastra muy mala (como todas las madrastras de los cuentos, que solo son igualadas en maldad por los reyes, y los jefes en los cuentos que hacen los subordinados). La malastra, como sería más adecuado llamarle, tenía dos hijas. Peores aún que la misma malastra. Explotaban a Cenicienta exigiéndole aceptar sumisamente todas las tareas domésticas: cocinar, fregar, lavar, tender, planchar, recoger los cuartos, tender las camas, barrer, baldear, dar de comer a los animales (estos últimos por suerte aprendieron a hablar y lograron buenas relaciones interpersonales con la oprimida joven). Cenicienta era “la vilipendiada”. Pero, a pesar de la opinión de los psiquiatras de la época, sin ser un trastorno bipolar, ni una masoquista empedernida, Cenicienta…. Era feliz! Ella sabía que era “su-misión”. Cantaba todo el día mientras trabajaba como esclava, sonreía complaciente ante la maledicencia de su “medias hermanas”. Y más aún, en las escasas horas en que dormía, y en una semivigilia controlada, Cenicienta soñaba. Soñaba con un príncipe que la amara. De tan humilde que era nunca pidió nada. Pero una noche, inesperadamente, su hada madrina le hizo el mejor regalo que puede tener una joven buena y hermosa: le regaló una oportunidad. Y gracias a un zapato de “cristal fundido con hierro” Cenicienta encontró a su principe, con quien se casó y…. siguió siendo feliz.
Capítulo II
En su nueva vida de casada Cenicienta siguió siendo feliz… al menos al inicio. Todo era mejora. De madrastra mala a Principe bonito. De sirvienta a ama de casa… ama de Palacio. La permuta de una barbacoa modelo “desván” a un Palacio Real era indiscutiblemente ventajosa. Cómo no iba a ser feliz. Pero algo le causaba cierta intranquilidad: “¿cómo se es princesa? ¿qué tengo que hacer?”, se preguntaba la joven. Ella sabía ser “sirvienta”, su malastra se lo había explicado y exigido. Pero y las princesas ¿cómo se comportan?. “Se acabaron los ratones en la casa.. ni las princesas, ni las mujeres casadas hablan con animales…mucho menos con lobos feroces. Mira lo que le paso a Caperucita” fue una de las primeras definiciones del Principe consorte. “Además, no quiero sentirte más con olor a cebolla, eso es perfume barato (en aquella época, ahora es casi tan costosa como el Paco Rabane)…Las princesas huelen bien…Aquí, además, no tienes que trabajar... el trabajo es cosa de pobres. En Palacio no te faltará nada. Para dártelo todo estoy yo aquí” Cenicienta podía seguir siendo feliz. Cambiaron su escenario. Cambiaron sus acompañantes. Pero ella seguía invariablemente con “su-misión”. “No hay mucha diferencia entre ser sirvienta o ser princesa… se trata siempre de hacer lo que te manden” - concluyó la agraciada. Y con esto su relativa intranquilidad inicial desapareció.
Fue así durante muchos años. Hasta que un día, la misma hada madrina que una vez sin que ella lo pidiera le dio una oportunidad, se le apareció y le preguntó: “¿Estás satisfecha con tu vida?” “Sí” le contestó sin dudarlo la Princesa Asunción- nuevo nombre que habían dado a la que otrora fuera Cenicienta. “¿Pero no te das cuenta que tu vida está vacía?” pregunto el Hada, que a pesar de sus años se había impregnado de las nuevas corrientes de pensamiento. “¿Acaso no te das cuenta que no eres libre? Eres una marioneta de los intereses y deseos de tu dominante marido. ¿No crees que deberías poder tener tu propio sustento económico, ser Princesa no por consorte sino por méritos, estudiar, trabajar, ser un ser social activo, consciente, responsable, comprometido?” Aquellas palabras calaban hondo en la mente de Asunción (Cenicienta). “Únete a nosotras. Somos el grupo FUNDIDAS (Frente Unido de Insatisfechas Decididas a Superarse). Basta de explotación. Basta de encerramientos domésticos. Queremos ser como los hombres”. Por alguna razón desconocida, aquella sentencia de ser como los hombres puso en alerta y cautela a nuestra princesa. “No me respondas ahora. Piénsalo” terminó diciendo la propietaria original de la “varita mágica” de Harry Potter. Para Asunción, antes Cenicienta, que tenía su vida bien asumida, comenzó allí un proceso de modificación que desembocaría en la conversión de su-misión en neurosis.
Capítulo III
La vida sexual de Cenicienta distaba mucho de lo que había leído en algunos libritos que de manera profusa circulaban entre las jóvenes aristocráticas. En particular las narraciones de un tal Marqués de Sade parecían como cosas imposibles. A uno de los pajaritos amigos de ella le había escuchado decir que el Príncipe era “gay”. Pero no entendía que tenía que ver con su total ausencia de sexo. En todo caso era mejor “Si además de ser la esposa del príncipe tengo que ser su mujer y quien sabe si mañana madre de sus hijos… creo que me volvería loca… Es mucho para un solo corazón” pensaba la agraciada joven. Efectivamente los pajaritos eran solo pajaritos. Los ratoncitos solo ratoncitos. Y ella tenía que ser Princesa y esposa. “Menos mal que no tengo que ser ni mujer ni madre”. Sin embargo, percibía que en ocasiones como una picazón la estremecía. Como si quisiera algo, pero no sabía qué. A lo lejos se escuchaba una insoportable música de plebeyos y gente baja: “negra, mulata. Si quieres coco ven y súbete a la mata”. Ella prefería las trovadorescas coplas de un moro de Milán – Paolo el Milanés – que decía: “Muchas veces te dije que antes de hacerlo había que pensarlo muy bien”. Cenicienta Asunción, seguía pensando en la propuesta del Hada Madrina: ingresar en la ONG “FUNDIDAS”. “Quizás sería interesante ser Alquimista… fundar un Polo científico y desacreditar a las parlanchinas brujas… pero para eso tengo que estudiar. Luego tendré que tener un laboratorio y todo eso presupone trabajar”
“Vade Retro Satanás!!” Grito el príncipe, cambiando la S por Z, cuando su esposa le habló del proyecto. Bastaba, según él, estar en Palacio y mantener “su-misión”. “Mis primastras después de la decepción por no casarse contigo lo hicieron y les va muy bien”. “Es distinto – argumentó el Príncipe – ellas no tienen esposo, y además son feas. Las mujeres feas son las que se dedican a la Ciencia, a trabajar” Los argumentos eran a todas luces inconsistentes, pero “el que puede puede”, lo que quiere decir que el asunto no es tener la razón, sino el poder. Y el poder estaba en manos del principe (sustituto funcional de la malastra, representante anticipado del jefe). Cenicienta se molestó mucho. El “síndrome de la fruta prohibida” se estaba adueñando de la joven. “Lo haré. Cueste lo que me cueste”
Capítulo IV
Cenicienta estaba cansada de la vida que llevaba. “Convivir con los suegros es terrible aún cuando tengas un Palacio” escribió en su diario. De modo que el divorcio era no solo inminente, sino justificado. “Incompatibilidad de caracteres” acordó con el príncipe, a quien días antes había sorprendido con un mancebo en su alcoba… “No es lo que tú piensas… es que estoy filmando una telenovela que se llamará “Talco en los glúteos” y acá el joven me está ayudando”.
Cenicienta volvió a su choza con una pensión decorosa (50 pesos MN). Le alcanzaba para la canasta básica… obviamente para la canasta, vacía). Se reincorporó a sus labores habituales, pero además se puso a estudiar y luego de unos meses comenzó a trabajar como “invetigadora emergente”. Se produjo en su vida un cambio esencial. Como todo, para bien y para mal.
Ahora se sentía liberada de la “esclavitud de palacio”, ahora era un sujeto socialmente activo. Pero no tenía marido. Los hombres le tenían o miedo o desconfianza. No tenía hijos, pero sus sobrinos, hijos de las feas primas la hacían presuponer con claridad asombrosa lo que pasaría si además fuera madre.
“¿Cómo se puede ser tía, sirvienta, investigadora, mujer deseante, y miembro de una ONG?.... creo que tendré que ingresar en la AJC (Asociación de jóvenes en conflicto)”.
Efectivamente estaba en problemas: Ahora tenía cuando menos dos jornadas laborales, dos jefes, deseos insatisfechos propios y ajenos. En cada ámbito y cada jefe le exigía por hacer lo que tenía que hacer. Pero al final la evaluación era “Insatisfactorio”. Probó con “su-misión”, pero… “¿su-misión en la casa o su-misión en el laboratorio…. That is the question?” se preguntaba una y otra vez. Cumplir su-misión en uno le impedía cumplirla en la otra. “Hay tiempo para todo” decían sus primas. “Ustedes no leyeron la “Consagración de la Primavera…” y no hay video pirata. Así que en todo caso saben de primavera, pero de Consagración no!!!”
La situación se tornaba insostenible. Pero apareció su Hada Madrina. “Te lo dije… Únete a nosotras. Tienes que darle un enfoque de género a tu vida. Te hacen todo eso porque eres mujer…. Te quieren sumisa. Pero niégate”.
“Quiero pero no puedo, puedo pero no quiero, hay pero no me toca, me toca pero no hay… Mi Yo-casa, Mi yo-trabajo, Mi yo-yo… soy tres, como Eva, Eva Black and Eva White (The three faces of Eva)… son tres!...tres! Eureka! lo que tengo es “estrés”!!!! Cenicienta se había acercado a la verdad. Pero no precisamente estrés era su dolencia. Su dolencia se llama Neurosis.
Capitulo V
Cenicienta estaba convencida. No podía seguir así. Tenía que dar un enfoque adecuado a su vida, un enfoque de género. Una noche en su antigua habitación barbacoa modelo “desván”, Cenicienta imploro a su Hada Madrina: “Por favor, ayúdame, ayúdame. Haz conmigo lo que haya que hacer”. El Hada Madrina aprovechando un apagón no programado realizó “el milagro”.
Con unos pases de varita mágica en la cabeza de Cenicienta, en un sencillo acto de travestismo, la convirtió en hombre. “Ahora sí todos mis problemas quedarán resueltos… no tendré que ser sirvienta en casa, me considerarán más capaz en el trabajo, no tendré que ser madre, no tendré que cocinar, fregar, planchar… Urra!!!!” Y dicho esto, y en honor a su padre, quien había trabajado en un prestigioso centro de Investigaciones científicas, CNIC, se autonombró “Cenic-ciento”.
A pesar de estar aprobada la resolución para la “reasignación sexual” y la inoculación de andrógenos y otras yerbas, solo optó por cambios “externos”. Y así volvió al trabajo. Pero…Nada cambió.
Ahora era exigido como hijo varón único en su casa, como investigador en el centro, como militante en su núcleo, y aún más las mujeres lo miraban insinuantes y si no respondía sería acusado de “marica”. De modo que muy pronto se dio cuenta que la solución que había ensayado no era buena. La decepción de CNICciento (alias Cenicienta la transvestida) lo llevó a una profunda disquisición filosófica. “El asunto no es de genero, el genero viene a agregar más daño al problema… pero lo esencial es otra cosa” Ahora seguía con exigencias múltiples. Su intento neurótico por cumplir con todo la/lo llevaba a no cumplir del todo con nada. Se fue a la consulta del Psicólogo de la familia, y este le dio una explicación bien científica, pero poco útil.
Un día se encontró con quien había sido el “probador del zapato de hierro” y desgarradamente le contó la historia. El antiguo heraldo del Palacio, hoy convertido en encargado de edificio múltiple, le comentó: “A mí mis hijos me exigen y dicen que no estoy a la altura. Mi jefe, más de lo mismo. Mi esposa que si ya no la quiero como antes. Mis amigos que soy un falso. Y todavía hay quien quiere que le busque el zapato y se lo pruebe para mejorar su suerte”.
Epílogo I (aleRtador)
“Sabes que, me da igual. Haz lo que quieras… bótame, sancioname, tráeme a la policía”. Nadie podía creer que una exprincesa, hija de un investigador del CNIC, apadrinada por una madrina poderosa, transexuada por obra y gracia de la Ciencia….y la tolerancia, se comportara de esa forma. “Hace poco lo vi en una honda rara… estaba “enyerbado”, o quien sabe si era “carga pesada” – comentó una vecina del SDRI (Servicio de recirculación informativa) que tampoco se explicaba que bicho había picado a Cenicienta. El Psicólogo diagnosticó: “Es una perversión. Cenicienta padece de una perversión sociopática… no acepta normas, las transgrede por principio. No encuentra placer más que en la negativa, hacer todo lo que no se debe ni es bueno hacer. La perversión es el grito de guerra de un estado de desesperación” El perro amigo de su infancia, que ya estaba completamente sordo, era su único confidente: “Me estrujaron demasiado… todo les parecía poco. Eso sin contar que nunca se adaptaron a mi cambio de identidad… me pedían una cosa por aquí y otra por allá… y yo explicándoles que la semana no tiene más de siete días…. Oye es que caes en la trampa de tratar de ser estrella en todo, y después… por dónde menos te lo imaginas empieza a romperse la soga. Hasta que llega un día en que dices: me da lo mismo. No estoy ni ahí”. El Departamento de Recl®usos humanos tomó cuenta en el asunto. Lo único que la asombró era el parecido que tenía el jefe del departamento con Torcquemada, el maléfico líder de la Inquisición. La sancionaron. Le pusieron una nota en el expediente. Le quitaron el derecho a jaba y al estimulo. Le pidieron expulsión. Unos días después se le vio preguntando cómo era eso del “bombo”.
En sumisión fue feliz, pero falsamente feliz. Por eso se rebeló, aunque pagó su costo. Se empeñó entonces en afrontar y vencer todas las dificultades “todo es posible”- pero al final la neurosis no tardó en hacer de las suyas. El estrés la acorraló. Nunca comprendió que hay algo peor que la sumisión, la neurosis, el estrés: lo peor es la indiferencia.
Pero ¿alguien la ayudó a comprenderlo? ¿No fue acaso llevada hasta allí? ¿Es que acaso los comportamietos humanos no son el resultado de las condiciones reales de vida?. El sabio perro, en una entrevista que le hicieron para el NTV, sentenció: “No podemos olvidar que la gente piensa como vive”
Epílogo II (aleNtador)
Todos se reunieron creando un ambiente propicio para la honestidad, la expresión libre de pensamientos e ideas. Tenían la posibilidad y querían construir el destino no solo de la Cenicienta, sino el de todos. Cenicienta, CNICciento, Asunción, como quiera llamársele no era más que una historia entre muchas similares. ¿Podían permitirse que para ser un buen trabajador hubiera que ser un mal padre, o una mala madre, o sencillamente no serlo? ¿Era justo y prospectivamente constructivo que la voluntad de un jefe o de una normativa, subsumiera la voluntad de todos hasta el paroxismo del antagonismo irreconciliable? ¿Eran los roles más importantes que las personas? Fueron estas y otras las cuestiones que analizaron como compañeros, como amigos, comprometidos y empeñados en el bienestar y la felicidad. “No puede haber felicidad al final de un camino infeliz”- sentenció Cenicienta. Y más adelante enarboló más que una consigna, una decisión profundamente sentida: “No a la sumisión. No a la neurosis. No a la perversión”. Todos se abrazaron y se distribuyeron las acciones a realizar. Se tendrá que “cambiar todo lo que tenga que ser cambiado”. Era de noche y en la televisión alguien decía: “La nuestra, es una alternativa distinta a la sociedad que promueve el egoísmo, la avaricia, lo superfluo y la irresponsabilidad…” Cenicienta sentía reflejadas sus ansias. “El camino no será fácil – pensó – pero Vale la pena”.
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