Homenaje a MI ESCUELA.
En su centenario.
- I -
Cien años cumpliría mi Escuela. Lo digo absorto en ese peculiar sentimiento,
creo que muy de cubano, de asociar la geografía de la vida infantil a lo muy personal,
“lo mío”, lo auténticamente
reconocido como propio. La casa en la que nacimos y vivimos con nuestros
padres, es “mi Casa”; el barrio en el
que desplegamos nuestras vitalidades primarias, es “mi Barrio”. Así, la Escuela en la que descubrimos las letras, los
números, y quien sabe cuantas cosas más, es “mi Escuela”.
La mía, dicen algunos que
fue fundada en 1905 (en realidad fue este el año en que llegaron los hermanos
lasallistas a Cuba). Pero cierro los ojos, y me veo leyendo el número inscrito
en la parte superior de la puerta principal: “1910”. Hasta puedo escuchar a mi compañero de aula, Roberto Pérez,
diciéndome: “Que vieja es la Escuela”.
Y esto fue en 1957. Cuando apenas ella tenía 47 años.
Yo estaba en el primer
grado C. Había pasado el “kindergarten”
en una vieja casa de la calle Príncipe. La misma calle que luego me recibiría
al ser cerrada mi Escuela. Mi padre le había dicho a mi madre: “tendrá la mejor educación que podamos darle”.
Y así, un buen día, me llevó a la majestuosa edificación que ocupaba la manzana
comprendida entre las calles 13 y 11, acompañando en paralelo al mar; y las
calles B y C que se extendían hasta tocarlo.
La barriada del Vedado se
privilegiaba con aquella edificación que se levantaba sólida y resplandeciente.
Orgullo de un poderío económico de clase media ascendente, pero sobre todo de
un poderío educativo, intelectual, formativo. Los Hermanos “De La Salle” habían consagrado,
inequívocamente, su vida a la Educación. Con una profunda convicción católica,
y avanzadas ideas acerca del modo de “preparar
hombres para la vida”, ejercitaban su vocación para el magisterio de manera
excepcional, con compromiso cívico, cultivando el alma cubana. Cuba siempre
estaba en sus prédicas. Cuba estaba en
sus cantos. Cuba estaba en sus sueños y sus ideales de una patria “con todos y para el bien de todos”.
Tardé
muchos años en descubrir dimensiones de su pensar que escapaban a mi mente
infantil, aunque no dudo que fueron sedimentando mi carácter. Revisando los viejos materiales de la infancia, aquél “libro” que llamábamos “La
Memoria”, comprendí mucho más ampliamente el bregar calmo, pero
contundente, de los hermanos lasallistas afiliados al humanismo real, ese que
siguiendo la ruta de Dios, no puede ser ciego ni mudo ante la injusticia. “Dios. Patria. Hogar”, inscripción
legítima de los apostolados, interconectaba las cimientes de su modelo
formativo.
Que no quede solo en mi
apreciación. En el Discurso de despedida de la graduación de 1958, oratoria
revisada y consentida, como en las mejores tradiciones de la Educación
responsable, el aventajado Guillermo Boza, decía: “… no nos olvidemos nunca del pueblo que llora y sufre mucho. Seguiremos
entonces a la Patria como el trozo de humanidad en el que nacimos, y nos
daremos cuenta de que solamente lograremos su libertad cuando hayamos vencido
la ignorancia y el analfabetismo, y subyugado la inmoralidad y la deshonra. Y
nos lanzaremos, jinetes de nuestros ideales, a reparar injusticias sociales
enormes, a enseñar deberes olvidados, a cicatrizar heridas profundas de Patria
enferma, a hacer olvidar rencores con justicia, y ofensas con caridad. Si lo
logramos, habremos logrado la felicidad de la Patria… Y una estrella blanca…
igual a esa estrella que brilla allí, triste y abatida sobre la sangre de mi
Cuba doliente, nos repetirá suavemente las palabras de Amiel: “No te desanimes
nunca, siempre adelante, tu deber es obrar”. Subrayo, esto fue en Junio de
1958.
- II -
Los años siguientes fueron
de enorme complejidad. Desde los inicios de 1959 la Revolución entra en el
edificio de mi Escuela de las manos de los propios hermanos lasallistas. No hay
como dudarlo. En la “Memoria” de 1959, un escrito titulado “República Nueva”,
dice: “La generación que ha hecho en Cuba
la revolución más heroica y limpia, ha brotado al conjuro de una fe intensísima
en los ideales martianos… En esta nueva alborada cubana nos invade y nos
convoca una gran esperanza en el mejoramiento espiritual del pueblo y de los
grupos dirigentes…servir a la comunidad cubana es hoy un deber
imprescindible…Todo por una patria libre y feliz, porque ha de ser más
cristiana”.
Más adelante se incluye en
la “Memoria” un fragmento de un texto publicado en la Revista Bohemia, en el
que se afirma: “Mucho ha hecho Fidel
Castro, y mucho le queda por hacer. Es lícito conceder al líder máximo de la
Revolución un crédito proporcional a las grandes realizaciones que debe
acometer y que sin duda acometerá” Y más adelante se señala: “N de la R – Fidel Castro fue alumno del
Colegio De La Salle de Santiago de Cuba, de 1934 a 1938; Allí hizo su primera Comunión”.
Se apoyan las primeras
medidas populares del nuevo gobierno. La Reforma Agraria fue uno de los
acontecimientos saludados con hechos. Aún recuerdo los “tractores donados a la patria”.
En mi casa me decían: “Pronto todos los niños podrán ir a una
Escuela como la tuya”. No habría que limitarse a la caridad de los
lasallistas que, con la renta de las Escuelas grandes, mantenían tres “Escuelas parroquiales” totalmente
gratuitas. Otras, como la ciertamente fundada en 1905, antes que “la mia”, en la calle Línea, 460, entre D
y E, becaban a gran cantidad de alumnos que no tenían como pagar. Viví de cerca
como el edificio mayor, de la Escuela del vedado, y el menor, el parroquial, se
entrelazaban en actividades conjuntas. Favorecidos y desfavorecidos del sistema
jugaban en el mismo equipo, cantaban en el mismo coro, navegaban en las mismas
ansias.
No idealizo. Simplemente
observo, reconozco y me enorgullece saber que más allá de la prédica, había
acciones concretas. De alcance limitado, sí. Pero sustentadas en un profundo
amor y solidaridad, en convicciones para compartir con orgullo.
Pero poco a poco, en el
exterior del edificio, más allá de la hermosa reja perimetral que marcaba un
adentro y un afuera, los estandartes de La Salle se descolocaban de sus
espacios tradicionales. La Patria llamaba a rebato. Las familias se
precipitaban en saltos muchas veces irracionales. Dios se desdibujaba de sus
sacrosantos anaqueles. Cada día un nuevo pupitre se quedaba vacio. Algo estaba
sucediendo más allá del perímetro de la Escuela. Pero el magnífico edificio,
como un inmenso útero materno, nos contenía, nos protegía. En su interior se
seguía proporcionando un mundo organizado y racional, en un contexto de cambios
convulsos. Era el prolegómeno de otra modificación sustancial en la sociedad
cubana. Ahora impactando sobre la religiosidad, sobre las instituciones
religiosas.
Algunos desvaríos
comenzaban a percibirse. Confrontaciones desde la duda empezaron a aparecer en
el escenario público. La Revolución “verde
por fuera y roja por dentro” hacía emerger prejuicios no sin fundamentos de
la iglesia católica. “Un fantasma
recorría el país – parafraseando a Marx- Era el fantasma del Comunismo”.
En el edificio de mi
Escuela la armonía fue desapareciendo. Chubascos de volantes lanzados desde lo
alto de las construcciones que daban resguardo al patio interior, predisponían
a los que leían las octavillas. “No te
dejes confundir por el comunismo”, “Las
tentaciones del diablo son rojas”.
No descarto que algunas hayan tenido contenidos abiertamente
contrarrevolucionario. También seguía adelante, entre algunos estudiantes, el
proceso de asimilación política de la nueva situación del país. Recuerdo haber
visto uniformes distintos a los que usábamos los estudiantes. Tampoco eran sotanas.
Al interior de mi Escuela se vivía lo que en todo el país se vivía: apoyos
incondicionales y rechazos radicales, contradicciones, definición de posturas
en busca de la transacción, del respeto a los intereses. Nadie sabía lo que era
una revolución, ni como se hacía. Lo menos que se podía esperar era lo que
estaba sucediendo.
Un buen día la solidez
construida por años comenzó a desmoronarse definitivamente. La guagua “12”,
comandada por el chofer Angelito, que se internaba por mi natal Cayo Hueso a recoger
a varios alumnos, parecía apagada. En su interior comenzaron a desaparecer los
chistes, las maldades comunes. Estábamos como enmudecidos. El Edificio se veía
sombrío. No era el silencio de la disciplina el que predominaba. Creo que era
el silencio de la incertidumbre. El año había recién comenzado. Pero aquellas
navidades habían marcado de una manera distinta a mi Escuela. Al cierre del
sesenta, el Decano de Bachillerato había alertado: “El porvenir, jóvenes, tiene muchas incógnitas; los horizontes se
oscurecen con nubes negras…” ¿era acaso un presagio, una premonición?.
Tengo un gran vacío
documentario sobre lo que sucedió. Mi vocación no es de historiador. Solo soy
un narrador de sentimientos. Mis vivencias las llevo al papel. De modo que lo
que conservo es que en abril de 1961 fue mi última salida del Edificio de mi
Escuela. Fue por la puerta trasera. Nos llevaron apresuradamente al sótano a
tomar los ómnibus. Una vez adentro nos instaron a agacharnos en nuestros
asientos, a no exponernos en las ventanillas que deberíamos tener cerradas. Se
sentía el nerviosismo de los hermanos, ecuánimes en apariencia, pero muy
preocupados. Cuando salimos a la calle 11, atemorizados por la inusual
emergencia y el desconocimiento de lo que pasaba, alcanzamos a oír gritos que
venían de la calle: “Pin Pon fuera. Abajo
la gusanera”, “Que se vayan los
bitongos”, “Curas asesinos”, “Nacionalización”. Una rápida mirada
desobediente tropezó con carteles enarbolados por un grupo numeroso de personas
que, parapetados en la calle, obstaculizaban el paso de las “guaguas”, e inundaban el silencio de la
tarde con la misma expresión: “Curas
asesinos”. No podía, ni podré entender nunca, aquellas palabras.
- III -
Muchos años pasaron antes
de que volviera a pasar por mi Escuela. Los nuevos tiempos me llevaron a
lugares insospechados con nuevos compañeros de faena – campos desolados por
ciclones, campamentos en intrincados lugares de la isla menor, zafras
azucareras, movilizaciones militares. Un mundo desconocido en el que podía ejercer
una vocación en la que me había educado. Encontré a algunos compañeros de mi
Escuela. Con Nino del Castillo pasamos mucho frío al sur de La Habana, en el
Campamento “Las Julias”. Allí llegamos por voluntad propia a contribuir al
desarrollo del país.
Algunos de mis compañeros
de Escuela corrieron otra suerte, triste, lamentable, dolorosa: exilio,
desgarramiento familiar, prisión. Muchos engrosaron la diáspora. Creo que hoy,
cada vez más, abandonamos las tensiones de época y reconstruimos lo que no debemos
perder poniendo tierra encima de los excesos cometidos.
La Escuela quedó un largo
tiempo abandonada. Habitada quizás por ecos de su historia, quizás por
espectros de sotanas negras, camisas azules, pantalones de caqui beige. La
erosión se imponía sobre sus fachadas. La
acción destructiva sin contraposición constructiva laceraba desde todas partes
las estructuras y fachadas del edificio. Mi Escuela no era una prioridad para
los que definían lo que sí y lo que no. Probablemente, para muchos, ella representaba
un pasado que lejos de ser historia a recuperar, se pensaba, equívocamente, como
una suerte de ignominia a olvidar. “Todo
al fuego” en una pésima interpretación de la sabía afirmación martiana.
Ninguna Escuela católica se salvó del pie forzado. Ninguna Escuela privada.
¿En qué extraño trance
cayeron los que no entendieron, los que no entendimos - porque no quiero
excluirme de los que cometieron errores - que la historia que solo es ruptura
se contradice a sí misma, contraviene su propio sentido?, ¿Cómo no entendimos
que la historia no es el cuento que los doctos o los profanos hacen, sino los
sucesos reales que dejan marcas indelebles en la vida real de las personas, de
las ciudades, de las naciones?, ¿Cómo olvidamos que hasta en la bastardía están
los cimientes de nuestra nación, que somos hijos de una violación cosmogónica
de la que supimos recuperar, transformar y crear, pero no olvidar?. ¿Dejar de
ser católicos suponía que teníamos entonces que dejar de ser buenas personas,
porque solo los revolucionarios son buenas personas? ¿Teníamos que lanzar al
olvido las enseñanzas de los hermanos lasallistas, su invitación constante y
ejemplar a hacer filas con la virtud, la humildad, el respeto, el conocimiento,
la vocación de servicio?
Se sumaron también los
equívocos del otro lado. No devalúo
para nada el impacto de terribles sucesos en los que buena parte de la Iglesia
católica, como institución, se negó a sí misma (¿o no?). Fue escudo de un
asesino, y así, garra de las sombras luciferinas. Se alejó de la sotana verde
oliva del padre Sardiñas, para ser bordaje en oro de lo peor de la burguesía en
estampida. Comulgó a corruptos sin pasar ni tan siquiera por el juicio de Dios
y el debido arrepentimiento. Se dejó arrastrar por la defensa de la inmovilidad,
cuando el reto era cambiar. La ortodoxia eclesiástica no fue capaz de
trascenderse a sí misma. Su epistemología de la resistencia, no la dejó pensar
en la oportunidad de crecer. Se armó de la negativa. Se parapetó en sus templos
cerrados. Se enquistó.
Todo esto herrumbraba lo
edificado. El inmueble de mi Escuela se me antojaba como una visión doriangreysiana. Como si todo lo malo se
depositara en sus paredes, que se descascaraban dejando al desnudo un inmenso
vacío. La nada.
Cuando volví a transitar
por la acera que circunvala el edificio sentí un dolor en el mismo centro del
pecho. No tenía que ser así. Se pudo haber evitado. No tiene que ver con el
Socialismo, sino con el modo en que algunos, desde posiciones de poder,
interpretaron el Socialismo. No tenía que ver con el ser católico, sino con el
modo en que algunos pensaron que se tenía que ser católico.
Así cómo “la diferencia entre el desierto y un jardín,
no está en el agua, sino en el hombre”, la diferencia entre el edificio de
mi Escuela, aquél que glamoroso ilustraba la producción cultural de una época
con aciertos y desaciertos, y el
destruido inmueble que a duras penas se mantenía allí en pie, no estaba en el
tiempo, sino en el hombre. No fue el tiempo quien convirtió en semi ruina lo que parecía ser una
irreductible edificación. Fue el hombre.
- IV -
Las paredes del Edificio
ya gemían cuando una sabia decisión reconvertiría al gigante en una edificación
con fines educativos. Tocaría el turno a un centro de enseñanza técnica. Se
podrían aprovechar condiciones propias del inmueble. El sótano trasero se transformaría
en taller de mecánica. El patio lateral, con vista a la Calle C, sería techado
para tener más espacio protegido de la inclemencia de las lluvias tropicales.
Le llegó también el turno a la Capilla. Allí donde buena parte de los
lasallistas habaneros hicimos nuestra Primera Comunión, y algunos hasta la
Confirmación, los nuevos estudiantes harían su primera disección de un motor.
Donde otrora, junto al magnífico coro escolar, yo entonaba el “Cristus Vinci”, ahora resonarían
ensordecedores choques de metales, de instrumentos de labor, contra la maciza
construcción de estructuras férreas y armazones de hormigón de todo tipo. Cada
época se construye a sí misma. En altares, en talleres. En cualquier lugar. En
todos los lugares. Pero siempre el gran constructor: El ser humano. Con una
vocación u otra. Cuando son buenas, cuando son auténticas, se interconectan. Y
solo cuando son falsas, se excluyen.
Soy de los convencidos que
los hermanos lasallistas hubieran sentido alegría al saber que resurgía de las
cenizas el edificio que antes cobijara la realización de su vocación.
Adolescentes y jóvenes sin discriminación de origen, raza, género, podrían
inundar las desvalidas aulas, y más adelante devolver con la gracia de su
servicio, lo que recibieran. La Escuela volvía a ser escuela. En algún momento
me pasó por la cabeza convocar a los ex alumnos, de diferentes generaciones y
épocas, a una labor de apoyo al resurgimiento del edificio. Tenía identificado
a unos pocos, pero quizás aparecieran más. En la isla, Manuel González, Rafael
Betancourt, los Lage –Jorge, Carlos, Agustín-, Nino del Castillo, Manuel Bode,
Frank Tobey, Gustavo Robreño, Enrique Colina, Luis Alberto Montero. También el Arzobispo
Auxiliar de La Habana, Monseñor Alfredo Petit. Fuera de la isla…muchos más. Se
trataría de un remiendo a la memoria. Un deber de corazón. Nada más. Mucho más.
Un domingo, quien sabe si
recordando los de misa, me fui a visitar la Escuela. Tenía la esperanza de
encontrar a alguien a quien comentarle mi idea, tal vez intempestiva. Quería
acercarme al aula de primer grado en la que el hermano Tomás nos llenaba el
alma de ganas de aprender. Y lo hice. Cargado de sueños y temores volví a
entrar al edificio.
La batalla entre la memoria
emocional y la razón fue desgarrante. La primera buscaba sus referencias
mnémicas en las que todo aparecía como detenido en el tiempo. La segunda,
precisamente esgrimía al tiempo para entender lo que la mirada le imponía. El edificio había sido maquillado. Más en sus
fachadas externas. Mucho menos en sus espacios internos. Pintura de bajo costo
intentaba cubrir el abandono. Retazos de madera de baja calidad parcheaban la
falta de persianas y fragmentos de puerta por doquier. Las impresiones primeras
me convocaban a la molestia. Pero el corazón emergió para hacer visible lo
invisible: algo trataba de hacerse. No era la simple aritmética de “algo mejor que nada”. Era recuperar el
significado solidamente inscrito en aquél edificio. Un edificio para ser
Escuela.
Las marcas de época eran
inevitables. Ahora la Escuela llevaba un nuevo nombre. Pantalones y sayas entraban
indistintamente a los salones de clase. Yo notaba la ausencia de la escultura
central. Pero era solo una reminiscencia. Otros eran los colores de los
uniformes. Como el Estado que se hace cargo de la Escuela, ésta devino un
centro laico. Las ausencias de condiciones básicas eran evidentes. Pero
siempre, junto a cada falta, el intento de superarla. ¿Habría posibilidades reales
de que el edificio volviera a transpirar espiritualidad intelectual, ansias de
saber? Y claro, también infancia, o juventud, fuerza vital de gente joven con
ansias de vencer, de superar cualquier reto.
Hay un destino ineluctable
en aquella construcción. Una espiritualidad, que mixturada con piedra y polvo,
con ansias y desvelos, con victorias y derrotas, se había tornado resistente a
todos los embates. La Escuela, mi Escuela, estaba allí. Impoluta. Erguida sobre
su propia historia. Historia que es parte de muchas otras historias.
Al salir por el viejo portón corroído por su propia historia, el mismo por
el que un día entramos los que alguna vez allí estudiamos, el que muestra la
fecha de nacimiento de la edificación - “1910”, recordé la inscripción conmovedora
que, en la Tumba al Soldado Desconocido de la fría Moscú, dice: “Aquí nada ni nadie está olvidado”. Así,
mi Escuela.
- IV -
He escuchado y repetido
muchas veces la frase de Luz y Caballero: “Instruir
puede cualquiera, educar, solo quien sea un evangelio vivo” Debo confesar
que en momentos de autoconsciencia crítica, la máxima del ilustrado me ha hecho
sentir responsable de la mala educación que se ha instalado en muchos de
nuestros jóvenes. Con vergüenza, dada mi condición de profesor, escucho a
personas prudentes decir: “tenemos un
pueblo bien instruido, pero poco educado”. Me (des)consuela ver, al amplificar mi mirada, que es una disensión
extendida por muchas latitudes del mundo. ¿Será que acaso tiene más apego a la
realidad aquella máxima según la cual los jóvenes se parecen más a sus tiempos
que a sus padres? (y maestros, agregaría yo).
Desde cuando se viene
gestando una ruptura de ciertas normas elementales de conducta ciudadana,
cívica, es algo que no logro precisar. Inicialmente me preocupó, luego me dolió
y ahora me molesta. Los modelos relacionales se han desvirtuado. Tanto en las
dimensiones espirituales, en el ámbito de las relaciones interpersonales,
cuanto en lo que se refiere al respeto y cuidado del mundo material. Desde este
desastre planetario que amenaza con precipitar al mito del Armagedón, hasta la
falta de cuidado para con la expresión material de cualquier tipo de creación
espiritual humana: una ciudad, un libro, una escultura, un jardín, un veterano
edificio, una joya de la cultura nacional. No hay consciencia del esfuerzo
humano objetivado en cosas que más que material, son riqueza espiritual
objetivada. No hay consciencia de la necesidad de cuidar la obra humana, porque
es así que se cuida lo humano en nosotros mismos. El alma cubana corre el
riesgo de aparecer amancillada por la falla educativa. También mi Escuela cae
en las redes inhóspitas de tal desidia.
Ahora, digo exactamente lo
que vi hace menos de diez días, las
paredes han sido convertidas en murales para un execrable “marketing personal”. Pasarelas de palabras obscenas que derraman
tullidas intensiones de minusvalía mental, o quién sabe si perversiones estériles
que traslucen insatisfacciones de todo tipo. Aquello hace recordar las paredes
de baños públicos de terminal de ómnibus en las peores variantes imaginables.
¿Es este el destino deseable de una escuela?
El paso de la intimidad a
la extimidad, más allá de los límites
de facebook y similares, se tiñe de indisciplina ciudadana, de inobservancia
del elemental cuidado a lo de todos, que no es propio ni es ajeno. ¿La ruptura
de los moldes dogmáticos supone la destrucción de la noción de responsabilidad?
¿Será que se ha roto la línea divisoria del “quiero” y el “hago”?
¿Habrá desaparecido la franja del “¿se
podrá?, del ¿será correcto?” Parecería
como si Atila, a pequeña escala, reviviera uniformado para destruir todo
vestigio de civilización en mi Escuela. Y no será solo allí.
El viejo edificio nunca
antes vio, sufrió, tanta mala educación. Nunca antes la vivarachería
adolescente y juvenil que andaba por los pasillos del inmueble fue tan
destructiva. Nunca antes el ideal de la misma Revolución estuvo tan ausente en
el plantel, aunque seguramente se repiten una y otra vez sus consignas.
Mientras mayor es el esfuerzo y el sacrificio de unos para enriquecer la
cultura cubana, la del día a día, la del cubano amigo, honesto, cuidadoso,
respetuoso hasta en la broma, más se evidencia el mal hacer de otros en la
imposición de una anticultura del irrespeto, de la destrucción, de la
acriticidad.
¿A quién vamos a culpar
ahora del desvarío? ¿al fantasma del comunismo del que aún estamos muy lejos? ¿al
bloqueo, que a fuer de injustamente presente y activo, ya es una condición más?
¿Quiénes serán ahora los “asesinos”?
¿qué élite pudiente será la que no deja entrar a la nueva educación en los
predios de la otrora Salle del Vedado? El edificio de mi Escuela mantiene su
silencio, pero habla. Habla, y dice: “la
diferencia entre el desierto y un jardín, no está en el agua, sino en el hombre”.
Los nuevos habitantes del
inmueble no han aprendido a quererlo. Nadie les ha cultivado ese amor. No saben
quizás cuanto de buenos sentimientos pudieran respirar en su interior. No son
ellos la generación de los que tenían algo que olvidar. Sino la generación de
los que tienen mucho por recuperar y construir. Pero no hay creación sin amor. Y
no hay amor sin razones para amar. ¿Cuál será la historia del amor y sus
razones para los nuevos amantes potenciales? Seguramente será la que contemos aquellos
que seamos capaces de dejar atrás lo que convoca a la incomprensión y
construyamos la narrativa de los buenos sentimientos. La de los buenos
recuerdos. Y hay tanto bueno que recordar y amar!
- V -
El viejo edificio de mi
Escuela clama su reivindicación definitiva. Quiere participar para enriquecer
nuevas experiencias positivas. Corazones lasallistas en muchos rincones del
mundo pueden ser convocados y, no tengo duda, aceptarán. No hay nada que
esperar. Hay mucho por hacer. Me gustaría que todos los que podamos hiciéramos
algo por devolver a aquél edificio su condición de multiplicador del saber,
crisol de toda diversidad cultural enriquecedora de la cubanía, sustento de una
espiritualidad renovada.
Hago mías las palabras de
Eusebio Leal pensadas para nuestra ciudad. Las extiendo para tocar a mi Escuela
con el saber de quién ha tenido como divisa personal “Patria y Fe”. Digo desde mi certeza: “Para esta Escuela no habrá muerte ni olvido. Y es que en ella habita la
poesía, la promesa de eternidad que le dio sentido a todas y cada una de las
generaciones que fueron moldeando sus espacios”.
Amén.
La Habana
25 de Diciembre 2010.
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