miércoles, 11 de enero de 2012


PENSANDO EN UNA PSICOLOGIA MARXISTA.
CONTRIBUCIONES PARA EL
RECONOCIMIENTO Y LA CONSTRUCCION.

¿Quién podrá, en la pasión de un culto legítimo
omitir los desaciertos en los que necesariamente
toda labor…puede incurrir?
Eusebio Leal

Quién dice que todo esta perdido.
Yo vengo a ofrecer mi corazón.
Fito Páez

Alrededor de los años setenta en el discurso académico de la psicología en nuestro país se desarrolló vertiginosamente la utilización del concepto Psicología Marxista. Era un hecho novedoso para la psicología en Cuba. Con el se expresaba sobre todo la afiliación ideopolítica de nuestros profesionales y el empeño de pensar y hacer la psicología desde un paradigma distinto de los que conocíamos. La versión legitimizada y adoptada en muy poco tiempo, aunque no sin críticas y con la lógica reacción de resistencia de algunos, fue la Psicología Soviética. Los soviéticos desde hacía mucho tiempo venían hablando de la Psicología Marxista, incluso agregándole la consideración de leninista.

En realidad, el concepto de Psicología Marxista había disparado algunas polémicas. ¿Por qué hablar de una Psicología Marxista si no se habla de una química, o una matemática, o una física marxistas?, ¿qué diferencia existe entre una Psicología Marxista y el resto de la Psicología?, ¿es que acaso el objeto de una ciencia se modifica por efecto de la filiación política de sus adeptos?. Algunas de las discusiones suscitadas eran comprensibles y esenciales, otras más bien superficiales o de segundo orden. Entre estas últimas aparecía “la polémica de la denominación”: ¿es correcto decir Psicología Marxista o deberíamos decir Psicología de base marxista, o fundamentada en el marxismo, o de espíritu materialista dialéctico?. Absurda discusión que en algunos casos llevó a muchos “criticopedas sagaces” a decir que era una debilidad evidente en la supuesta unidad del enfoque marxista.

Lo cierto es que en nuestras aulas, en nuestros programas de estudio, se hablaba enfáticamente de la Psicología Marxista, aunque algunos no podían precisar con claridad que quería decir esto y otros se contentaban con señalar los trabajos de los soviéticos. A nivel académico muchas veces se traslucía una cierta impresión de que la Psicología Marxista era aquella que partía de considerar el carácter reflejo de lo psíquico, su determinación sociohistórica, una psicología que consideraba al hombre como movido por acciones volitivas conscientes y voluntarias, y que, lógicamente, respondía a los intereses de las clases desposeídas, siendo por tanto la única psicología verdaderamente científica.

El lado más sensible de la polémica estaba en el hecho de que muchos psicólogos esencialmente latinoamericanos, mujeres y hombres con una larga historia de lucha política a favor de la justicia social, de la liberación, a favor de los ideales emancipadores del marxsimo, se preguntaban si era que acaso ellos quedaban fuera del marxismo, si es que no eran considerados como defensores de las ideas del marxismo incluso para la psicología. Estos psicólogos abrazaban modelos teóricos que eran criticados por la Psicología Marxista como modelos típicos del pensamiento burgués. El caso posiblemente más notorio era el de los psicoanalistas argentinos – hablo, por supuesto, de aquellos psicoanalistas del psicoanálisis no domesticado, del psicoanálisis creativo que mira a otras fronteras, el psicoanálisis de la clínica social, del psicoanálisis de Plataforma, el psicoanálisis implicado como le llama Grande A (1996).  

Fue en este periodo que la tarea de la comprensión del significado de Psicología Marxista se hizo más urgente y necesaria.

I. PSICOLOGIA Y  MARXISMO.

Muchos nombres aparecen en la evocación de un primer recuerdo espontáneo del camino de acercamiento entre la psicología y el marxsimo: Politzer, Wallon, Zazzo, Seve, la Escuela de Frankfurt, Althouser. Las diferentes escuelas (ex)soviéticas – Vygotsky, Leontiev, Rubienstein. Por supuesto que Reich. En nuestra región, Bleger, Pichón, Merani, Bauleo, González Martín, y muchos otros. Siguiendo tradiciones distintas y también diferentes representaciones acerca del significado del marxismo se construyeron distintos modos de articular nuestra disciplina,- construcción en si misma plural y contradictoria en la que se suman decenas de escuelas, corrientes y modos de pensar y hacer -, con la palabra escrita, interpretada y repensada fundamentalmente de Marx y Engels, aunque también en algunos casos con la obra de Lenin V.I.

Entre esas diversas formas en que los psicólogos pensaban y realizaban la posible relación de nuestra ciencia con el marxismo podemos encontrar enfoques serios, pero también verdaderos panfletos casi burlescos. Podemos señalar algunas de ellas más con el ánimo de contar que de establecer algún tipo de taxonomía.

                 1. En algún momento, resultaba más o menos común encontrar a algunos que decían fundamentarse en el “ marxismo”, pero considerando que este no era suficiente para dar respuestas a los problemas esenciales del espíritu humano por su falta de comprensión de la espiritualidad. El marxismo resultaba insuficiente para sus grandes elucubraciones mitológicas y buscaban apoyo en teorías tan disímiles como el budismo zen, el yoga y cierta representaciones fisiculturistas que recuerdan al entrenamiento aeróbico cooperiano. Dentro de este conglomerado por lo general encontrábamos ese tipo de persona que se deleita en ponerse “etiquetas” que le den un rostro de hombre contemporáneo y de profundo compromiso social. La totalidad de estos, luego de la caída del muro de Berlín, se quitaron el traje rojo o lo llenaron de lentejuelas neoliberales y posmodernas.
2. No son pocos los que se fundamentaron en un marxismo cercenado en algunos componentes esenciales. Se conformaron paradigmas teóricos sustentados en la abstracción de una filosofía marxista desligada de su significado como teoría no solo revolucionaria, sino para la revolución. Un marxsimo sin el consecuente compromiso político y sin la consideración de la lucha de clases. Ante tales alternativas se tenía la impresión de que el vínculo con el marxismo era una suerte de afiliación fonética, algo así como un fetichismo verbal en el que se supone latentemente que hablar de trabajo enajenado, plusvalía, etc. son razones suficientes para ser marxista. Otras veces encontrábamos lecturas tan personales que el propio Marx tendría que reestudiarse a sí mismo. En realidad, en esta variante quedaba de Marx apenas un recuerdo lejano.
3. No faltaron los que partidarios de alguno de los grandes paradigmas de la psicología,  encontraron en estos ciertas insuficiencias que podían  ser “complementadas” o superadas con la incorporación de algunos elementos de la teoría marxista.  De paso dichos paradigmas se dan como portadores de algunos elementos que complementarían al marxismo allí donde este, supuestamente, resulta “insuficiente”. Vimos aparecer el conductismo marxista, la fenomenología materialista dialéctica, y lo que considero la variante más seria, el freudomarxismo y otros tipos de vínculos entre el psicoanálisis y el marxsimo.
4. Consideremos también a los que establecían una identificación del marxismo con la psicología marxista. Así como se suponía que la existencia del materialismo histórico hacía innecesaria una sociología,  se argumentaba que el materialismo dialéctico era la psicología del marxismo. De todo esto se desprendía una pérdida de identidad y especificidad entre dos cosas que son de suyo diferentes.  Del mismo modo en que en su época Comte sociologizaba lo psicológico, al tiempo que Durkheim psicologizaba lo sociológico, aquí el marxismo queda psicologizado y la supuesta “psicología marxista” quedaba en el terreno sobre todo de una filosofía.
5. Con mucha frecuencia la fundamentación en el marxismo se limitó a la ejercitación de una crítica a las escuelas, corrientes o tendencias del pensamiento psicológico. Crítica útil y necesaria pero que al no traducirse en un modelo alternativo o una guía constructiva para la práctica profesional de la psicología.
6. Algunos han establecido el vínculo de su identidad como psicólogos y como hombres comprometidos con la justicia social, la lucha emancipadora y el pensamiento, el ideario liberador del marxsimo, por la vía de sus compromisos y sus prácticas políticas. Han sido psicólogos con una práctica política marxista que han tratado de hacer consecuentes sus convicciones políticas con sus convicciones psicológicas.

Todas estas variantes, y sin duda alguna otras a las que no he hecho referencia, representaron acciones aisladas en el complejo escenario de la ciencia psicológica. En muchos casos, sus defensores fueron tratados como “sectores disidentes” de sus paradigmas de origen, por lo que resultaron poco difundidos y sistematizados. Los enfoques marxistas, los más y los menos, en su gran mayoría no han tenido mucho acceso a los espacios académicos, a las universidades, a los grandes centros de formación. En gran medida, dentro de las ciencias sociales y humanas, incluyendo lógicamente a la Psicología, ser marxista ha sido ser un luchador generalmente solitario o con un pequeño grupo de “guerrilleros”.

Quizás uno de los problemas más candentes de la época, era el hecho que los autores marxistas de los países socialistas, fundamentalmente europeos y en particular los soviéticos, tuvieron una actitud total e indiscriminadamente crítica destructitiva con todas las formas o búsquedas de unidad del marxsimo y la psicología que se produjera fuera del espacio físico y simbólico delimitado por el socialismo como sistema, la adherencia partidista al pensamiento comunista y fuera de los marcos de la naciente psicología soviética. Toda versión que no cumpliera con estos parámetros era tildada de revisionista, dañina y en última instancia tergiversadora del espíritu y la letra de Marx, Engels y Lenin. Con esto, por una parte, se producía una suerte de monopolización y oficialización del pensamiento marxista básicamente en los autores soviéticos y los que se adherían a su modelo comprensivo del marxismo, y por otra se cerraban las puertas a la diversidad, que como sabemos trae consigo sus inevitables errores posibles, pero también todos sus probables aciertos creativos. Sobre esto me detendré más adelante.

La posibilidad de construcción de una psicología marxista requiere, junto a la libertad del pensamiento y la polémica abierta sin encasillamientos preconcebidos y prejuiciales, clarificar un conjunto de elementos de  partida esenciales para que el empeño avance por el fértil terreno de la creatividad. Para el marxismo este espacio de creatividad y construcción es la dialéctica. Es desde una visión dialéctica que se hace posible derivar los principios reales de conformación de una psicología marxista. Intentaré señalar algunos que a mi juicio son de gran importancia.
1. Psicología y marxsimo no pertenecen a un mismo campo epistémico, no son referentes de la misma naturaleza, y por tanto sus relaciones (intercambios, complementaciones, interinfluencias, etc.) no deben entenderse como lineales y unívocas. El marxsimo no puede dar a la psicología ni su definición de objeto, ni su metodología y aparato conceptual específicos, ni los problemas concretos que ha de resolver. El marxsimo, como seguramente cualquier otro paradigma filosófico de partida,  tiene una prioridad instituyente sobre las prácticas científicas y profesionales específicas, solo que la resultante es siempre una construcción específica dada por los límites (los problemas, las nociones, las peculiaridades del objeto, etc.) de la ciencia en cuestión. Esto quiere decir, que si bien el marxismo impacta definitivamente un modo de  hacer y pensar la psicología, este modo responde no solo a las peculiaridades del marxsimo, sino también del paradigma específico de dicha ciencia.
2. Las relaciones, entonces, entre marxsimo y psicología pueden ser variadas y no necesariamente terminar o limitarse a la construcción de una Psicología Marxista. Sus relaciones pueden ser más o menos abarcadoras, pero no por esto menos lícitas. La legitimidad del carácter marxista de una cierta relación entre las prácticas profesionales de la psicología y sus construcciones teoréticas paradigmáticas está dada por lo que pudiéramos llamar la consideración de sus instituyentes fundamentales. Todo lo que signifique un acuerdo entre las derivaciones del pensamiento marxista y la actuación del psicólogo, entre el encuadre cosmovisivo y filosófico del marxsimo y ciertas representaciones teóricas, sin duda alguna no son necesariamente psicología marxista, pero no por esto dejan de ser aproximaciones marxistas a la psicología y a su práctica profesional.
3. El ser absolutamente consecuente con el marxsimo no es una propiedad inequívoca de una opción política. La política es una práctica que se deriva de una interpretación de la realidad desde un cierto paradigma ideocosmovisivo, filosófico, etc. Solo que como práctica al fin, ella es contextual y por ende supone una relación dinámica, flexible y móvil con respecto a su paradigma de origen. La peculiaridad, ventaja a mi juicio, del marxismo probablemente reside en que, consecuente con el principio dialéctico de su construcción, dicho dinamismo y flexibilidad es conditio sine qua non del propio paradigma y por tanto de suyo es un paradigma que se nutre de los contextos reales donde se realizan las prácticas de él derivadas. En su contradicción y contextualización está también su crecimiento y desarrollo.
Siendo consistentes con tal punto de vista y con el hecho indiscutible de que el marxsimo es una construcción continua, plural, dialéctica, entonces la Psicología Marxista es un espacio plural que abarca modelos teóricos distintos. Digamos que podríamos hablar de psicologías marxistas, entiéndase, de modelos distintos de desarrollo marxista en Psicología. Todos tendrán un núcleo común, pero se diferencian entre si.
4. La modificación esencial que a nuestro juicio el marxismo supone como “teoría pecaminosa” (hermosamente pecaminosa) es que el asume como parámetro constituyente la intencionalidad de las prácticas de el derivadas y sus compromisos ineludibles con un modo de ser y estar en el mundo, con una ética de lo humano, y sobre todo con la construcción de una vida más plena y justa de los seres humanos. Cuando en su conocidas tesis de Fuerbach Marx hablaba de la necesidad no solo de comprender al mundo sino sobre todo de transformarlo no se refería sencillamente a hacer que fuera distinto, sino que fuera de algún otro modo específico ya no en su fenomenología sino en sus atributos esenciales. La intencionalidad es la unidad de la teoría y la práctica, es en ella donde se expresa la esencia no solo revolucionadora, sino sobre todo revolucionaria del marxsimo. De este modo una comprensión de la relación entre marxismo y psicología abarca como fundamental la unidad intencional del referente paradigmático, el marxismo, y de la práctica profesional en cuestión, la psicología.

De este modo queda claro a nuestro juicio que no solamente una cosa es el marxismo y otra la psicología, sino que también una cosa es o pueden ser las relaciones entre marxismo y psicología, y otra cosa es una Psicología marxista. Un ejemplo desde la psicología quizás me ayude a expresar con más claridad lo que digo. En psicología existen muchas teorías dinámicas. En el campo de la concepción dinámica de la Psicología están juntos, por ejemplo, Freud y Lewin. Pero Lewin no sería nunca considerado dentro de la corriente psicoanalítica, ni Freud dentro del pensamiento gestaltista. Unidad y ruptura, comunidad y diferenciación, homogeneidad y heterogeneidad, son estos los parámetros que caracterizan las posibles relaciones entre el marxismo y la psicología.

II. LA PSICOLOGÍA SOVIETICA: UN INTENTO DE REALIZACIÓN DE
UNA PSICOLOGÍA MARXISTA.

Mantengo desde hace muchos años la opinión de que es dentro de la Psicología Soviética que aparece por primera vez como interés específico, generalizado y asumido por la inmensa mayoría de los psicólogos, el desarrollo de una Psicología Marxista. Esto  sin duda alguna se relaciona con el hecho de la fundación del primer estado socialista que postula al marxismo como doctrina oficial y como sustento de todas las prácticas que desde la afiliación política y estatal se realicen.

Para el caso de nuestro país no hay duda alguna de que los primeros pasos sistemáticos y como proyecto de gremio profesional aunque tienen una historia nada despreciable, se ubican en un pasado tan reciente que es difícil no reconocer con suma objetividad. Una de sus marcas fundamentales está en la influencia de la Psicología Soviética que se desarrolló especialmente después de la segunda guerra mundial.  Si preciso como lugar  de anclaje no toda la Psicología Soviética, sino particularmente la Escuela rusa de finales de la década del cuarenta no es por mero capricho, sino para ubicar una particularidad que se gestó en la extinta URSS después de los años treinta. Intentaré, para comenzar, dar mi visión muy personal del desarrollo de la Psicología Soviética en su vínculo con el marxsimo. Posiblemente sea una visión marcada severamente por la crítica, por la detección y el señalamiento sobre todo de los errores. Coincido con aquella idea de Bachelard de que “al volver sobre un pasado de errores se encuentra la verdad en un verdadero estado de arrepentimiento intelectual. En efecto, se conoce en contra de un conocimiento anterior, destruyendo conocimientos mal adquiridos o superando aquello que, en el espíritu mismo, obstaculiza la espiritualización” (Bachelard G.1983.p.15)

II.A. REFERENCIAS HISTORICAS.

La Psicología Soviética tiene, a mi juicio, cuatro grandes momentos, que no pueden ser delineados con la precisión de una fecha específica, sino que ocupan un tiempo existencial en el que se entremezclan  varios años. Uno que pudiéramos llamar de “BÚSQUEDA” (desde el triunfo de la Revolución de Octubre hasta aproximadamente los años treinta). El segundo, de “INSTAURACIÓN” (desde los años treinta hasta los sesenta, inicio de los setenta). Un tercer momento que llamaremos de “ESTABILIZACIÓN” (años setenta y ochenta). Y por último la “DISOLUCIÓN” (finales de los ochenta inicio de los noventa). Intentaré situar algunos rasgos sobresalientes de cada uno.

  1. LA BÚSQUEDA.

La mayoría de las representaciones que hicieron aquellos que se asomaron a la Historia de la Psicología de los primeros años posteriores a la Revolución rusa (Ananiev,1962; Iarochevski, 1971, 1976; Teplov, 1947; Smirnov, 1975 ; Rubinstein,1964, 1969 ; Zhdan,1979, 1983; Petrovsky, 1970; Rochin,1980 ) coinciden en dar a estos años un sello propio:la pluralidad.  La gran tarea de la época era elaborar una comprensión de la psicología acorde con los presupuestos sociales y filosóficos de la nueva sociedad que se pretendía construir. ¿Servía para esto la tradición de la psicología rusa?. Definitivamente no. A la usanza de la época en Europa, la psicología tenía en Rusia un carácter eminentemente experimentalista estructural. El más prominente psicólogo de la época y que deviene símbolo de la misma , Shelpanov, era un seguidor de los caminos abiertos por Helmoltz, Fechner, y más adelante la Escuela wundtiana. No obstante habría que reconocer que fue precisamente Shelpanov quién propuso y creó  el Instituto de Psicología adjunto a la Universidad de Moscú, quien creó un ambiente de rigurosidad y creatividad científica, quien favoreció que en el Instituto se diera “una buena formación psicológica, una preparación experimental excelente, con una orientación en toda la Psicología del mundo” (Zhdan,1979, p.7)

La generación de la Revolución quería, necesitaba y tenía  como tarea propia la revolución de la psicología, y siguiendo la idea leninista de ciencia proletaria, de universalidad de la cultura proletaria, se lanza a buscarla en varias direcciones. Unos siguen la tendencia demarcada por los materialistas rusos, en particular la línea de desarrollo de la ciencia proveniente de la antiquísima figura rusa de Lomonosov, y más cercanamente Sechenov y Pavlov. Otros buscan en la novedad de la corrientes predominantes en la época: el psicoanálisis, el conductismo, la sociología francesa. Es un hecho poco conocido que importantes figuras de la Psicología Soviética ulterior formaron parte del Círculo Psicoanalítico Ruso (Alexander Romanovich Luria) uno de los más fuertes de Europa. Tampoco es muy conocida la afición (¿predilección?) que L..S. Vygotsky sentía por el conductismo, llegando a pensar que una psicología marxista tendría de algún modo que pasar por tal comprensión de la ciencia del comportamiento humano.

La pluralidad real de las diferentes tendencias y la realización del único modo vital de existencia de una ciencia social humana: la polémica, la contradicción, la diferencia, la búsqueda, la crítica y la autocrítica, eran los pilares sobre los que crecía una psicología aún sin mucha novedad propia, nacional, pero con todas las condiciones para serlo.

En todo esto, como eslabón central,  estaba la búsqueda de una alternativa marxista de la ciencia psicológica. Era la tarea central al decir de Blonsky P.P. Pero conste que desde muy temprano estaba claro que la búsqueda no era panfletaria, sino genuina. No era movida por intereses políticos, sino científicos. Y no es que lo político no tuviera un papel importante en este contexto. Muy por el contrario. Las ideas leninistas de cultura proletaria, la idea leninista del combate intelectual, de la unidad en la diferencia, favorecieron el clima intelectual de esta búsqueda, de un modo de hacer y pensar la psicología más propio, más auténtico, más enraizado en la cosmovisión ideo-filosófica de sus gestores y consumidores. Solo considerando este ambiente se puede entender, como ejemplo clave, la aparición de un ideario científico tan lúcido, contemporáneo, universal y genuinamente marxista como el de Lev Semionovich Vygotsky. Un psicólogo al que nada psicológico le es ajeno, no importa donde ni quien lo haya descubierto, que hace de la crítica un arma de construcción y asimilación de ideas, y no de separación  y rechazo.

El pensamiento profundamente marxista de Vygotsky le permitió ver claramente que “la única aplicación adecuada del marxismo a la Psicología está en la creación de una Psicología General- su noción se ha de formular en relación directa con la dialéctica general, ya que es una dialéctica psicológica;  cualquier otra aplicación del marxismo a la Psicología que parta de otro presupuesto, inevitablemente llevará al escolasticismo de las construcciones verbales, a la disolución de la dialéctica en cuestionarios y tests, al enjuiciamiento de lo alto por su parte más baja, al enjuiciamiento por indicadores secundarios y casuales, a la perdida total de cualquier criterio objetivo y al intento de negar todas las tendencias históricas del desarrollo de la Psicología a la terminología de la revolución, dicho en pocas palabras, a la perdida más burda del marxismo en la Psicología” (Vygotsky,1982, p. 420).

Con qué admiración, orgullo y respeto hace Vygotsky junto a Luria el prefacio a la edición rusa de “Más allá del principio del placer”. Con qué placer habla de los neoconductistas, como conoce a Spinoza y a Marx, a Bühler y a Sechenov. La teoría del desarrollo cultural de las funciones psíquicas superiores debe tanto a los pensadores marxistas cuanto a los no marxistas, debe sobre todo a una época luminosamente creativa del desarrollo de la Psicología en la URSS. Se originaron en este período, además de la vygotskiana, otras hipótesis teóricas de indudable valor aunque todas ellas , y esto no las demerita, “fueron los primeros pasos en la construcción de una Psicología Marxista, fueron sobre todo hipótesis valientes, que  plantearon preguntas constructivas más que respuestas a las mismas”. (Radsijovsky,1989 p. 80)

Pero los cambios en la vida política y social del país reservaron para Vygotsky y su obra, para la pluralidad de este periodo, un golpe demoledor del que definitivamente no se recuperarían nunca más.

2. LA INSTAURACIÓN.

El concepto de instauración es complejo. El supone crear algo, pero además establecerlo. Establecer es hacer estable, instituir, disponer. Presupone la intencionalidad. Y he aquí que cuando hablamos de un período de instauración incluimos no solo los denotadores de la palabra sino también sus connotadores.

En los años 30 la orientación, el estilo de dirección política del país sufre modificaciones esenciales que se hacen sentir en las ciencias sociales, dentro de ellas la psicología. Muchos hablan de una dogmatización del marxismo, de la conversión del marxismo de una filosofía viva, de cambio, de contradicción, a una filosofía de dogmas, una filosofía de estado o peor aún de gobierno. Lo cierto es que, en el contexto de la psicología, por presiones de diverso orden los adeptos de todo aquello que fuera foráneo, originado en países capitalistas, o sustentado en una filosofía distinta del marxismo, y que habían tenido una práctica profesional exitosa, comenzaron a retractarse. La más notoria quizás fue la de los psicoanalistas que hasta ocupó páginas importantes en los periódicos de la época. La única psicología posible (permitida, no sancionada, etc.) era la que fuera marxista. ¿Pero cuál era esta psicología marxista?. Infelizmente no la propuesta vygotskiana. Ella era en esencia antidogmática y se sustentaba en la apropiación de todo el saber universal de la psicología. ¿Cuál entonces?.

Inmediatamente aparecieron propuestas que se sustentaban en el materialismo de los trabajos de Pavlov como muy cercano a una construcción marxista. Ivan Petrovich devino paradigma dominante de la Psicología. Una Psicología que quiere construirse al modelo de una no Psicología y con un dogma filosófico. Se da la espalda a lo que pasa en el resto del mundo, todo lo que se hace fuera del marxismo, o desde una lectura de Marx que no sea la soviética es malo por definición. Muchos psicólogos se adscriben a tal modo de pensar y proceder, otros apenas se repliegan, pero de tanto andar replegados, el andar se les hace camino.  El paradigma político dominante estipula que no hay más ciencias sociales que el materialismo histórico, y no hay más filosofía que el materialismo dialéctico. A pesar de que muchos compartían la idea de no hacer de Marx un psicólogo, sino tomar de él una epistemología, una idea de construcción, un modo de pensar y transformar (Rubinstein S.L.1934), en realidad se sentaron las bases para la equiparación de conceptos marxistas y leninistas (sobre todo leninistas) con ciertas nociones psicológicas.

Es en esta época donde aparecen conceptos con fuerza dominante. Tal es el caso del concepto de “reflejo”, extrapolado de la dialéctica leninista, y que servía además de “escudo”, y esto se lo escuché decir personalmente a Alekcei  Nikolaievich , toda vez que daba una cierta idea de cercanía con el pensamiento materialista de Pavlov.

El tema pasó de ser la construcción de una ciencia viva, a la construcción de un sistema de principios que definieran lo que era Psicología Marxista, y por ende lo que era bueno. Siendo un tanto fuertes diremos que los psicólogos en la época se empeñaron como en el medioevo en demostrar la veracidad del dogma, para nada en cuestionarlo, y arribaron a la “escolástica de las nominalizaciones” que había sancionado anteriormente como antimarxista, antidialéctica. Con esto se pone en juego el mismo carácter científico de la disciplina, porque se olvida que así como “la adhesión inmediata a un objeto concreto, captado como un bien, utilizado como un valor, ata demasiado fuertemente al ser sensible; es la satisfacción íntima; no es la evidencia racional” (Bachelard G. 1983.p.282), la adhesión a una categoría, a un concepto, a un sistema teórico evaluado como autosuficiente y único, al declarar la falta de racionalidad del otro se hace así mismo carente de racionalidad. La verdad es siempre una relación, no un absoluto.
No sería justo pasar por alto el hecho de que, según muchos psicólogos que llegaron hasta los 90 y que de algún modo vivieron la época a la que nos referimos, una no adhesión a este modo de funcionamiento podía ser hasta fatalmente costosa. (Radzijovsky,1989). La veracidad de muchas de esas ideas, de muchos de los sucesos que se narran hoy aún están por demostrarse y no solo contarse.

A pesar de todo lo dicho, el periodo de instauración tiene una riqueza indiscutible. Ella reside, a nuestro juicio, en el hecho real de la búsqueda de ese modelo autóctono, en la creación de ese sistema homogéneo, lógico. Este es el periodo en que la Psicología Soviética adquiere perfil propio, distinto a todo lo que se hacía en el contexto de otros paradigmas. No menos importante es también rescatar la idea de que la homogeneidad de principios, no era homogeneidad de modelos al interno de la psicología. En este periodo se configuran lo que serían las tres escuelas fundamentales de la Psicología en la URSS: La Escuela Vygotsky-Leontiev, posiblemente la más voluminosa y extendida entre otras cosas porque tenían muchas de sus figuras destacadas asociadas al trabajo de formación de Psicólogos en la Universidad de Moscú; La Escuela Ananiev-Rubinstein, siempre polémica y dilemática con la antes mencionada; La Escuela de Uznadze, también llamada Escuela de Tbilisi, que en su contra siempre tuvo la barrera lingüística y la relativa separación del centro de operaciones de la psicología: Rusia.

Tendríamos también que llamar la atención sobre los años de guerra, en los que muchos psicólogos no solo participaron como soldados, sino que además pusieron sus conocimientos profesionales y científicos al servicio de la causa que defendían con las armas. Importantes investigaciones sobre traumatismos de guerra, miembros fantasmas, cegueras nocturnas y otras fueron fuente de desarrollo teórico en los años siguientes.

Muchas de las más conocidas y significativas obras de la Psicología Soviética fueron escritas en este periodo, o en el espíritu de este periodo. Por solo citar algunas recordemos “El ser y la conciencia”, “Problemas del desarrollo de la psique”, ”Principios de Psicología General”, “Psicología”, “Lenguaje y Conciencia”, “Actividad, Conciencia, Personalidad”. Son las obras que dieron al mundo la cara de la Psicología Soviética. Fueron precisamente las obras con las que los cubanos entramos por primera vez en contacto con el pensamiento psicológico de los soviéticos.

Para comprender la riqueza de este periodo tendríamos que distinguir entre el valor de estas obras, y el uso que se hizo de ellas. Creo que dudar del valor de las mismas, si las consideramos como esa búsqueda inagotable de la verdad en la ciencia, es totalmente injusto. Su logicidad, el sustrato experimental de muchos de sus planteamientos, la rigurosidad de los análisis, etc. son cosas de alto valor. Pero infelizmente fueron convertidas en “bíblicas”, en “monumentos” inalterables. Tomemos apenas un ejemplo: “Problemas del desarrollo del psiquismo” (Leontiev,1959). Esta obra como se sabe fue cercenada por la censura. Epígrafes completos donde se destacaba el lado más subjetivo del problema desaparecieron hasta de los archivos personales del autor. Casualmente fueron los epígrafes que llevaron a Rubinstein S.L. a acusar a Leontiev de idealista subjetivo en la oponencia que le hizo a este trabajo, cuando fue presentado como tesis de doctorado por su autor. Apenas quedaron fragmentos aislados que más tarde recogió y dio a conocer Alekcei Alexandrovich Leontiev.

En esta obra cuando Leontiev asocia el origen del psiquismo a la aparición de la capacidad de sensación, o al reflejo mediatizado, el autor habla de “la hipótesis”. Sigue aquí la tradición marxista de la rigurosidad histórica y la honestidad científica. Ya Engels había subrayado el carácter hipotético de la idea central de la conversión del mono en hombre por la mediatización del trabajo. Es este un status metodológico determinado, digamos parcial, de necesaria corroboración. Sin embargo fue tomado como tesis definitoria, así fue enseñada y divulgada.

¿Cuáles son a nuestro juicio los signos de perdida de vitalidad y por ende de asunción rígida y tergiversada del marxismo en la época?. Señalemos algunos de los más significativos:
1. La utilización del marxismo de una manera cerrada y dogmática, como verdad absoluta que solo requiere de traducción al lenguaje de la psicología.
2. EL marxismo no se toma como pensamiento vivo, en acción, modificación y enriquecimiento, sino como la palabra escrita de los fundadores: Marx, Engels y Lenin. No existe más que el intento de comprender mejor y más profundamente lo que dijeron.
3. La pérdida de la pluralidad en la universalidad. No fue una pérdida total de  pluralidad al interior de la propia Psicología Soviética, pero si de lo que ocurría fuera de ella.
4. La pérdida de los valores metodológicos fundamentales de la obra de Vygotsky y de muchos otros que tenían una postura más de convergencia y creatividad.
5. La creación de un cierto “sentimiento de perfección” asociado a razones de naturaleza políticas e ideológicas, y no propiamente científicas profesionales.
6. El desarrollo de una psicología de corte académico apta sobre todo para el desarrollo de una actividad de investigación científica  y, lógicamente, de una práctica docente, prácticas estas regeneradoras en el mejor de los casos. Pero la psicología quedaba cercenada por su parte de desempeño profesional. Los grandes de la Psicología Soviética no dominaban una práctica profesional que no fuera la investigativa. La práctica profesional de los psicólogos eran exigua y rudimentaria. La psicología era una ciencia, pero no una profesión.
7. El comienzo de una lucha de poder entre los grupos científicos asociados a dos de las escuelas fundamentales.

No obstante, todavía en este período la psicología es una disciplina que está pidiendo en la URSS su derecho a la consideración plena, a la independencia (recordemos que no es hasta el 6 de Diciembre de 1965, que se da el status de Facultad, a la sección de Psicología de la Facultad de Filosofía  de la Universidad Estatal de Moscú). Es cierto que ya se notan rasgos de su peligro de estancamiento y por tanto de disolución, pero es una psicología que puede enseñar un perfil propio, productivo e interesante.

3. ESTABILIDAD.

La posibilidad de desarrollo, la capacidad de cambio, de creación de alguna nueva alternativa en Psicología comienza a cerrarse definitivamente en la URSS entrando los años setenta y sigue hasta su disolución en los finales de los ochenta, inicios de los noventa.  Se ha llegado al período del “razbitovi  socialism”  (socialismo desarrollado). La estabilidad política, el “altísimo nivel”  de desarrollo económico, hacen de la Unión Soviética un país casi perfecto, al menos en el discurso político. Los propios historiadores, después del advenimiento de la perestroika, han denominado en realidad a este periodo periodo del Inmovilismo (si todo está bien, ¿qué más hay que hacer?- solo seguir haciendo lo mismo). Pero ¿qué sucedía en la realidad cotidiana, ahora convertida en discurso subversivo por efecto de su contenido contradictorio y antagónico con el discurso político oficial?. La indiferencia, la incredulidad en el discurso político, la burla y el mal-humor lacerante, el sentimiento de inconformidad, y lo peor la mirada esperanzada a Occidente como realización del modo de vida que se desea.

¿ Qué pasa en este periodo en la Psicología?. La complacencia, la falta de crítica y autocrítica, y en su lugar el discurso oculto de la disensión, el silencio asesino, la indiferencia. ¿Qué más? Las luchas intestinas, el abuso de poder, la lucha por el poder de forma malsana para imponer ideas o supuestas teorías científicas. Las nuevas generaciones para quienes la única esperanza es “ser un preferido” de los que ostentan el poder. La distribución de las posibilidades de intercambio científico, sobre todo en otras latitudes, inequívocamente entre unos pocos.

Los soviéticos comenzaron a olvidar que “nadie por si mismo puede hacer las cosas lo suficientemente bien”. Todo parecía o se hacía parecer que funcionaba bien. Las formas particulares en que se desarrollaba la Psicología Marxista, devenida marxista por el mero hecho de haber sido escrita en ruso, al decir de Radsijovsky, podían ser criticadas sobre todo entre “los grandes”, pero los principios sobre los que se sustentaban, algunos de ellos ficticiamente adjudicados al marxismo, eran inamovibles. Hay toda una generación que mira a la Psicología Occidental, especialmente la norteamericana, como aquella que verdaderamente incita y convoca a ser psicólogo. En lo intersubjetivo hay una generación que ostenta el poder que mantiene viva las tradiciones, las buenas y las malas del periodo anterior. Se cita  a “los clásicos”, se mantiene la unidad conceptual, es como si se dijera: Ya está aquí la Psicología Marxista ahora a aplicarla. Y aquí encontramos todavía un poco de vida en la Psicología Soviética. La encontramos en un llamado a desarrollar lo que sin duda, era para todos la “cenicienta” de la psicología soviética: La aplicación práctica.
Hay un llamado a reorientar la Psicología de su modo académico de desarrollo al robustecimiento de su sentido práctico y aplicado. “La teoría deberá generalizar la práctica y servir a su ulterior desarrollo. La Base teórica de la Psicología deberá desarrollarse en relación a la actividad práctica de los psicólogos dirigida a la solución de las tareas que nos solicita la sociedad.” (Editorial de la Revista de Psicología,1981, p.6).

Sin embargo, las nuevas generaciones de psicólogos, los que podían llevar adelante este movimiento, ya estaban en una suerte de “desesperanza aprendida” con respecto a lo autóctono. Hay una demarcación de fronteras generacionales muy grande. En la Universidad Estatal de Moscú, por solo citar un ejemplo bien conocido, los temas de moda y de interés entre los más jóvenes, y los antiguos discípulos de Leontiev, Tijomirov, Galperin, etc. son el psicodiagnóstico con técnicas proyectivas, la psicoterapia familiar, la psicolinguística chomskyana, a las que por cuestión de forma se les añade los nombre de supuestos antecesores rusos.

Las actitudes dogmáticas, las críticas no constructivas, sino malsanas y convocadas por intereses de poder, el ocultamiento histórico de una “fruta prohibida” (occidente y su producción científica y profesional), el intento de las generaciones más viejas de proseguir una suerte de “gerontocracia”, muy dentro de la tradición rusa,  crearon “su propio sepulturero” al decir de Marx en el Manifiesto de los Comunistas. Solo faltaba encontrar una condición favorable. El pleno del PCUS  de 1986 la regaló en bandeja de plata: la concreción de la política de la perestroika .

Es importante llamar la atención sobre el hecho de que no se pierde en este periodo el discurso típicamente ruso de la psicología. Justamente, a nuestro juicio, aquí está uno de los problemas. El lenguaje, las citas, los tipos de problemas que se estudian, que aparecen publicados en las Revistas de Psicología fundamentales de la época (Voprosi Psijologui, Psijologuichesky yurnal, Vestnik Moskovskava Universitieta), siguen siendo, en lo fundamental, los mismos. Es  muy triste para una psicología que, a pesar de sus déficits, podía haberse convertido en un amplio movimiento de creación, aceptar que “en los años 70 y 80, la ampliación de la ciencia poco a poco se cierra. Aquél efecto práctico que esperaba la sociedad, la psicología no pudo darlo. Crece la indiferencia y la falta de creatividad en la teoría y en la práctica, aunque de esto nadie habla” (Radsijovsky,1989, p.81).

4. LA DISOLUCION.

Los vientos renovadores de la “perestroika” y la “glasnost” abrieron a las Ciencias Sociales soviéticas una posibilidad largamente esperada. Pero,... ¿Quién sabe si la ansiedad de la espera produjo la respuesta desarraigada?, ¿Quién sabe si la historia es implacable por encima incluso de las voluntades humanas?, lo cierto es que el efecto tangible para la Psicología fue la pérdida de todo: lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, las bondades y las desgracias.

En los funerales de Alekcei Nikolaievich Leontiev (1979), muchos de los que fueron los jóvenes seguidores en vida del maestro, se acercaron al féretro del difunto a dar su último beso. Un beso con el que despidieron para siempre una “adopción” (es posible decir que para muchos era una “adicción”). La ruptura de aquél  cordón umbilical significó la búsqueda de uno nuevo: Lo que no habían aprendido era a no tener cordón umbilical, a alimentarse por sí mismos, a crear su propia vida. Lo buscaron inicialmente en otro rusoparlante (fueron varios los elegidos- Bodaliov, Lomov, Klimov, “casualmente” todos los que ocuparon posiciones importantes de poder). Años más tarde, discípulos y no discípulos de los representantes de la más productiva e infelizmente devenida inmovilizadora generación de psicólogos soviéticos, cortaron, bajo los efectos de la  perestroika, su cordón umbilical, pero ¿para regalar su talento a quién, a qué causa científica y profesional?.

Símbolo de la disolución de la Psicología Soviética, o de las Escuelas Soviéticas en psicología, como preferimos llamarle, se constituyó el “Congreso de toda la Unión de la Sociedad de Psicólogos de la URSS”, celebrado en Moscú en 1989. Las filiales de la Sociedad en cada República se separaron, los postulados llamados básicos de la Psicología Marxista más que cuestionados, lo que hubiera sido un éxito, fueron destrozados y abucheados por muchos, las salas en las que se hablaba de lo que pasaba en los Estados Unidos se repletaban, mientras unos clamaban por una “perestroika en la ciencia psicológica”, otros , los más, solo pedían destitución, anarquía disfrazada de supuesta democracia.

Infelizmente, nuestro contacto con la Unión Soviética murió. Murió doblemente: porque la URSS dejó de existir, y porque nunca más tuvimos la posibilidad de saber que pasó después del 89 por vía directa. Muchos de los amigos de entonces ya no viven allá. Otros sobreviven. Algunos siguieron con la táctica de “adaptarse a cualquier circunstancia” y, como casi siempre sucedió y sigue sucediendo, no les va, en cierto sentido, nada mal.  De la fortaleza y la creatividad de aquella polémica generación que hizo y deshizo un modo autóctono de pensar y hacer la Psicología, parece ser que no queda más que un recuerdo vago y agonizante. Quien sabe si fueron proféticas aquellas palabras de Vygotsky: “Nuestra ciencia no podía ni puede desarrollarse en la vieja sociedad. Dominar la verdad acerca de la personalidad y conocer la personalidad misma es imposible mientras la humanidad no domine la verdad acerca de la sociedad y conozca la sociedad misma. Por el contrario, en la nueva sociedad, nuestra ciencia estará en el centro de la vida...la nueva sociedad creará al hombre nuevo”. (Vygotsky,1982 p. 436).

II.B. INCONVENIENTES EPISTEMOLOGICOS.

Muchas fueron, sin duda, las vicisitudes históricas del desarrollo de una Psicología Marxista en la URSS. Su extensión al resto de los países socialistas fue a pesar de todo muy importante, y si no se extendió más a otros países, junto al problemático asunto de la lengua, fue por causa del nada despreciable y no menos problemático asunto de la política. Pero esto es algo de lo que aún los historiadores tienen que encargarse de una manera más sería y profunda que la forma tremendamente destructiva y chismográfica que primó durante los primeros años de la perestroika. Allí la historia fue convertida en instrumento de destrucción, fragmentación, y también fuente de arribismo político y de pase de cuentas de antiguos resentimientos. No es esa la historia que necesitamos, como tampoco, ciertamente, la historia que glorifica y exalta escondiendo fallas, perdidas de rumbo, pasiones y desventuras humanas.

Como ya dije y reafirmo, la Psicología Soviética traía consigo muchos elementos esenciales para la tarea histórica, como decía Vygotsky, de desarrollar una psicología marxista. Sin embargo, los problemas del desarrollo de una Psicología Marxista en la URSS incluían como fundamental, a mi juicio, inconvenientes que llamaría estructurales, esenciales. Estos problemas estructurales resultan de la confluencia de múltiples factores, incluyendo incluso de idiosincrasia. Con el ánimo sobre todo de abrir un debate necesario, me atrevo a señalar algunos de ellos.

1. Preocupados por que la naciente psicología marxista fuera una explicitación clara del pensamiento marxista, los soviéticos se dedicaron más a las definiciones de principios y categorías, al trabajo de construcción teorética, que al hacer una ciencia marxista como conjunto de prácticas científicas profesionales. De este modo la prioridad constructiva se concentró en los aspectos teóricos abstractos de la Psicología. Los llamados principios de la Psicología no reconocían al fenómeno psicológico en su particularidad, sino que llamaban la atención sobre su forma teórica de existencia que era donde esencialmente se suponía se explicitaba el carácter marxista.
2. A manera de ejemplo tomemos una típica definición de la época: la percepción es el reflejo de las cualidades integrales del objeto. Desde el punto de vista de su existencia como subjetividad la percepción no es eso. La percepción no es más que el producto de y la acción misma de percibir y se asocia, en psicología, a un conjunto de fenómenos mentales. En la definición soviética no hay interés de reconocer la percepción como lo que es, sino su determinación, su filiación con respecto a una gnoseología, una epistemología y una ontología.
3. El ejercicio profesional de la psicología era muy exiguo lo que facilitaba la reproducción del academicismo al que antes hice referencia. En conferencia pronunciada en la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana, en 1989,  Zabrodin, entonces vicepresidente de la Sociedad de Psicólogos de la URSS, señalaba que más del 95% de los psicólogos de la URSS trabajaban en Centros de Investigación o Instituciones de Educación, siendo que apenas un 5% se dedicaba a tareas propiamente profesionales.
4. Quizás el área más favorecida fue el de las psicologías educativa, pedagógica, del desarrollo, por su vínculo con las tareas de la Educación. Pero siempre llamaba la atención el academicismo, por ejemplo, de la Psicología Social en la que no se reconocían problemas   centrales de la sociedad, de las diferencias nacionales, criticándose los modelos llamados burgueses, pero sin alternativas de afrontamiento para muchos de los problemas que allí se trabajan. El grupo, como el colectivo, era sobre todo un concepto o un objeto a investigar, pero muy raras veces una realidad de la vida cotidiana, un instrumento para la movilización social, etc.
5. La concentración y el gran desarrollo alcanzado en los niveles abstractos teoréticos y el atraso en lo que a problemas prácticos y aplicados se refiere, incluso la desatención a los problemas instrumentales, generó una suerte de disociación entre la teoría y la práctica. La primera se convirtió en algo así como un discurso declarativo obligatorio desligado en lo fundamental de lo que se hacía en el terreno empírico.
6. La interpretación marxista de la psicología se sustentaba en un conjunto de principios cuya explicitación en la obra de Rubinstein fue bastante aceptada. Estos principios eran:
    Principio de la unidad psicofísica.
    Principio del desarrollo.
    Principio histórico.
    Principio de la unidad de la teoría y la práctica.
    Principio de la unidad de la consciencia y la actividad.

Como se puede observar el sentido de los principios es de carácter teórico abstracto y nada dice del sentido de las prácticas. La psicología marxista vista así era una práctica de elites, se conformaba sobre todo como una “ciencia para sí misma”, no una ciencia para sustentar un ejercicio profesional transformador, enriquecedor, facilitador del bienestar y la felicidad de los seres humanos. Creo que los psicólogos soviéticos en su encuadre del marxismo no comprendieron bien que el marxismo no es sencillamente un instrumento para la toma del poder y su ejercicio, no es tan solo un modo de concebir al hombre, su vida, ni tampoco se reduce a una teoría de la sociedad para conocerla mejor. El marxismo es un instrumento para luchar por el bienestar, la felicidad, la plena realización y el enriquecimiento espiritual de los seres humanos. El problema no ha de ser tan solo como concebir la psique, sino como favorecer su mejor existencia y desarrollo.

Intentando sintetizar, considero que la Psicología Soviética tenía un obstáculo epistemológico fundamental. Le denomino, siguiendo a Bachelard, obstáculo epistemológico para referirme a esa idea de que “es en el acto mismo de conocer, íntimamente, donde aparecen, por una especie de necesidad funcional, los entorpecimientos y las confusiones...causas de estancamiento y hasta de retroceso...causas de inercia.” (Bachelard G.1983.p.15). Su idea (imagen ideal, representación dominante, etc.) de Psicología era en esencia como el resto de las Psicologías de su época : una ciencia académica, de profunda impronta empirista, dónde de forma diferente se pensaban los mismos problemas, los mismos artificios experimentales, lo que unido a una racionalizada sensación de perfección, adecuación y justeza acarreaba los mismos males esenciales, los mismos olvidos, y las mismas concepciones elitistas que sus contemporáneos paradigmáticos.

Esto es una invitación a la polémica, sobre todo a la polémica que es precedida por la profundización, el estudio más erudito. Para mi son ansiedades que no quiero dejar de socializar por el posible valor que puedan tener.

III.  LA PSICOLOGIA MARXISTA COMO ENCUADRE.

¿Qué entender por Psicología Marxista?. Esta fue una pregunta que nos hicimos bastante después de definir nuestra postura como marxistas (muchos se definieron como marxista con un conocimiento bastante elemental, superficial y ortodoxo del marxismo). La primera respuesta la encontramos aún sin ayuda de los soviéticos. Podríamos expresarla así: la psicología marxista es el intento de HACER desde la psicología con las herramientas del marxismo. En este sentido, buscando dentro de nuestra disciplina una noción que coherentemente exprese esta idea, formulamos que se trata de una Psicología cuyo encuadre primario, instituyente es el marxismo. Esta determinación primaria nos ponía, en principio, a alguna distancia de la adherencia a alguno de los tipos de relación más arriba señalados. 

Insistimos en la idea vygotskiana de que la psicología marxista no se nominaliza a si misma marxista para “etiquetar” su ser con un viso de contemporaneidad, preocupación social, etc., sino que con esto pone al descubierto su compromiso real y efectivo, teórico, metodológico, práctico e ideológico con el marxismo en tanto concepción del hombre y la sociedad, como filosofía expresada en la unidad de su epistemología, su ontología, su lógica y su valor de guía metodológica, y como práctica revolucionaria y revolucionadora.  Al nominalizar a la psicología como marxista no se trata solamente de señalar dentro de qué perspectiva, en qué se fundamenta el hacer científico, sino también de quién lo hace;  digamos QUÉ es la psicología y QUIÉN es el psicólogo.

La nominalización de la Psicología como marxista, tenía apenas un sentido histórico concreto. Creo que a nadie se le ocurriría hablar de una biotecnología marxista, o incluso de una física marxista.  Se trata de que en las ciencias sociales, por ubicar de algún modo a nuestra disciplina, la lucha ideológica tiene una presencia particular, y se hace necesario explicitar con precisión la posición de partida.  No es posible confundir esto con la absurda idea de que la simple utilización de un “apellido”  será un toque de magia para la conversión del cuerpo de conocimientos de nuestra disciplina en una ciencia, mucho menos con la idea de ser la única capaz de producir conocimientos científicos.  No creo que fuera de ésta situación histórica la adjetivación sea imprescindible. 

Al mismo tiempo, debo reconocer que hay un problema de economía del lenguaje. Dice Seve, y yo coincido con esa idea, que “...no hay ni puede haber, en sentido estricto, una psicología marxista, lo que sin lugar a dudas existe y está llamado a desarrollarse más aún es una concepción y un uso marxistas de la psicología” (Seve L. 1975.p.47). Pero  ¿cómo hacer para decir que trabajo dentro de una concepción marxista de la psicología, y que en la aplicación que hago de ella se evidencia su vocación e inspiración marxistas?. Sencillamente digo que soy un psicólogo marxista, que cultivo la psicología marxista-mente.

La Psicología que llamamos marxista, fuera de la necesidad de dicha nominalización por las razones antes expuestas y otras más, es también marxista en la medida en que logra un conocimiento real, objetivo, veraz de su objeto de estudio en las condiciones reales de su existencia, que quiere decir en determinadas coordenadas sociohistóricas, culturales.  Es el descubrir (y la posibilidad del descubrimiento de) la realidad psicológica asociada a una práctica comprometida con ciertas propuestas de vida, de organización social, etc. lo que en última instancia la hace marxista.  Nuestra psicología, parafraseando a Vygotsky,  es marxista en la medida en que se convierta en verdadera y científica;  y es en la dirección de convertirla en verdadera, y no en ponerla de acuerdo con la teoría de Marx en la que se hace necesario trabajar.

En segundo lugar, al decir que el fundamento de la psicología es el marxismo, planteamos el carácter de la relación entre marxismo y psicología, como entidades particulares e independientes. Como señalé antes, su identificación es absurda, y un pretendido psicologismo en el marxismo o viceversa sería una reducción mecánica contraria a la esencia misma de ambas.  La psicología tiene sus problemas particulares y busca sus respuestas a estos problemas.  Es indiscutible que el propio planteamiento del problema, así como la búsqueda de su respuesta y la evaluación del hecho conocido tendrán siempre una base en los principios filosóficos de partida, pero estos no son idénticos al problema mismo ni a su solución.

Ninguna filosofía como ciencia de las leyes universales puede responder por si misma a los problemas particulares de una ciencia particular, y no es la psicología una excepción.  Algo cercano, en su sentido más general, pretende señalar Seve, L. cuando señalaba: “decir que los principios del materialismo dialéctico contienen de antemano las verdades científicas futuras – por ejemplo, en psicología- tiene un sentido similar al de expresar que la lengua francesa contiene por anticipado las futuras obras maestras de la literatura; lo único que falta es un medio cualquiera para extraerlas, además del esfuerzo que exige escribirlas”. (Seve L.1975.p.46). Tal suposición es de una superficialidad abrumante.

Del mismo modo en que la Psicología Marxista postula su unidad y diferencia con su fundamento, no pretende ni se plantea la estéril tarea de llenar con su conocimiento psicológico los supuestos “vacíos” del marxismo.  No quiere esto decir que se plantee una ruptura de la inevitable relación dialéctica que opera entre la filosofía marxista y las ciencias particulares, donde el primero sirviendo de fundamento recibe a su vez los descubrimientos de las otras que garantizan la movilidad, el desarrollo, el perfeccionamiento del marxismo, su historicidad y contemporaneidad.  Las leyes más generales no se expresan más que en ciertas formas particulares y la amplitud, precisión y profundidad que logren estas formas particulares, redundará en la corroboración del carácter general de las primeras y en su tránsito a nuevos niveles de desarrollo y perfeccionamiento.  En este sentido, del mismo modo en que sería una mistificación el conceder al marxismo la capacidad total de responder a los problemas particulares de la psicología, sería también una mistificación absoluta el conceder a la psicología la capacidad de ejercer las funciones del marxismo. En este sentido inscribimos la sentencia de Politzer, G. quien afirmaba que “la psicología no contiene en modo alguno el secreto de los hechos del comportamiento humano, simplemente porque dicho secreto no es sólo del orden de lo psicológico” (Politzer G.1947.p.120).  

En tercer lugar, la Psicologia Marxista realiza una lógica constructiva inversa a la de aquellas aproximaciones al marxismo que se ejecutan desde modelos o esquemas psicológicos preconcebidos fuera de él.  Cuando hablamos de modelos concebidos fuera del marxismo, no dudamos que en algunos de ellos estén expresados, digamos de modo espontáneo y en forma parcializada, elementos de connotación materialista o dialéctica.  Indiscutiblemente la historia de la psicología está llena de descubrimientos y hallazgos de indudable valor científico, de no ser así, cómo podríamos hablar hoy de una ciencia psicológica.  Parafraseando a Engels, F. en su “Dialéctica de la naturaleza” señalemos que los hechos siguen siendo hechos, no importa cuan falsas sean las representaciones que de los mismos se hagan.  El problema no está en que partiendo de ciertos modelos psicológicos, podamos llegar o no a ciertas verdades y que podamos entonces, sobre todo a estas verdades, encontrarles una justificación marxista.  Creo, sin temor a exagerar, que de ser así cualquier corriente psicológica podría adjudicarse un carácter marxista.  En la psicología marxista se trata de una nueva edificación de la base misma de la ciencia, de un cambio del modo de concebir el sistema integral de su modelo de partida.  Se trata de comprender y asimilar el significado del marxismo como guía metodológica para la construcción de dicho modelo y como acción transformadora.

Valdría la pena señalar algunas de las consecuencias concretas que trae consigo la adopción de un modelo de los establecidos en el devenir de la psicología, y cuál es el intento de superación de la psicología marxista.
1. Los modelos clásicos por nombrarlos de algún modo, son modelos parciales que pretenden agotar el estudio de lo psíquico por algo que en el mejor de los casos, no es más que una de sus manifestaciones contenidas o formas de existencia.  La Psicología clásica , dice Bleger, nos ofrece, en lugar de vida humana, procesos que no son nuestras acciones cotidianas” (Bleger J.1967.p.41). Así el conductismo, por solo cotar un ejemplo, al reducir lo psicológico a lo conductual, eliminó de la psicología posiblemente su peculiaridad básica:  su carácter subjetivo.
2. Al centrarse en un objeto parcial de estudio, se corre el peligro de obviar lo que focalizándose en otros objetos, la psicología ha producido a lo largo de su historia. Como suceso bastante común los psicoanalistas, escudándose en su idea de que el psicoanálisis no es una psicología demuestran un desconocimiento bastante grande de la Psicología como ciencia y sus aportes generales, a no ser que por formación primaria sean psicólogos.
3. En la mayoría de los modelos a los que hacemos referencia, si bien se logra una certera interpretación entre objeto, método y práctica, se observa un cierto “efecto de cierre”, donde la consumación del modelo es vista en la creación de un sistema cerrado creando la imposibilidad de la asimilación crítica de los resultados alcanzados en otros sistemas, más allá de lo que pudiera ser una “asimilación por conveniencia”.
4. Podríamos aún añadir que en la base de cada uno de estos modelos, incluso de aquellos en los que operacionalismo y positivismo están fuertemente arraigados, hay una concepción del hombre y por supuesto de la sociedad afiliada conciente o inconscientemente a alguna filosofía.  Nos preguntamos si es posible romper con esta concepción para asumir otra, la que nos ocupa, la marxista, sin romper el propio modelo, o producir una “adaptación” de la nueva concepción del hombre que trata de imponerse. 

En la respuesta a estas cuestiones está, más allá de las relaciones de unidad y complementación, el por qué de la ruptura esencial que busca la Psicología Marxista tal y como la concebimos con los modelos preestablecidos desde fuera del marxismo, y el por qué la vía de acercamiento al marxismo desde alguno de estos modelos se nos presenta como insuficiente.  La psicología marxista entonces, la construimos (y subrayo esta afirmación - la construimos) partiendo del marxismo como fundamento general en la búsqueda de un modelo propiamente psicológico que refleje lo psíquico en toda su integridad, que sea consecuente con los principios de partida y que sea capaz de asimilar e integrar críticamente lo mejor del pensamiento psicológico en su historia y en su estado actual, aquello que se descubre como una verdad objetiva científica.

Valdría detenerse aunque sea brevemente, en este último aspecto - la asimilación crítica - por el significado que tiene dentro de la psicología marxista y porque no han faltado las  incriminaciones de los “agudos de la superficialidad” acerca de un supuesto eclecticismo.

En el propio ejemplo del marxismo, encontramos la clave para comprender la necesidad y el sentido de la asimilación crítica.  Analizada en esta dirección particular, tendremos todos que estar de acuerdo en que, como señalaba Lenin, el marxismo es el sucesor natural de lo mejor que la humanidad creó en el siglo XIX;  la filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo francés”. ¿Podemos reducir el marxismo a estas tres fuentes y partes integrantes?.  Indiscutiblemente no. Pero ¿pudiéramos concebir el marxismo sin ellas?. La respuesta es igualmente negativa.

En la psicología marxista el problema se plantea así:  la asimilación crítica de la producción científica en psicología es un elemento central que expresa, más allá de su ruptura, la unidad de la ciencia psicológica;  a la psicología marxista no le son ajenos los logros de las escuelas, tendencias, etc. son estas “fuentes y partes integrantes”;  las escuelas psicológicas han reflejado en mayor o menor medida y adecuación lo que han pretendido estudiar, descubriendo leyes, regularidades, mecanismos psicológicos de significación particular. Desconocer esto sería abrir las puertas al chouvinismo y el dogmatismo pseudo científico, porque en realidad retomando a Vygotsky, “...nuestra ciencia será marxista en la medida en que sea verdadera, científica; y es precisamente en la dirección de la conversión de nuestra ciencia en verdadera, y no en ponerla de acuerdo con la teoría de Marx, en la que hemos de trabajar...lo que hubo y hay de verdaderamente científico en la Psicología, entra en la Psicología Marxista...este concepto es más amplio que el de escuela o corriente...coincide con el de Psicología científica en general, no importa donde ni quien la desarrolló” (Vygotsky L.S. 1982. Pgs. 434-435.)

En cuarto lugar, la psicología marxista no pretende ser una cierta “conciencia crítica” de la psicología, el “perogrullo” portador de la verdad teorizada y que desde esta posición privilegiada tiene el derecho de dictar sentencia sobre lo bueno y lo malo, lo adecuado y lo inadecuado, etc.  La Psicología Marxista demuestra su valor en la praxis. Cómo considerarnos marxistas, cómo hacer una psicología marxista si olvidamos que el problema de si el pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento.  Pero como toda praxis, la práctica de la psicología marxista expresa la necesidad de una unidad dialéctica indisoluble:  la unidad teoría-práctica.
La reflexión teórico-metodológica, la elaboración de un marco teórico conceptual es un punto central para la conformación del desarrollo de la psicología marxista.  “Los intentos de comprender los problemas metodológicos de la ciencia psicológica siempre son creados por una necesidad impostergable de orientaciones teóricas, sin las que las investigaciones concretas inevitablemente resultan miopes” (Leontiev, A.N.1975.p.3).  No hay ni puede haber una práctica consciente, orientada y productiva sin un marco teórico en el que la misma se inscribe, marco teórico que surge de una práctica y que vuelva a ella no sólo para confirmarse, sino para perfecionarse y permitir así un verdadero crecimiento científico.

Este marco teórico de la psicología y que tiene como fundamento el marxismo, se elabora sobre un conjunto de requerimientos científicos metodológicos insoslayables.  Señalemos por solo citar algunos:
     1.    Su objetividad, evaluada no solamente por la corroboración empírica particular que sobre la base de uno u otro método de los llamados tradicionales, valída, hace confiable y pertinente un sistema categorial, sino sobre todo por una praxis histórica y contextual.
     2.    Su carácter dialéctico, en tanto su capacidad de asimilar el carácter relativo de todo conocimiento humano relativo no en el sentido de la negación de la verdad objetiva, sino en el sentido de la condicionalidad histórica de los límites de la aproximación de nuestros conocimientos a esta verdad.
     3.    Su carácter general, en tanto que representa la unidad de la teoría psicológica con independencia, por supuesto relativa, de sus formas particulares de expresión.

Es por esto que la Psicología Marxista tiene en su núcleo una Psicología General, pero no en el sentido de una psicología del hombre blanco, adulto y civilizado como pensara Titchener, E. o una metateoría al decir de Binswager, ni tampoco simplemente una psicología de procesos y fenómenos, de corte experimental como aún piensan muchos.  Sino una psicología general en la que queda plasmado el sistema de principios teórico-metodológicos que estructuran el conocimiento psicológico, su aparato categorial, y en la que se realiza, al nivel de la ciencia particular, en términos propios y diferenciados, su fundamento.

En quinto lugar, habría que precisar que la Psicología Marxista es unidad en la diversidad.  Su ajuste total es imposible identificarlo con un enfoque o una teoría particular, aún cuando este se inscriba dentro de los límites que de algún modo hemos expuesto en estas reflexiones básicas. Su unidad consiste justamente en la comunidad de ciertos puntos de partida que se derivan en la práctica de la apropiación de su fundamento.  Dejemos claro - la unidad de principios de la psicología marxista representa su existencia objetiva.
Dentro de este contexto se verifican las contradicciones propias que movilizan el desarrollo científico entre los diversos modos de realización concreta de los principios, se realiza la historicidad de las categorías, se delimitan sus alcances y sus limitaciones.  En este sentido no hay nada más ajeno a la Psicología Marxista que pretender ser un conocimiento acabado; la psicología marxista está en constante construcción y reconstrucción sobre un fundamento solidamente establecido.  Lo que tenemos hoy adolece de múltiples insuficiencias, no siempre somos del todo consecuentes con lo que nos planteamos en el terreno teórico, porque dicha consecuencia, no es solo el efecto de un deseo o una convicción, sino de una situación concreta, históricamente condicionada, pero podemos mostrar lo que hacemos, cómo lo hacemos, lo que pensamos y por qué lo pensamos.

Qué más necesitamos para demostrar a muchos escépticos que la Psicología Marxista existe, - un sistema cerrado de conocimientos anquilosados y obsoletos, sujeto a una lógica metafísica?  Una única conceptualización teórica de algo que aún no ha sido descubierto en toda su esencia?  O quizás una falsa propuesta de dominio absoluto del universo psicológico del hombre?  Si esto se espera, entonces cómo hablar de Psicología, marxista o no.  Pero incluso, para qué hablar de toda ciencia.  La psicología marxista está ahí, su unidad de principios, su praxis.

Pero el conocimiento de lo psicológico es inagotable, y también inagotable serán los modos de su aproximación.  Nuestra vía no es la única, el marxismo está al alcance de todos, y el descubrimiento de su significado para la psicología es una tarea histórica. Será la práctica quien acudirá al llamado de los interesados en una psicología plena.

martes, 3 de enero de 2012


Homenaje a MI ESCUELA.
En su centenario.




- I  -
     Cien años cumpliría mi Escuela. Lo digo absorto en ese peculiar sentimiento, creo que muy de cubano, de asociar la geografía de la vida infantil a lo muy personal, “lo mío”, lo auténticamente reconocido como propio. La casa en la que nacimos y vivimos con nuestros padres, es “mi Casa”; el barrio en el que desplegamos nuestras vitalidades primarias, es “mi Barrio”. Así, la Escuela en la que descubrimos las letras, los números, y quien sabe cuantas cosas más, es “mi Escuela”.
            La mía, dicen algunos que fue fundada en 1905 (en realidad fue este el año en que llegaron los hermanos lasallistas a Cuba). Pero cierro los ojos, y me veo leyendo el número inscrito en la parte superior de la puerta principal: “1910”. Hasta puedo escuchar a mi compañero de aula, Roberto Pérez, diciéndome: “Que vieja es la Escuela”. Y esto fue en 1957. Cuando apenas ella tenía 47 años.
            Yo estaba en el primer grado C. Había pasado el “kindergarten” en una vieja casa de la calle Príncipe. La misma calle que luego me recibiría al ser cerrada mi Escuela. Mi padre le había dicho a mi madre: “tendrá la mejor educación que podamos darle”. Y así, un buen día, me llevó a la majestuosa edificación que ocupaba la manzana comprendida entre las calles 13 y 11, acompañando en paralelo al mar; y las calles B y C que se extendían hasta tocarlo.
            La barriada del Vedado se privilegiaba con aquella edificación que se levantaba sólida y resplandeciente. Orgullo de un poderío económico de clase media ascendente, pero sobre todo de un poderío educativo, intelectual, formativo. Los Hermanos “De La Salle” habían consagrado, inequívocamente, su vida a la Educación. Con una profunda convicción católica, y avanzadas ideas acerca del modo de “preparar hombres para la vida”, ejercitaban su vocación para el magisterio de manera excepcional, con compromiso cívico, cultivando el alma cubana. Cuba siempre estaba en sus prédicas.  Cuba estaba en sus cantos. Cuba estaba en sus sueños y sus ideales de una patria “con todos y para el bien de todos”.
            Tardé muchos años en descubrir dimensiones de su pensar que escapaban a mi mente infantil, aunque no dudo que fueron sedimentando mi carácter.  Revisando los viejos materiales de la infancia, aquél “libro” que llamábamos “La Memoria”, comprendí mucho más ampliamente el bregar calmo, pero contundente, de los hermanos lasallistas afiliados al humanismo real, ese que siguiendo la ruta de Dios, no puede ser ciego ni mudo ante la injusticia. “Dios. Patria. Hogar”, inscripción legítima de los apostolados, interconectaba las cimientes de su modelo formativo. 
            Que no quede solo en mi apreciación. En el Discurso de despedida de la graduación de 1958, oratoria revisada y consentida, como en las mejores tradiciones de la Educación responsable, el aventajado Guillermo Boza, decía: “… no nos olvidemos nunca del pueblo que llora y sufre mucho. Seguiremos entonces a la Patria como el trozo de humanidad en el que nacimos, y nos daremos cuenta de que solamente lograremos su libertad cuando hayamos vencido la ignorancia y el analfabetismo, y subyugado la inmoralidad y la deshonra. Y nos lanzaremos, jinetes de nuestros ideales, a reparar injusticias sociales enormes, a enseñar deberes olvidados, a cicatrizar heridas profundas de Patria enferma, a hacer olvidar rencores con justicia, y ofensas con caridad. Si lo logramos, habremos logrado la felicidad de la Patria… Y una estrella blanca… igual a esa estrella que brilla allí, triste y abatida sobre la sangre de mi Cuba doliente, nos repetirá suavemente las palabras de Amiel: “No te desanimes nunca, siempre adelante, tu deber es obrar”. Subrayo, esto fue en Junio de 1958.
- II  -

            Los años siguientes fueron de enorme complejidad. Desde los inicios de 1959 la Revolución entra en el edificio de mi Escuela de las manos de los propios hermanos lasallistas. No hay como dudarlo. En la “Memoria” de 1959, un escrito titulado “República Nueva”, dice: “La generación que ha hecho en Cuba la revolución más heroica y limpia, ha brotado al conjuro de una fe intensísima en los ideales martianos… En esta nueva alborada cubana nos invade y nos convoca una gran esperanza en el mejoramiento espiritual del pueblo y de los grupos dirigentes…servir a la comunidad cubana es hoy un deber imprescindible…Todo por una patria libre y feliz, porque ha de ser más cristiana”.
            Más adelante se incluye en la “Memoria” un fragmento de un texto publicado en la Revista Bohemia, en el que se afirma: “Mucho ha hecho Fidel Castro, y mucho le queda por hacer. Es lícito conceder al líder máximo de la Revolución un crédito proporcional a las grandes realizaciones que debe acometer y que sin duda acometerá” Y más adelante se señala: “N de la R – Fidel Castro fue alumno del Colegio De La Salle de Santiago de Cuba, de 1934 a 1938; Allí hizo su primera Comunión”.
            Se apoyan las primeras medidas populares del nuevo gobierno. La Reforma Agraria fue uno de los acontecimientos saludados con hechos. Aún recuerdo los “tractores donados a la patria”.

            En mi casa me decían: “Pronto todos los niños podrán ir a una Escuela como la tuya”. No habría que limitarse a la caridad de los lasallistas que, con la renta de las Escuelas grandes, mantenían tres “Escuelas parroquiales” totalmente gratuitas. Otras, como la ciertamente fundada en 1905, antes que “la mia”, en la calle Línea, 460, entre D y E, becaban a gran cantidad de alumnos que no tenían como pagar. Viví de cerca como el edificio mayor, de la Escuela del vedado, y el menor, el parroquial, se entrelazaban en actividades conjuntas. Favorecidos y desfavorecidos del sistema jugaban en el mismo equipo, cantaban en el mismo coro, navegaban en las mismas ansias.
            No idealizo. Simplemente observo, reconozco y me enorgullece saber que más allá de la prédica, había acciones concretas. De alcance limitado, sí. Pero sustentadas en un profundo amor y solidaridad, en convicciones para compartir con orgullo.
            Pero poco a poco, en el exterior del edificio, más allá de la hermosa reja perimetral que marcaba un adentro y un afuera, los estandartes de La Salle se descolocaban de sus espacios tradicionales. La Patria llamaba a rebato. Las familias se precipitaban en saltos muchas veces irracionales. Dios se desdibujaba de sus sacrosantos anaqueles. Cada día un nuevo pupitre se quedaba vacio. Algo estaba sucediendo más allá del perímetro de la Escuela. Pero el magnífico edificio, como un inmenso útero materno, nos contenía, nos protegía. En su interior se seguía proporcionando un mundo organizado y racional, en un contexto de cambios convulsos. Era el prolegómeno de otra modificación sustancial en la sociedad cubana. Ahora impactando sobre la religiosidad, sobre las instituciones religiosas.
            Algunos desvaríos comenzaban a percibirse. Confrontaciones desde la duda empezaron a aparecer en el escenario público. La Revolución “verde por fuera y roja por dentro” hacía emerger prejuicios no sin fundamentos de la iglesia católica. “Un fantasma recorría el país – parafraseando a Marx- Era el fantasma del Comunismo”.
            En el edificio de mi Escuela la armonía fue desapareciendo. Chubascos de volantes lanzados desde lo alto de las construcciones que daban resguardo al patio interior, predisponían a los que leían las octavillas. “No te dejes confundir por el comunismo”, “Las tentaciones del diablo son rojas”.  No descarto que algunas hayan tenido contenidos abiertamente contrarrevolucionario. También seguía adelante, entre algunos estudiantes, el proceso de asimilación política de la nueva situación del país. Recuerdo haber visto uniformes distintos a los que usábamos los estudiantes. Tampoco eran sotanas. Al interior de mi Escuela se vivía lo que en todo el país se vivía: apoyos incondicionales y rechazos radicales, contradicciones, definición de posturas en busca de la transacción, del respeto a los intereses. Nadie sabía lo que era una revolución, ni como se hacía. Lo menos que se podía esperar era lo que estaba sucediendo.
            Un buen día la solidez construida por años comenzó a desmoronarse definitivamente. La guagua “12”, comandada por el chofer Angelito, que se internaba por mi natal Cayo Hueso a recoger a varios alumnos, parecía apagada. En su interior comenzaron a desaparecer los chistes, las maldades comunes. Estábamos como enmudecidos. El Edificio se veía sombrío. No era el silencio de la disciplina el que predominaba. Creo que era el silencio de la incertidumbre. El año había recién comenzado. Pero aquellas navidades habían marcado de una manera distinta a mi Escuela. Al cierre del sesenta, el Decano de Bachillerato había alertado: “El porvenir, jóvenes, tiene muchas incógnitas; los horizontes se oscurecen con nubes negras…” ¿era acaso un presagio, una premonición?.
            Tengo un gran vacío documentario sobre lo que sucedió. Mi vocación no es de historiador. Solo soy un narrador de sentimientos. Mis vivencias las llevo al papel. De modo que lo que conservo es que en abril de 1961 fue mi última salida del Edificio de mi Escuela. Fue por la puerta trasera. Nos llevaron apresuradamente al sótano a tomar los ómnibus. Una vez adentro nos instaron a agacharnos en nuestros asientos, a no exponernos en las ventanillas que deberíamos tener cerradas. Se sentía el nerviosismo de los hermanos, ecuánimes en apariencia, pero muy preocupados. Cuando salimos a la calle 11, atemorizados por la inusual emergencia y el desconocimiento de lo que pasaba, alcanzamos a oír gritos que venían de la calle: “Pin Pon fuera. Abajo la gusanera”, “Que se vayan los bitongos”, “Curas asesinos”, “Nacionalización”. Una rápida mirada desobediente tropezó con carteles enarbolados por un grupo numeroso de personas que, parapetados en la calle, obstaculizaban el paso de las “guaguas”, e inundaban el silencio de la tarde con la misma expresión: “Curas asesinos”. No podía, ni podré entender nunca, aquellas palabras.

- III  -

            Muchos años pasaron antes de que volviera a pasar por mi Escuela. Los nuevos tiempos me llevaron a lugares insospechados con nuevos compañeros de faena – campos desolados por ciclones, campamentos en intrincados lugares de la isla menor, zafras azucareras, movilizaciones militares. Un mundo desconocido en el que podía ejercer una vocación en la que me había educado. Encontré a algunos compañeros de mi Escuela. Con Nino del Castillo pasamos mucho frío al sur de La Habana, en el Campamento “Las Julias”. Allí llegamos por voluntad propia a contribuir al desarrollo del país.
            Algunos de mis compañeros de Escuela corrieron otra suerte, triste, lamentable, dolorosa: exilio, desgarramiento familiar, prisión. Muchos engrosaron la diáspora. Creo que hoy, cada vez más, abandonamos las tensiones de época y reconstruimos lo que no debemos perder poniendo tierra encima de los excesos cometidos.
            La Escuela quedó un largo tiempo abandonada. Habitada quizás por ecos de su historia, quizás por espectros de sotanas negras, camisas azules, pantalones de caqui beige. La erosión se imponía sobre sus fachadas.  La acción destructiva sin contraposición constructiva laceraba desde todas partes las estructuras y fachadas del edificio. Mi Escuela no era una prioridad para los que definían lo que sí y lo que no. Probablemente, para muchos, ella representaba un pasado que lejos de ser historia a recuperar, se pensaba, equívocamente, como una suerte de ignominia a olvidar. “Todo al fuego” en una pésima interpretación de la sabía afirmación martiana. Ninguna Escuela católica se salvó del pie forzado. Ninguna Escuela privada.
            ¿En qué extraño trance cayeron los que no entendieron, los que no entendimos - porque no quiero excluirme de los que cometieron errores - que la historia que solo es ruptura se contradice a sí misma, contraviene su propio sentido?, ¿Cómo no entendimos que la historia no es el cuento que los doctos o los profanos hacen, sino los sucesos reales que dejan marcas indelebles en la vida real de las personas, de las ciudades, de las naciones?, ¿Cómo olvidamos que hasta en la bastardía están los cimientes de nuestra nación, que somos hijos de una violación cosmogónica de la que supimos recuperar, transformar y crear, pero no olvidar?. ¿Dejar de ser católicos suponía que teníamos entonces que dejar de ser buenas personas, porque solo los revolucionarios son buenas personas? ¿Teníamos que lanzar al olvido las enseñanzas de los hermanos lasallistas, su invitación constante y ejemplar a hacer filas con la virtud, la humildad, el respeto, el conocimiento, la vocación de servicio?
            Se sumaron también los equívocos del otro lado. No devalúo para nada el impacto de terribles sucesos en los que buena parte de la Iglesia católica, como institución, se negó a sí misma (¿o no?). Fue escudo de un asesino, y así, garra de las sombras luciferinas. Se alejó de la sotana verde oliva del padre Sardiñas, para ser bordaje en oro de lo peor de la burguesía en estampida. Comulgó a corruptos sin pasar ni tan siquiera por el juicio de Dios y el debido arrepentimiento. Se dejó arrastrar por la defensa de la inmovilidad, cuando el reto era cambiar. La ortodoxia eclesiástica no fue capaz de trascenderse a sí misma. Su epistemología de la resistencia, no la dejó pensar en la oportunidad de crecer. Se armó de la negativa. Se parapetó en sus templos cerrados. Se enquistó.
            Todo esto herrumbraba lo edificado. El inmueble de mi Escuela se me antojaba como una visión doriangreysiana. Como si todo lo malo se depositara en sus paredes, que se descascaraban dejando al desnudo un inmenso vacío. La nada.
            Cuando volví a transitar por la acera que circunvala el edificio sentí un dolor en el mismo centro del pecho. No tenía que ser así. Se pudo haber evitado. No tiene que ver con el Socialismo, sino con el modo en que algunos, desde posiciones de poder, interpretaron el Socialismo. No tenía que ver con el ser católico, sino con el modo en que algunos pensaron que se tenía que ser católico.
            Así cómo “la diferencia entre el desierto y un jardín, no está en el agua, sino en el hombre”, la diferencia entre el edificio de mi Escuela, aquél que glamoroso ilustraba la producción cultural de una época con aciertos y desaciertos,  y el destruido inmueble que a duras penas se mantenía allí en pie, no estaba en el tiempo, sino en el hombre. No fue el tiempo quien convirtió en semi ruina lo que parecía ser una irreductible edificación. Fue el hombre.

- IV  -

            Las paredes del Edificio ya gemían cuando una sabia decisión reconvertiría al gigante en una edificación con fines educativos. Tocaría el turno a un centro de enseñanza técnica. Se podrían aprovechar condiciones propias del inmueble. El sótano trasero se transformaría en taller de mecánica. El patio lateral, con vista a la Calle C, sería techado para tener más espacio protegido de la inclemencia de las lluvias tropicales. Le llegó también el turno a la Capilla. Allí donde buena parte de los lasallistas habaneros hicimos nuestra Primera Comunión, y algunos hasta la Confirmación, los nuevos estudiantes harían su primera disección de un motor. Donde otrora, junto al magnífico coro escolar, yo entonaba el “Cristus Vinci”, ahora resonarían ensordecedores choques de metales, de instrumentos de labor, contra la maciza construcción de estructuras férreas y armazones de hormigón de todo tipo. Cada época se construye a sí misma. En altares, en talleres. En cualquier lugar. En todos los lugares. Pero siempre el gran constructor: El ser humano. Con una vocación u otra. Cuando son buenas, cuando son auténticas, se interconectan. Y solo cuando son falsas, se excluyen.
            Soy de los convencidos que los hermanos lasallistas hubieran sentido alegría al saber que resurgía de las cenizas el edificio que antes cobijara la realización de su vocación. Adolescentes y jóvenes sin discriminación de origen, raza, género, podrían inundar las desvalidas aulas, y más adelante devolver con la gracia de su servicio, lo que recibieran. La Escuela volvía a ser escuela. En algún momento me pasó por la cabeza convocar a los ex alumnos, de diferentes generaciones y épocas, a una labor de apoyo al resurgimiento del edificio. Tenía identificado a unos pocos, pero quizás aparecieran más. En la isla, Manuel González, Rafael Betancourt, los Lage –Jorge, Carlos, Agustín-, Nino del Castillo, Manuel Bode, Frank Tobey, Gustavo Robreño, Enrique Colina, Luis Alberto Montero. También el Arzobispo Auxiliar de La Habana, Monseñor Alfredo Petit. Fuera de la isla…muchos más. Se trataría de un remiendo a la memoria. Un deber de corazón. Nada más. Mucho más.
            Un domingo, quien sabe si recordando los de misa, me fui a visitar la Escuela. Tenía la esperanza de encontrar a alguien a quien comentarle mi idea, tal vez intempestiva. Quería acercarme al aula de primer grado en la que el hermano Tomás nos llenaba el alma de ganas de aprender. Y lo hice. Cargado de sueños y temores volví a entrar al edificio.
            La batalla entre la memoria emocional y la razón fue desgarrante. La primera buscaba sus referencias mnémicas en las que todo aparecía como detenido en el tiempo. La segunda, precisamente esgrimía al tiempo para entender lo que la mirada le imponía.  El edificio había sido maquillado. Más en sus fachadas externas. Mucho menos en sus espacios internos. Pintura de bajo costo intentaba cubrir el abandono. Retazos de madera de baja calidad parcheaban la falta de persianas y fragmentos de puerta por doquier. Las impresiones primeras me convocaban a la molestia. Pero el corazón emergió para hacer visible lo invisible: algo trataba de hacerse. No era la simple aritmética de “algo mejor que nada”. Era recuperar el significado solidamente inscrito en aquél edificio. Un edificio para ser Escuela.
            Las marcas de época eran inevitables. Ahora la Escuela llevaba un nuevo nombre. Pantalones y sayas entraban indistintamente a los salones de clase. Yo notaba la ausencia de la escultura central. Pero era solo una reminiscencia. Otros eran los colores de los uniformes. Como el Estado que se hace cargo de la Escuela, ésta devino un centro laico. Las ausencias de condiciones básicas eran evidentes. Pero siempre, junto a cada falta, el intento de superarla. ¿Habría posibilidades reales de que el edificio volviera a transpirar espiritualidad intelectual, ansias de saber? Y claro, también infancia, o juventud, fuerza vital de gente joven con ansias de vencer, de superar cualquier reto.
            Hay un destino ineluctable en aquella construcción. Una espiritualidad, que mixturada con piedra y polvo, con ansias y desvelos, con victorias y derrotas, se había tornado resistente a todos los embates. La Escuela, mi Escuela, estaba allí. Impoluta. Erguida sobre su propia historia. Historia que es parte de muchas otras historias.
Al salir por el viejo portón corroído por su propia historia, el mismo por el que un día entramos los que alguna vez allí estudiamos, el que muestra la fecha de nacimiento de la edificación - “1910”, recordé la inscripción conmovedora que, en la Tumba al Soldado Desconocido de la fría Moscú, dice: “Aquí nada ni nadie está olvidado”. Así, mi Escuela.

- IV  -

            He escuchado y repetido muchas veces la frase de Luz y Caballero: “Instruir puede cualquiera, educar, solo quien sea un evangelio vivo” Debo confesar que en momentos de autoconsciencia crítica, la máxima del ilustrado me ha hecho sentir responsable de la mala educación que se ha instalado en muchos de nuestros jóvenes. Con vergüenza, dada mi condición de profesor, escucho a personas prudentes decir: “tenemos un pueblo bien instruido, pero poco educado”. Me (des)consuela ver, al amplificar mi mirada, que es una disensión extendida por muchas latitudes del mundo. ¿Será que acaso tiene más apego a la realidad aquella máxima según la cual los jóvenes se parecen más a sus tiempos que a sus padres? (y maestros, agregaría yo).
            Desde cuando se viene gestando una ruptura de ciertas normas elementales de conducta ciudadana, cívica, es algo que no logro precisar. Inicialmente me preocupó, luego me dolió y ahora me molesta. Los modelos relacionales se han desvirtuado. Tanto en las dimensiones espirituales, en el ámbito de las relaciones interpersonales, cuanto en lo que se refiere al respeto y cuidado del mundo material. Desde este desastre planetario que amenaza con precipitar al mito del Armagedón, hasta la falta de cuidado para con la expresión material de cualquier tipo de creación espiritual humana: una ciudad, un libro, una escultura, un jardín, un veterano edificio, una joya de la cultura nacional. No hay consciencia del esfuerzo humano objetivado en cosas que más que material, son riqueza espiritual objetivada. No hay consciencia de la necesidad de cuidar la obra humana, porque es así que se cuida lo humano en nosotros mismos. El alma cubana corre el riesgo de aparecer amancillada por la falla educativa. También mi Escuela cae en las redes inhóspitas de tal desidia.



            Ahora, digo exactamente lo que vi hace menos de diez días,  las paredes han sido convertidas en murales para un execrable “marketing personal”. Pasarelas de palabras obscenas que derraman tullidas intensiones de minusvalía mental, o quién sabe si perversiones estériles que traslucen insatisfacciones de todo tipo. Aquello hace recordar las paredes de baños públicos de terminal de ómnibus en las peores variantes imaginables. ¿Es este el destino deseable de una escuela? 
            El paso de la intimidad a la extimidad, más allá de los límites de facebook y similares, se tiñe de indisciplina ciudadana, de inobservancia del elemental cuidado a lo de todos, que no es propio ni es ajeno. ¿La ruptura de los moldes dogmáticos supone la destrucción de la noción de responsabilidad? ¿Será que se ha roto la línea divisoria del “quiero” y el “hago”? ¿Habrá desaparecido la franja del “¿se podrá?, del ¿será correcto?” Parecería como si Atila, a pequeña escala, reviviera uniformado para destruir todo vestigio de civilización en mi Escuela. Y no será solo allí.
            El viejo edificio nunca antes vio, sufrió, tanta mala educación. Nunca antes la vivarachería adolescente y juvenil que andaba por los pasillos del inmueble fue tan destructiva. Nunca antes el ideal de la misma Revolución estuvo tan ausente en el plantel, aunque seguramente se repiten una y otra vez sus consignas. Mientras mayor es el esfuerzo y el sacrificio de unos para enriquecer la cultura cubana, la del día a día, la del cubano amigo, honesto, cuidadoso, respetuoso hasta en la broma, más se evidencia el mal hacer de otros en la imposición de una anticultura del irrespeto, de la destrucción, de la acriticidad.
            ¿A quién vamos a culpar ahora del desvarío? ¿al fantasma del comunismo del que aún estamos muy lejos? ¿al bloqueo, que a fuer de injustamente presente y activo, ya es una condición más? ¿Quiénes serán ahora los “asesinos”? ¿qué élite pudiente será la que no deja entrar a la nueva educación en los predios de la otrora Salle del Vedado? El edificio de mi Escuela mantiene su silencio, pero habla. Habla, y dice: “la diferencia entre el desierto y un jardín, no está en el agua, sino en el hombre”.
            Los nuevos habitantes del inmueble no han aprendido a quererlo. Nadie les ha cultivado ese amor. No saben quizás cuanto de buenos sentimientos pudieran respirar en su interior. No son ellos la generación de los que tenían algo que olvidar. Sino la generación de los que tienen mucho por recuperar y construir. Pero no hay creación sin amor. Y no hay amor sin razones para amar. ¿Cuál será la historia del amor y sus razones para los nuevos amantes potenciales? Seguramente será la que contemos aquellos que seamos capaces de dejar atrás lo que convoca a la incomprensión y construyamos la narrativa de los buenos sentimientos. La de los buenos recuerdos. Y hay tanto bueno que recordar y amar!
           
- V  -

            El viejo edificio de mi Escuela clama su reivindicación definitiva. Quiere participar para enriquecer nuevas experiencias positivas. Corazones lasallistas en muchos rincones del mundo pueden ser convocados y, no tengo duda, aceptarán. No hay nada que esperar. Hay mucho por hacer. Me gustaría que todos los que podamos hiciéramos algo por devolver a aquél edificio su condición de multiplicador del saber, crisol de toda diversidad cultural enriquecedora de la cubanía, sustento de una espiritualidad renovada.
            Hago mías las palabras de Eusebio Leal pensadas para nuestra ciudad. Las extiendo para tocar a mi Escuela con el saber de quién ha tenido como divisa personal “Patria y Fe”.  Digo desde mi certeza: “Para esta Escuela no habrá muerte ni olvido. Y es que en ella habita la poesía, la promesa de eternidad que le dio sentido a todas y cada una de las generaciones que fueron moldeando sus espacios”.
            Amén.

La Habana
25 de Diciembre 2010.

martes, 22 de noviembre de 2011

Por una Psicología de todos

Hoy, quizás como nunca antes, el posicionamiento de la Psicología y de los psicólogos se convierte en una reflexión de máxima importancia. Los modelos tradicionales se han hecho pedazos: desde hace más de cuarenta años hemos asistido a la emergencia de nuevas formas de hacer y pensar la psicología. El núcleo epistemológico de tales “rupturas” contiene el problema de la propia comprensión de qué es la psicología y qué es ser psicólogo. Las exigencias de época (incluidas las matizadas por los mercados laborales, las emergencias socioeconómicas y sociopolíticas, los modelos de desarrollo social, etc.) testimonian marcas esenciales. La hoy inevitable inmersión de los profesionales en las dinámicas sociales y las prácticas cotidianas denotan también sus impactos. El “laboratorio-consultorio-refugio” ha sido definitivamente minado (en metáfora y en sentido directo). Se impone un reconsideración de identidades: identidad de ciencia, identidad profesional. 

Las dos tesis fundamentales que defiendo, tras los pasos de previsores pensadores de este continente, son tan claras como sencillas:

1. La psicología no es, no ha de ser, una disciplina científica para el consumo propio, sino para el consumo, conocimiento y producción comportamental extensivo de las personas. Por tanto su sentido se revela, más allá de su carácter práctico aplicado, en su consolidación como “cultura de los sujetos cotidianos”. Desde aquí se construye la imagen del psicólogo como mediador entre los conocimientos psicológicos que produce (estructurados en el contexto de los modelos teóricos, representaciones conceptuales, hallazgos empíricos y reflexivos, en la producción científica en sentido general de los psicólogos) y los “destinatarios-usuarios” fundamentales de dichos conocimientos en los diferentes ámbitos de pertinencia.

2. Los “conocimientos psicológicos” no son resultado privativo de la actividad de los psicólogos. Son la resultante de la producción cultural diversa de los grupos humanos, en contextos profesionales y no profesionales. De dónde se consolida la imagen del psicólogo como mediador entre la producción general de conocimientos pertinentes a la psicología y la estructuración de las representaciones conceptuales, teóricas, empíricas de la Psicología. 

miércoles, 2 de febrero de 2011

Entrevista en la Universidad

UNA UNIVERSIDAD DE IDEAS y DE ESPERANZAS.

Entrevista realizada al Profesor Manuel Calviño por la periodista María del Carmen Ramón Sánchez


Es de madrugada y apenas se puede divisar a lo lejos, pero los rayos de luz que escapan por la ventana de su salita de estudio son una prueba de su presencia. Sus ojos azules casi se cierran, pero el deseo de cumplir con el deber lo mantiene firme.
Hojea las páginas de un libro con gran interés, porque siente que aún a su edad le falta mucho por aprender. Sus cabellos ya no lucen como cuando era miembro del grupo Moncada, ahora son cortos y tienen algunas canas.
Varios años han pasado desde que Manuel Calviño culminó sus estudios en la Universidad de La Habana y saltó incluso al reconocimiento público que implica tener un espacio en uno de los canales principales de la Televisión Nacional.
Hoy posee los merecidos títulos de Profesor Titular, Doctor en Ciencias Psicológicas y Máster en Comunicación y Marketing, pero aun así, se siente como un eterno estudiant

—¿Ingresó usted en una universidad «de viraje»?


—Ingresé en la Universidad de La Habana en el año 1970. Ese fue un año de reconsideración. La Universidad era hiperquinética. La Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) se separaba de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) para enarbolar perfiles propios y mancomunados. Fueron años de reedificar el sentido protagónico del estudiantado alrededor de su federación propia.


«La escuela de Psicología era un hervidero de ideas y proyectos de hacer lo propio, de abrazar conscientemente el pensamiento marxista, para la construcción de una Psicología despegada de los moldes “americanistas”. Más allá y desde la militancia política, se enarbolaba el rendimiento docente, la participación en las acciones estudiantiles y ciudadanas, el crecimiento de la cultura artística y la práctica del deporte. Fueron años con muchos aciertos, pero no sin desaciertos.


«El diversionismo ideológico era la receta aplicada a toda disensión real o presupuesta. Se cometieron arbitrariedades, pero nunca se hizo desde la mala intención, son errores que nos dejan el compromiso de no volver a sus dominios.


«Hacia mediados de los 70 nos lanzamos a los estudios de postgraduación. Teníamos la necesidad de conceptualizar nuestras prácticas y fueron los países socialistas quienes nos abrieron las puertas para dar cauce a este anhelo. Sin saberlo, nos convertimos en la generación del viraje científico y profesional de la universidad».


—Usted fue miembro fundador del grupo Moncada. ¿Qué representó ese grupo para los universitarios de aquella época?


—Moncada fue un acontecimiento muy interesante. Estaba integrado por estudiantes de las facultades de Economía, Pedagogía, Psicología y Artes y Letras. Teníamos intereses similares y decidimos unirnos para hacer un proyecto de trabajo que hoy, a la luz de los años, le llamaría proyecto comunitario con la música. El objetivo era llegar al estudiante universitario, mostrarle otra música, recuperar las raíces y demostrar la juventud de cualquier agrupación artística auténtica. Era un proyecto de comunicación cultural, no de música. Esta era simplemente el medio de expresión de nuestras ideas, convicciones, justificaciones y sueños.


—Usted ha impartido cursos de postgrado y pregrado en diferentes ciudades del mundo. ¿Nunca le propusieron una plaza como profesor permanente?


—No han faltado las invitaciones a formar parte de esas instituciones. Más de una vez me dijeron: «Con su currículo usted aquí tendría todas las puertas abiertas»: Probablemente —respondo siempre—. Pero mi currículo está hecho desde y para mi país, para la gente que me ha dado la posibilidad de construirlo. Soy una persona agradecida y comprometida. No vivo en Cuba por casualidad, sino por decisión y convicción. Y es Cuba, los cubanos, nuestras ansias y anhelos, nuestras frustraciones y vacíos, realizaciones y expectativas, quienes tendrán siempre mi empeño, dedicación y lealtad. Soy cubano y no sé vivir con Cuba en mi maleta, o en mi recuerdo. Solo sé y quiero vivir con ella en mis cinco sentidos, en mis seis sentidos, porque incluyo el de la ética, el compromiso y la convicción.


La Universidad llega a sus 280 años porque hay circulación de ideas en sus aulas, porque hay esperanzas en sus pasillos. Foto: Calixto N. Llanes —¿Qué distingue a la Universidad de La Habana del resto de las universidades del mundo?


—Es una Universidad sincrética, de un perfil heterodoxo, ecléctico, tanto cultural y socialmente, como científica, profesional y paradigmáticamente. Es unidad en la diferencia. Es también una universidad que vive su época por decisión e influencia. No solo se parece a su proyecto de identidad construido, sino también a sus escenarios reales de existencia. Es una universidad dialécticamente contradictoria, en la que lo absurdo convive con lo genuino; el libre albedrío, con la obligación normativa. Llega a sus 280 años porque hay circulación de ideas en sus aulas, porque hay esperanza en sus pasillos, porque hay afirmación y contradicción.


—¿Qué considera que debería cambiarse en la universidad actual?


—La universidad no debe seguir siendo en su funcionalidad una pirámide invertida. En todo caso, hay que enderezarla. La bien construida representatividad, no puede sustituir a la participación. Las estrategias, han de orientar a las tácticas. Pero las tácticas son prerrogativas de los que están directamente implicados en la batalla. Debe dar más paso a las peculiaridades de los diferentes grupos naturales de su yacimiento de ideas y prácticas profesionales y científicas. Hay que hacer prevalecer el discurso de la diversidad en la integración. La universidad debe ganar aún más el rol que le corresponde como artífice, líder, de la producción y el debate de ideas en el país. Tenemos que seguir avanzando en la construcción de una universidad no solo para el asentamiento, sino también para la disensión productiva. Una universidad que no solo sea espejo, sino también acción propia.


—La Revolución ha dado la oportunidad de superarse a jóvenes desvinculados del estudio a través de las sedes universitarias. ¿Qué piensa acerca de esto?


—Ya están en las aulas muchos jóvenes que hasta hace poco tiempo eran desvinculados. Se trata de personas que de alguna manera estaban en condición de exclusión social: no trabajaban, ni estudiaban. Muchos autoexcluidos, y otros excluidos por las disfuncionalidades del sistema, por insuficiencias de las instituciones y por ceguera paradigmática. La exclusión es causa de desintegración e invitación a la reproducción de la malsanidad. Entonces, no hay como no estar de acuerdo, desde la más elemental representación de la justicia social, con una acción de rescate.


—¿Cree que este plan en acción es realmente eficaz?


—La eficacia es una dimensión relativa. Si el propósito es multiplicar el acceso a la cultura, la educación, la formación del espíritu y el alma cubanos, está presupuesta en la propia acción. Podrá lograrse en mayor o menor medida, pero el asunto no es de medidas relativas, sino de justicia social.


«Otro es el tema, si pensamos que el propósito es la formación sólida y productiva de profesionales capaces de ejercer la disciplina profesional a la que una carrera universitaria propende en todas sus dimensiones. Aquí la valoración de la eficacia requiere de una mirada más rigurosa. Justicia y formación profesional son conceptos de realidades prácticas y discursivas distintas. El libre acceso a la formación profesional, la facilitación del camino de llegada, la creación de las condiciones mínimas es el inicio de un camino; pero no es todo el camino. Si no seguimos de cerca la puesta en marcha del proyecto, podemos, al paso del tiempo, haber ganado en justicia pero haber perdido en profesionalidad, lo que al final sentenciará una disminución de la justicia lograda».


—¿Cuál de las generaciones universitarias ha sido para usted la más representativa?


—Mi generación, porque me hizo y la hice. La que me antecedió, porque me dio el sustento espiritual y una alternativa para comenzar. La que me sigue, porque me exige mirar al futuro. Y la que vendrá después, porque arde en mí la necesidad, no como individuo, sino como época, de un epitafio razonablemente fecundo: «Valió la pena».

miércoles, 26 de enero de 2011


ESTAMOS EMBARAZADOS

Eran los días en que por las pantallas de nuestras casas circulaba “Nueve Lunas”, una teleserie argentina escrita por la talentosa Graciela Maglie, y que entre sus protagónicos contaba con Oscar Martínez, galán del verbo y la mesura (“De poeta y de loco”, “Ilusiones”), y la Cecilia Roth, ampliamente conocida en nuestro país, tanto en cine como en televisión. Justo una noche en la que se trataba el tema del aborto me llamó por teléfono una compañera de estudios, de los tiempos del Pre del Vedado, preocupada porque su hijo y la esposa atravesaban por una situación difícil.
“La vida nos ha cambiado mucho… - me dijo el joven arquitecto cuando vino a mi consulta - antes nos pasábamos todo el tiempo en la calle, de fiesta en fiesta, de paseo en paseo. A la casa solo a dormir. Pero desde que ella se embarazó no vamos prácticamente a ninguna parte. Hay mucho aburrimiento entre nosotros. Imagínese, si esto es así ahora, que será cuando ella para”.
Es cierto que la vida cambia para una pareja cuando llega el embarazo. Lo mismo sucede con la llegada de un hijo o una hija. Es cierto que incluso con “equipo de apoyo”, la calle se torna más distante. Pero le hice saber a mi interlocutor que una expresión me llamaba mucho la atención: “desde que ella se embarazó”. ¿A ud. no le llama la atención?
Pensé que quizás el joven “aburrido” tomaba al pie de la letra la definición del Diccionario DRAE del Encarta: “embarazo. m. Impedimento, dificultad, obstáculo. || 2. Estado en que se halla la hembra gestante. || Microsoft® Encarta® 2007. © 1993-2006 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos. Claro, desde esta perspectiva el embarazo es un “estado en que se halla la hembra” (“ella se embarazó”), y de otra un “impedimento” (“no vamos a prácticamente a ninguna parte”). Resultado, en palabras de él mismo: “yo no quiero decir que toda la culpa es de ella, pero…” Recordé precisamente un trabajo de la guionista de “Nueve Lunas” en el que decía: “el sexismo se manifiesta como un ejercicio discriminatorio por el cual se adscriben características psicológicas y formas de comportamiento y se asignan roles sociales fijos a las personas, por el solo hecho de pertenecer a determinado sexo, restringiendo y condicionando de este modo la posibilidad de un desarrollo pleno para todos los sujetos sociales, sean éstos hombres o mujeres”.
En todo caso, mi línea de pensamiento era más primaria: Nadie “se embaraza”. Existe la reproducción humana asistida. Existen la inseminación artificial, la fecundación in Vitro. Esto es una realidad. Tanto como que siempre, siempre, el embarazo es cosa de dos. Puede sencillamente ser un modo de decir, eso que tanto escuchamos de “salió embarazada”, “la embarazaron”, “se embarazó”. En todo caso no es un buen modo de decir. Pero también puede estar indicándonos que necesitamos mirar el asunto un poco más de cerca. El embarazo empieza con dos y termina con tres (al menos). Pero nunca es cosa de uno, ni de una.
“Mirémoslo desde varios puntos” – le comenté a mi interlocutor. Si miramos al embarazo como la fecundación, tenemos cosas muy claras. Puede que la fecundación sea no deseada, no esperada. Se sacaron mal las cuentas. Olvidado quedó el preservativo. El dispositivo intrauterino no se revisaba hacía mucho tiempo. En fin. Pero más allá de ser o no deseado, de ser o no esperado, es cosa de dos. Hay dos actores en la fecundación. “En nuestro caso habíamos acordado tener un hijo… nos gusta la idea de ser padres jóvenes para compartir muchos años con nuestros hijos”. Esto es algo fundamental. Un embarazo deseado es una puerta ancha de entrada al mundo de la felicidad de la pareja y del que vendrá.
“Tomémoslo del lado del periodo en que se produce la gestación de la criatura”. Entonces ahora los actores son tres. Dos se comportan mediados por la voluntad propia, y el otro se comporta, por el momento, sujeto a la voluntad de los dos primeros. Y aquí tenemos que decir que hay muchas cosas que rehacer, cambiar, mejorar.
Con las mejores tradiciones recientes aprendimos que “hay que cuidar a la embarazada”. Los cuidados de su alimentación, de su descanso. El estado físico y mental de la gestante puede tener una u otra valencia en dependencia de lo que haga o deje de hacer su compañero. Pero todavía en esta tradición se prioriza sobre todo el cuidado que la propia gestante debe tener de su estado.
El gran cambio, el gran reto, viene de entender dos cosas fundamentales. La primera que ya desde el periodo de gestación el nuevo miembro de la familia requiere de cuidados. Muchos de ellos le llegan por la vía del cuidado del estado materno. Pero aún hay más. El desarrollo sensorial del futuro neonato depende no solo de estimulaciones internas (dentro del hotel todo incluido en el que vive), sino con mucho de estimulaciones externas. Cuando el padre acaricia la pared de la “piscina amniótica” acaricia también al pequeño. Cuando este patea las paredes internas y alguna que otra vez más allá de la pared está la mano paterna, se está favoreciendo el desarrollo sensorial táctil.
La voz. Un gran aliado del desarrollo prenatal. Tengo una anécdota especial con el más pequeño de mis hijos, Manuel Ernesto. Durante todo el embarazo yo le hablaba mucho. No faltaron los que se reían cuando me atrapaban en mi “dialogo con la barriga materna”. Cuando el pequeño nació yo no estaba a su lado. Inconvenientes migratorios. Pero cuando unos días después aparecí y le hablé, el nuevo calviñito me miraba con los ojos abiertos, concentradamente, como quien dice “caramba, esa voz me es muy conocida”. Hay que asumir, en el escenario específico, la invitación cinematográfica de Almodóvar: “hable con ella”, con él, con los dos. Conversen.

Por otra parte en ese periodo de tiempo que reconocemos como “el embarazo” hay que empezar a escribir el nuevo guión de vida. Hay que empezar a montar el escenario en el que se quiere realizar ese guión. Y todo esto significa que la pareja comienza a construir una nueva dimensión de su relación. Todo lo que conocemos como la determinación de un nombre, las compras de pañales, ropitas, todo eso y mucho más son las formas no conscientes del advenimiento relacional. Si lo tomamos en nuestras manos en toda su dimensión, será no solo más placentero, sino más productivo de cara al futuro de la familia.
La responsabilidad conjunta en la concepción, el embarazo y el parto es una asignatura todavía pendiente en muchas parejas: ella deja de fumar, él no; ella cambia sus hábitos de descanso, él no; ella va al médico y se preocupa por el estado de la criatura, él no. El camino es otro: “Uno para todos. Todos para uno”. El embarazo de conjunto favorece la salud de la relación y la del que viene en camino. La pareja no se desdibuja en el embarazo. Muy por el contrario, crece. Se perfila en nuevas dimensiones. Se ensancha. Se profundiza.
A esta altura le pregunte a aquél a quien estaba convenciendo de ser también arquitecto de su futuro como padre, del futuro de su familia: “Honestamente ¿crees que es como para aburrirse?”
Lo cierto es que aquél joven salió de mi consulta un poco asustado, pero muy complacido y convencido. Con la cabeza llena de ideas para hacer y el corazón repleto de deseos de hacerlo. Y cuando me asomé a la puerta de mi despacho para pedir a mi próximo paciente que pasara lo escuché conversando con alguien que le preguntó por la esposa, y mi discípulo temporal le respondió: “¿Pero tú no sabes que estamos embarazados?”

sábado, 13 de noviembre de 2010


"De la Cenicienta sumisa a la neurótica.
La perversa evitable"
Prof. Manuel Calviño




Capítulo I


Había una vez una joven hacendosa que se pasaba el día hac(i)endo cosas en la cocina. Tanto que su vestido humilde, sencillo, estaba siempre manchado de hollín y ceni-za. Por eso le llamaban “Ceniz-cienta”. Si hubiera vivido en estos tiempos le llamarían “Aceitenienta” o “Inventanienta” (esto último en las mejores tradiciones de la inventiva culinaria de la mujer cubana formada en el espíritu de Nitza Villapol). Cenicienta desde muy temprana edad había perdido a su madre. Su padre después de enviudar se volvió a casar poniendo a Cenicienta en manos de una madrastra muy mala (como todas las madrastras de los cuentos, que solo son igualadas en maldad por los reyes, y los jefes en los cuentos que hacen los subordinados). La malastra, como sería más adecuado llamarle, tenía dos hijas. Peores aún que la misma malastra. Explotaban a Cenicienta exigiéndole aceptar sumisamente todas las tareas domésticas: cocinar, fregar, lavar, tender, planchar, recoger los cuartos, tender las camas, barrer, baldear, dar de comer a los animales (estos últimos por suerte aprendieron a hablar y lograron buenas relaciones interpersonales con la oprimida joven). Cenicienta era “la vilipendiada”. Pero, a pesar de la opinión de los psiquiatras de la época, sin ser un trastorno bipolar, ni una masoquista empedernida, Cenicienta…. Era feliz! Ella sabía que era “su-misión”. Cantaba todo el día mientras trabajaba como esclava, sonreía complaciente ante la maledicencia de su “medias hermanas”. Y más aún, en las escasas horas en que dormía, y en una semivigilia controlada, Cenicienta soñaba. Soñaba con un príncipe que la amara. De tan humilde que era nunca pidió nada. Pero una noche, inesperadamente, su hada madrina le hizo el mejor regalo que puede tener una joven buena y hermosa: le regaló una oportunidad. Y gracias a un zapato de “cristal fundido con hierro” Cenicienta encontró a su principe, con quien se casó y…. siguió siendo feliz.

Capítulo II

En su nueva vida de casada Cenicienta siguió siendo feliz… al menos al inicio. Todo era mejora. De madrastra mala a Principe bonito. De sirvienta a ama de casa… ama de Palacio. La permuta de una barbacoa modelo “desván” a un Palacio Real era indiscutiblemente ventajosa. Cómo no iba a ser feliz. Pero algo le causaba cierta intranquilidad: “¿cómo se es princesa? ¿qué tengo que hacer?”, se preguntaba la joven. Ella sabía ser “sirvienta”, su malastra se lo había explicado y exigido. Pero y las princesas ¿cómo se comportan?. “Se acabaron los ratones en la casa.. ni las princesas, ni las mujeres casadas hablan con animales…mucho menos con lobos feroces. Mira lo que le paso a Caperucita” fue una de las primeras definiciones del Principe consorte. “Además, no quiero sentirte más con olor a cebolla, eso es perfume barato (en aquella época, ahora es casi tan costosa como el Paco Rabane)…Las princesas huelen bien…Aquí, además, no tienes que trabajar... el trabajo es cosa de pobres. En Palacio no te faltará nada. Para dártelo todo estoy yo aquí” Cenicienta podía seguir siendo feliz. Cambiaron su escenario. Cambiaron sus acompañantes. Pero ella seguía invariablemente con “su-misión”. “No hay mucha diferencia entre ser sirvienta o ser princesa… se trata siempre de hacer lo que te manden” - concluyó la agraciada. Y con esto su relativa intranquilidad inicial desapareció.
Fue así durante muchos años. Hasta que un día, la misma hada madrina que una vez sin que ella lo pidiera le dio una oportunidad, se le apareció y le preguntó: “¿Estás satisfecha con tu vida?” “Sí” le contestó sin dudarlo la Princesa Asunción- nuevo nombre que habían dado a la que otrora fuera Cenicienta. “¿Pero no te das cuenta que tu vida está vacía?” pregunto el Hada, que a pesar de sus años se había impregnado de las nuevas corrientes de pensamiento. “¿Acaso no te das cuenta que no eres libre? Eres una marioneta de los intereses y deseos de tu dominante marido. ¿No crees que deberías poder tener tu propio sustento económico, ser Princesa no por consorte sino por méritos, estudiar, trabajar, ser un ser social activo, consciente, responsable, comprometido?” Aquellas palabras calaban hondo en la mente de Asunción (Cenicienta). “Únete a nosotras. Somos el grupo FUNDIDAS (Frente Unido de Insatisfechas Decididas a Superarse). Basta de explotación. Basta de encerramientos domésticos. Queremos ser como los hombres”. Por alguna razón desconocida, aquella sentencia de ser como los hombres puso en alerta y cautela a nuestra princesa. “No me respondas ahora. Piénsalo” terminó diciendo la propietaria original de la “varita mágica” de Harry Potter. Para Asunción, antes Cenicienta, que tenía su vida bien asumida, comenzó allí un proceso de modificación que desembocaría en la conversión de su-misión en neurosis.

Capítulo III

La vida sexual de Cenicienta distaba mucho de lo que había leído en algunos libritos que de manera profusa circulaban entre las jóvenes aristocráticas. En particular las narraciones de un tal Marqués de Sade parecían como cosas imposibles. A uno de los pajaritos amigos de ella le había escuchado decir que el Príncipe era “gay”. Pero no entendía que tenía que ver con su total ausencia de sexo. En todo caso era mejor “Si además de ser la esposa del príncipe tengo que ser su mujer y quien sabe si mañana madre de sus hijos… creo que me volvería loca… Es mucho para un solo corazón” pensaba la agraciada joven. Efectivamente los pajaritos eran solo pajaritos. Los ratoncitos solo ratoncitos. Y ella tenía que ser Princesa y esposa. “Menos mal que no tengo que ser ni mujer ni madre”. Sin embargo, percibía que en ocasiones como una picazón la estremecía. Como si quisiera algo, pero no sabía qué. A lo lejos se escuchaba una insoportable música de plebeyos y gente baja: “negra, mulata. Si quieres coco ven y súbete a la mata”. Ella prefería las trovadorescas coplas de un moro de Milán – Paolo el Milanés – que decía: “Muchas veces te dije que antes de hacerlo había que pensarlo muy bien”. Cenicienta Asunción, seguía pensando en la propuesta del Hada Madrina: ingresar en la ONG “FUNDIDAS”. “Quizás sería interesante ser Alquimista… fundar un Polo científico y desacreditar a las parlanchinas brujas… pero para eso tengo que estudiar. Luego tendré que tener un laboratorio y todo eso presupone trabajar”
“Vade Retro Satanás!!” Grito el príncipe, cambiando la S por Z, cuando su esposa le habló del proyecto. Bastaba, según él, estar en Palacio y mantener “su-misión”. “Mis primastras después de la decepción por no casarse contigo lo hicieron y les va muy bien”. “Es distinto – argumentó el Príncipe – ellas no tienen esposo, y además son feas. Las mujeres feas son las que se dedican a la Ciencia, a trabajar” Los argumentos eran a todas luces inconsistentes, pero “el que puede puede”, lo que quiere decir que el asunto no es tener la razón, sino el poder. Y el poder estaba en manos del principe (sustituto funcional de la malastra, representante anticipado del jefe). Cenicienta se molestó mucho. El “síndrome de la fruta prohibida” se estaba adueñando de la joven. “Lo haré. Cueste lo que me cueste”

Capítulo IV

Cenicienta estaba cansada de la vida que llevaba. “Convivir con los suegros es terrible aún cuando tengas un Palacio” escribió en su diario. De modo que el divorcio era no solo inminente, sino justificado. “Incompatibilidad de caracteres” acordó con el príncipe, a quien días antes había sorprendido con un mancebo en su alcoba… “No es lo que tú piensas… es que estoy filmando una telenovela que se llamará “Talco en los glúteos” y acá el joven me está ayudando”.
Cenicienta volvió a su choza con una pensión decorosa (50 pesos MN). Le alcanzaba para la canasta básica… obviamente para la canasta, vacía). Se reincorporó a sus labores habituales, pero además se puso a estudiar y luego de unos meses comenzó a trabajar como “invetigadora emergente”. Se produjo en su vida un cambio esencial. Como todo, para bien y para mal.
Ahora se sentía liberada de la “esclavitud de palacio”, ahora era un sujeto socialmente activo. Pero no tenía marido. Los hombres le tenían o miedo o desconfianza. No tenía hijos, pero sus sobrinos, hijos de las feas primas la hacían presuponer con claridad asombrosa lo que pasaría si además fuera madre.
“¿Cómo se puede ser tía, sirvienta, investigadora, mujer deseante, y miembro de una ONG?.... creo que tendré que ingresar en la AJC (Asociación de jóvenes en conflicto)”.
Efectivamente estaba en problemas: Ahora tenía cuando menos dos jornadas laborales, dos jefes, deseos insatisfechos propios y ajenos. En cada ámbito y cada jefe le exigía por hacer lo que tenía que hacer. Pero al final la evaluación era “Insatisfactorio”. Probó con “su-misión”, pero… “¿su-misión en la casa o su-misión en el laboratorio…. That is the question?” se preguntaba una y otra vez. Cumplir su-misión en uno le impedía cumplirla en la otra. “Hay tiempo para todo” decían sus primas. “Ustedes no leyeron la “Consagración de la Primavera…” y no hay video pirata. Así que en todo caso saben de primavera, pero de Consagración no!!!”
La situación se tornaba insostenible. Pero apareció su Hada Madrina. “Te lo dije… Únete a nosotras. Tienes que darle un enfoque de género a tu vida. Te hacen todo eso porque eres mujer…. Te quieren sumisa. Pero niégate”.
“Quiero pero no puedo, puedo pero no quiero, hay pero no me toca, me toca pero no hay… Mi Yo-casa, Mi yo-trabajo, Mi yo-yo… soy tres, como Eva, Eva Black and Eva White (The three faces of Eva)… son tres!...tres! Eureka! lo que tengo es “estrés”!!!! Cenicienta se había acercado a la verdad. Pero no precisamente estrés era su dolencia. Su dolencia se llama Neurosis.

Capitulo V

Cenicienta estaba convencida. No podía seguir así. Tenía que dar un enfoque adecuado a su vida, un enfoque de género. Una noche en su antigua habitación barbacoa modelo “desván”, Cenicienta imploro a su Hada Madrina: “Por favor, ayúdame, ayúdame. Haz conmigo lo que haya que hacer”. El Hada Madrina aprovechando un apagón no programado realizó “el milagro”.

Con unos pases de varita mágica en la cabeza de Cenicienta, en un sencillo acto de travestismo, la convirtió en hombre. “Ahora sí todos mis problemas quedarán resueltos… no tendré que ser sirvienta en casa, me considerarán más capaz en el trabajo, no tendré que ser madre, no tendré que cocinar, fregar, planchar… Urra!!!!” Y dicho esto, y en honor a su padre, quien había trabajado en un prestigioso centro de Investigaciones científicas, CNIC, se autonombró “Cenic-ciento”.
A pesar de estar aprobada la resolución para la “reasignación sexual” y la inoculación de andrógenos y otras yerbas, solo optó por cambios “externos”. Y así volvió al trabajo. Pero…Nada cambió.
Ahora era exigido como hijo varón único en su casa, como investigador en el centro, como militante en su núcleo, y aún más las mujeres lo miraban insinuantes y si no respondía sería acusado de “marica”. De modo que muy pronto se dio cuenta que la solución que había ensayado no era buena. La decepción de CNICciento (alias Cenicienta la transvestida) lo llevó a una profunda disquisición filosófica. “El asunto no es de genero, el genero viene a agregar más daño al problema… pero lo esencial es otra cosa” Ahora seguía con exigencias múltiples. Su intento neurótico por cumplir con todo la/lo llevaba a no cumplir del todo con nada. Se fue a la consulta del Psicólogo de la familia, y este le dio una explicación bien científica, pero poco útil.
Un día se encontró con quien había sido el “probador del zapato de hierro” y desgarradamente le contó la historia. El antiguo heraldo del Palacio, hoy convertido en encargado de edificio múltiple, le comentó: “A mí mis hijos me exigen y dicen que no estoy a la altura. Mi jefe, más de lo mismo. Mi esposa que si ya no la quiero como antes. Mis amigos que soy un falso. Y todavía hay quien quiere que le busque el zapato y se lo pruebe para mejorar su suerte”.

Epílogo I (aleRtador)

“Sabes que, me da igual. Haz lo que quieras… bótame, sancioname, tráeme a la policía”. Nadie podía creer que una exprincesa, hija de un investigador del CNIC, apadrinada por una madrina poderosa, transexuada por obra y gracia de la Ciencia….y la tolerancia, se comportara de esa forma. “Hace poco lo vi en una honda rara… estaba “enyerbado”, o quien sabe si era “carga pesada” – comentó una vecina del SDRI (Servicio de recirculación informativa) que tampoco se explicaba que bicho había picado a Cenicienta. El Psicólogo diagnosticó: “Es una perversión. Cenicienta padece de una perversión sociopática… no acepta normas, las transgrede por principio. No encuentra placer más que en la negativa, hacer todo lo que no se debe ni es bueno hacer. La perversión es el grito de guerra de un estado de desesperación” El perro amigo de su infancia, que ya estaba completamente sordo, era su único confidente: “Me estrujaron demasiado… todo les parecía poco. Eso sin contar que nunca se adaptaron a mi cambio de identidad… me pedían una cosa por aquí y otra por allá… y yo explicándoles que la semana no tiene más de siete días…. Oye es que caes en la trampa de tratar de ser estrella en todo, y después… por dónde menos te lo imaginas empieza a romperse la soga. Hasta que llega un día en que dices: me da lo mismo. No estoy ni ahí”. El Departamento de Recl®usos humanos tomó cuenta en el asunto. Lo único que la asombró era el parecido que tenía el jefe del departamento con Torcquemada, el maléfico líder de la Inquisición. La sancionaron. Le pusieron una nota en el expediente. Le quitaron el derecho a jaba y al estimulo. Le pidieron expulsión. Unos días después se le vio preguntando cómo era eso del “bombo”.
En sumisión fue feliz, pero falsamente feliz. Por eso se rebeló, aunque pagó su costo. Se empeñó entonces en afrontar y vencer todas las dificultades “todo es posible”- pero al final la neurosis no tardó en hacer de las suyas. El estrés la acorraló. Nunca comprendió que hay algo peor que la sumisión, la neurosis, el estrés: lo peor es la indiferencia.
Pero ¿alguien la ayudó a comprenderlo? ¿No fue acaso llevada hasta allí? ¿Es que acaso los comportamietos humanos no son el resultado de las condiciones reales de vida?. El sabio perro, en una entrevista que le hicieron para el NTV, sentenció: “No podemos olvidar que la gente piensa como vive”

Epílogo II (aleNtador)

Todos se reunieron creando un ambiente propicio para la honestidad, la expresión libre de pensamientos e ideas. Tenían la posibilidad y querían construir el destino no solo de la Cenicienta, sino el de todos. Cenicienta, CNICciento, Asunción, como quiera llamársele no era más que una historia entre muchas similares. ¿Podían permitirse que para ser un buen trabajador hubiera que ser un mal padre, o una mala madre, o sencillamente no serlo? ¿Era justo y prospectivamente constructivo que la voluntad de un jefe o de una normativa, subsumiera la voluntad de todos hasta el paroxismo del antagonismo irreconciliable? ¿Eran los roles más importantes que las personas? Fueron estas y otras las cuestiones que analizaron como compañeros, como amigos, comprometidos y empeñados en el bienestar y la felicidad. “No puede haber felicidad al final de un camino infeliz”- sentenció Cenicienta. Y más adelante enarboló más que una consigna, una decisión profundamente sentida: “No a la sumisión. No a la neurosis. No a la perversión”. Todos se abrazaron y se distribuyeron las acciones a realizar. Se tendrá que “cambiar todo lo que tenga que ser cambiado”. Era de noche y en la televisión alguien decía: “La nuestra, es una alternativa distinta a la sociedad que promueve el egoísmo, la avaricia, lo superfluo y la irresponsabilidad…” Cenicienta sentía reflejadas sus ansias. “El camino no será fácil – pensó – pero Vale la pena”.