Aquí estamos!
“El ejercicio del recuerdo tiene un carácter ideomotor”, le escuché decir a Leontiev en mis días de frío, vodka, y corpulentas “dievushkas” (sin abandonar el legítimo acto de hacer patria: “consumir productos cubanos”). Es “cuerpo y mente”, razón y emoción. Como no ha de ser así, como la vida misma. Por eso “recordar es volver a vivir”. No se puede entender el recuerdo desde lo cierto o lo falso. El recuerdo es una verdad ineludible, inevitable. “Ver-dad”: cualidad de ver. Ver más alla de lo dado. Ver más allá del tiempo. Ver con todo: ver desde el presente con la historia y la esperanza de mañana.
Así, el sábado 20 de Junio de este complejo 2009, nos volvimos a “ver” otra vez, los que entramos en
En mi “Oda a mi generación” (http://psicointeractuantes.blogspot.com/) intenté salvar una deuda histórica y, quien sabe si en un exceso de pretensión, favorecer la indulgencia de los que mañana nos miren. Nunca se puede olvidar que somos siempre nosotros y nuestras circunstancias. Pero, este sábado, en el centro del Vedado, se trataba solamente de encontrarnos.
Llegamos muchos. Nos recibimos los unos a los otros con mucho cariño. No faltaron las expresiones, que sin un ápice de mala intención, marcaron los derroteros implacables de la transformación: “pero que gorda estas..!”, “la verdad que no te reconocí. Es que estas tan cambiado…” Las alucinaciones también encontraron su espacio: “estas igualito!” (vaya destrozado que estaba entonces, hace casi cuarenta años). Sucede también “¿Y esa quién es?” porque en el recuerdo y en el olvido se reinstituyen las distancias inevitables en las relaciones del pasado, los grupos de cercanía y los de no inclusión. Yo soy adepto a la tesis de la “nebulosa” cuando de recuerdo se trata. Pancho Céspedes, el Cigala, pero sobre todo Bola lo cantaba con ese su peculiar modo de decir con música: “ser en tu vida lo mejor de la neblina del ayer, cuando me llegues a olvidar, como es mejor el verso aquél que no podemos recordar”. Hay, pero no me toca.
Inevitablemente contamos a los que ahora solo viven en el recuerdo. Gente buena. Gente joven. Pero la vida no les regaló el enorme privilegio de los años. Se fueron temprano. Allí en nuestras conversaciones de esa tarde podían perfectamente ser “espectros disfrutantes” de la velada vespertina. Contamos también a otros que no están, pero que por suerte siguen allá, donde estén, no importa, vivos. Y son parte no solo de esta historia, sino también del presente, porque todos y cada uno de nosotros llevamos una marca imborrable de todo lo que vivimos entre 1970 y 1974 en San Rafael 1168 casi esquina Mazón.
Si alguien duda de la legitimidad del concepto de “Personalidad” como eso que siempre, o casi siempre, o con mucha frecuencia somos (esto no es un artículo científico, no hay exigencias metodológicas) debía haberse asomado ese sábado anterior al “Día de los padres”, y las evidencias de que siendo distintos seguimos siendo los mismos lo hubieran hasta abrumado. He optado, por esta vez, por no decir nombres (para no dar espacio a la lipidia). Pero que cosa, cada cuál hizo lo que siempre hizo. Gestos, palabras, caras, chistes, actitudes, todo como en un “remake” auspiciado por “la buena energía”. Y también, no lo dudo, favorecido por una “marcha atrás” que, sin tener la máquina del tiempo de Julio Verne, entra en movimiento cuando se accionan las palancas del reencuentro.
Fue una tarde hermosa, agradable, sencilla. Fue un acto de reconsideración. Un estímulo de alegría. Asumir con Neruda que “solamente he vivido”, y repetir con Silvio que “me muero como viví”. Pero intentar detener el pasado es “contra natura”. Todo día tiene una noche. Inicio y fin. Nuestro sábado de añoranza y recuento pasó. No pasará lo que nos convocó y nos acercó a la felicidad de hoy.
Quedarán algunas fotos que fueron tomadas con premura y a despecho de los que luego no querrán enfrentarse al paso del tiempo por su rostro (y no solo por el rostro). Por suerte son los menos. Casi ninguno. Porque el “Photoshop” no se puede instalar en el espejo de la casa y uno, mal que bien, se tiene que ir conformando (que no resignando) a una cierta visión de “patrimonio de la humanidad”, esa que da valor a lo viejo.
Pero las fotos solo a medias atrapan lo esencial, eso “que solo es visible al corazón”, ese cariño que, liberado de las trabas de la época que nos tocó (y disfrutamos) vivir, flotaba en el caluroso salón de “El Potín”. Cuando mostremos a alguien las imágenes capturadas por el ingenio de la digitalización probablemente no se percatará del ir y venir de los sentimientos tranquilos pero intensos, esos que llegan a hacer arder de nuevo al corazón, porque dicho con Pushkin “el corazón siempre vuelve a arder, porque no arder es algo que no sabe”. Detrás de cada beso, en cada abrazo, en cada encuentro de los cuerpos que se justificó con “vamos a retratarnos”, o con el simple regocijo de un comentario de antaño, vibró lo mejor de tantos años juntos.
Si al fin y al cabo, como dijo Gardel “veinte años no son nada”, entonces hicimos nuestra fiesta de quince. “De aro balde y paleta”: un aro que encierra recuerdos como para que no se escapen; un balde para llevar y traer al mañana lo que es de ayer y de hoy; una paleta para seguir moviendo tierra, para seguir abriendo caminos, para seguir construyendo castillos (de sueños, de esperanza, de amor). Y nos quedamos con el compromiso guardado de volvernos a encontrar. Creo que sobre todo para decirnos, como sobrevivientes orgullosos de una larga batalla inacaba que se llama vivir, “Aquí estamos!”
No hay comentarios:
Publicar un comentario