"Psicología e invisibilidad.
El no “extraño” caso de los públicos y las audiencias invisibles”.
Intervención en
Prof. Manuel Calviño
Desde que Ricardo Arjona encontró “pingüinos en la cama” y lo declaró musicalmente, me siento menos avergonzado de reconocerme en ciertas situaciones como “pescado en tarima”. Es auténticamente mi sentir en un escenario como este y con un público visible y visibilizado como el que tengo delante de mi. Silvio cuenta (en realidad canta) que un obrero lo vio y le llamó artista, y al hacerlo noblemente lo “sumó a su estatura” (Llover sobre mojado). Si alguna vez alguien me llamó artista, por ser “el que sale por la televisión” lo único que logró es “sumarme doblemente mi anchura” (“ay, pero que gordo es…”). No me siento (no tengo identidad) de artista. Soy psicólogo en todos los escenarios (obviamente públicos) en los que me encuentro. Entonces para “entarimarme” un poco pido licencia y clemencia para ser ni más ni menos que psicólogo.
Vengo cargado de una representación que puede convocar alguna nota discordante (hasta desafinada) en mi intervención. Nunca antes he estado en un “Caracol”. No tengo predestinada la adecuación para orientar mi intervención en lo que me nominalizaron y reconozco como un “evento teórico”. En estos tiempos de tanto pragmatismo necesario la disquisición teórica es, además de un privilegio, una suerte de ejercicio que puede ayudarnos mucho a ejercitar músculos semiatrofiados por los tiempos en que el espectro de Santo Tomás de Aquino intentaba adueñarse de la colina de San Lázaro y L. “Todo tiene su momento” creo que le escuché decir a Sinoé el egipcio. Con Kurt Lewin descubrí que “no hay nada más práctico que una buena teoría”.
Haciendo mío el rito del “malabarismo conceptual” (tan común en los círculos académicos como extraño en los cotidianos – el primero se cuestiona si al pan pan y al vino vino, allí dónde el otro emulsiona una síntesis imperativa: “el pan vino”) pregunté a Mayra, a quien debo la gentil invitación que me tiene aquí, si la diferencia nominativa de “público” y “audiencia”, en la convocatoria de esta mesa, se hacía depender de las peculiaridades sensoriales comprometidas, o de la actualidad – potencialidad del “target”. Incluso pensé que podría referirse al diferencial actitudinal en el continuo “activo-pasivo”. La respuesta de mi querida amiga, con quien he compartido divertidos correos intertextuales, me tranquilizó. Me regaló “la libertad de las mareas” (al decir de Amaury): “el abordaje piratesco -¡viva la libertad!- me parece genial”. Es más, interpelándome una frase de Barthes me sugirió no solo “denotar”, sino también “connotar”. Esto me parece mucho más inteligente, necesario y productivo que “detonar”, para lo cual no deberíamos esperar por convocatorias especiales como esta.
No mucho menos dubitativo se me antojaba el término invisible. Hay una cierta gramática al uso para la que “in” es “no” y “ble” la terminación que sanciona la trascendencia valorativa definitiva del carácter del sujeto operativo de la palabra. Traduzco: “in-soporta-ble”= no se puede soportar. “in-paga-ble” = que no hay quien lo pague (como el aguacate, el tomate, ocasionalmente el mango en el mercado de 19 y A). Siendo así, reconozco que las audiencias visibles llaman de “invisible” a, por ejemplo, un programa de televisión de pésimas cualidades formales, funcionales y motivacionales. “in-visi-ble” = que no hay quien “se lo dispare”. Quizás sería mejor decir “in-ver-sible” y así sobredenotaría mejor la connotación básica: “inservible”.
Pero “invisible” parece ser sobre todo “lo que no se ve”. “Lo que no se ve”. Afirmación que contiene dos experiencias instituyentes: la primera “hay algo”, algo existe. La segunda “pero no se ve”, ese algo que existe no se ve. Si no hay algo, no hay condición de invisible.
Recuerdo hace algunos años cuando algunos “comunicólogistas” enfatizaban proféticamente el vínculo de
No estaría de más decir que existe un “no se ve” que está inscrito en las particularidades mismas de los “aparatos de la visión” (si alguien duda de que la visión tiene más de un aparato puede acceder gratuitamente a http://www.elprincipito.com – “He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos”). El daltonismo existe. También la debilidad visual y la ceguera. Es larga la lista de los determinantes anátomo-funcionales, estructurales del “no se ve”. Pero, debo confesar, como simple anticipo de uno de los lugares a los que iré a parar, que me adhiero a la conocida sentencia confirmativa de que “no hay peor ciego que quien no quiere ver”.
Los que estudiamos las leyes de la percepción primero con la “Gestalt” (Köhler, Koffka), más tarde con los experimentalistas comportamentales (Gibson, Morgan) y luego, como era de esperar, con los psicólogos soviéticos de la “percepción como actividad” (Guipenrraiter, Leontiev), sabemos que las razones del “no se ve” o “cuesta trabajo verlo” son variadas: los psicólogos reconocemos la influencia del contexto en el que el “estimulo” se presenta (efecto camuflaje), la dominancia relacional (figura y fondo), efectos de halo. Reconocemos las alucinaciones escotómicas (no es solo ver lo que no es, sino también no ver lo que es), los efectos postraumáticos de ciertos sucesos, los procesos de inhibición de huellas, los estados alterados. Más aún psicodinámicamente identificamos la represión, los mecanismos defensivos en general, la apercepción, las normopatías. En fin, tenemos una “biblioteca psicológica” para explicar porque algo no se ve. Incluida la audiencia, el público.
Entonces, dicho lapidariamente, en la tradición “científica” de
Y, para que no se interprete mi afirmación precisamente como “alucinante”, hago una aclaración. Hablo de todo aquello que pertenece al mundo de lo “real-objetivo”. Con Lacan, y desde antes, con Kant, distinguimos “lo real” y “la realidad” en las dimensiones de la experiencia humana. Nosotros percibimos “la realidad”, y la realidad es una construcción subjetiva emergente de la confluencia de lo sensorial y lo experiencial (histórico, cultural). Es subjetividad. “Lo real” trasciende la realidad, la incorpora como “otro”, como intersubjetividad, es un espacio de penetración infinito con el que interactuamos por medio de su “construcción hipotética”, la realidad, y que se corrobora en la praxis (contextual e histórica – recordemos las Tesis sobre Fuerbach de Marx). “No hay de que asustarse, - digo usualmente a mis alumnos – el universo es real e infinito. Penetraremos cada vez más en su conocimiento, pero no dejará de ser ni real, ni infinito”. Así la realidad subjetiva deviene real e infinita, como el espacio de la que emerge: lo real.
Entonces, cuando hablo de lo invisible como “lo que es” pero “no es visible” tengo un recurso lógico argumental para entender tal situación. O bien el asunto es un déficit en “los instrumentos” que permiten hacer visible lo invisible. Y entonces el asunto es del orden de lo metodológico. O bien se trata de un déficit en la pertinencia misma de la visibilidad. Entonces el asunto es del orden de lo epistemológico. Dicho de otro modo o no lo veo porque no tengo cómo verlo. O no lo veo porque su visibilidad no está presupuesta en mi paradigma de referencia.
¿Pero cómo puede el orden de lo metodológico hacer invisible un objeto (sea la audiencia, o el público)?. En los mismos altares convencionales de las construcciones metodológicas está la respuesta. La lógica, aún hoy dominantemente racionalista tiene un canon perverso (en realidad más de uno): “lo que “es” para una praxis científica, es solamente lo que sea traducible operativamente, instrumentalmente. El método interpuesto construyendo lo que estudia. No responde al objeto del conocimiento, – “Nada es tan malo como para que no pueda empeorar – Murphy”: lo construye. La metodología “crea” el objeto de su conocimiento y lo sacraliza como real y testimonialmente único.
En este sentido se legitima las tesis de Ang (1991): Lo que es la "audiencia" se define desde las necesidades de la industria y de la investigación. Es una construcción funcional y no un objeto de estudio que pueda aprehenderse. “Es exactamente esta asunción la que inadvertidamente se da por descontada y se reproduce en la mayor parte de las investigaciones académicas de audiencias" (Ang, 1991: 11). La audiencia deja de ser una realidad ontológica para tramitarse como “objeto discursivo”. A la audiencia la hace el discurso. No importa si desde Kant sabemos que una definición no implica la existencia de algo ("Crítica de
Estamos, contextualizando psicológicamente, ante la lógica de Thomas “si el hombre define situaciones como reales, ellas son reales en sus consecuencias”. Es el sustento de la “brujería”, de “la histeria” y quién sabe si de
Para “convencer(ce)” se acude casi hasta el paroxismo al esotérico mundo de los números. Su aliado: la estadística. Porcentajes, medias, medianas, covarianzas, factores, en fin “éramos poco y parió la gata”. Como si no supiéramos que cualquier estadística bien torturada acaba por darnos la confesión que queremos. “La audiencia” invisible tras una cortina de números. Un intermediario “oportunista” nos dice traducir la voz en dato, la opinión en cifras, el deseo en “chek marks”: las encuestas. Por cierto la medición de “audiencias” vía encuestas es hoy como el antecedente prehistórico del problema. Ahora se sofistican los procedimientos. Ahora tenemos “Real Time” un “people meter” individual que en muy pocas horas nos regala los más sofisticados “shares”. Sigue en pie y se incrementa la dictadura del “share”. Para nosotros no se trata tanto del “share” cuanto de las “tesis” que lo anteceden y respondiendo a Mocedades “lo toman o lo dejan”. La primacía metodológica instrumental del “cómo” al final queda en manos del “quién”. Y no precisamente “quien habla”, sino “quien decide”. Esto es también otro orden de lo metodológico. Si establecer un “síntoma” de lo dicho tomaría como rehén a “los índices de audiencia”.
Insisto en que ando tras una aventura conceptual, lo que considero no “la ejecutoria de la realidad”, sino la prospección de lo posible. A los que además de pensar hacemos frecuentemente se nos intenta vulnerabilizar (digo como expectativa del atacante) con la distancia entre lo que “decimos” y lo que “hacemos”. Si el pensamiento no se adelanta a la acción estaremos condenados al mismo lugar. Nuestro hacer habla de nuestras realidades y posibilidades. Nuestro pensar de nuestras ansias y sueños. Toda teorización es onírica.
Los índices de audiencia realizan el intento de representar a la audiencia por sus características más simples (usualmente el nivel escolar, la edad, la zona de residencia, etc.). La audiencia se define por el subconjunto de los encuestados que, además de ser encuestados y de responder, cumplen con la condición de “impacto” (vio, escuchó, leyó, etc.) La propia noción de “impactado” llama la atención: impactado es el objeto del impacto. El encuestado, por necesidades de la investigación (premura, cordura y mesura) responde a lo que se le pregunta. Entonces se gestan los datos: cuantos ven y cuantos no ven; que ven y que no ven. Las “mediciones” hablan acerca de lo que se les pide que hablen. Al final se descubre el sentido del “interrogatorio”: provocar una reacción bajo control.
Pero desde que el paradigma behaviorista se descubrió como inoperante sabemos que la “reacción” bajo control habla más del estimulo que del respondiente. La audiencia existe como su expresión en el método y esta expresión, en el mejor de los casos, solo contiene la parte (mayor o menor, no se sabe) que en su “particularidad” coincide con la “particularidad” del método. Efecto doblemente marcado por el hecho de asistir dominantemente a los dominios de las metodologías cuantitativas. Como decía antes, el valor del número en primacía por sobre el valor de la demanda.
Salvando las enormes diferencia, y con profundo respeto a lo que hacemos en el accionar cotidiano, a veces todo esto me evoca un recuerdo “infantil”: Chorizo dice a Choricito que su caballo sabe leer. Ante la expresión de incredulidad del “petit clown” Chorizo despliega un periódico delante de los ojos del cuadrúpedo. Este, con expresión más inteligente que la de su amo mueve la cabeza, como siguiendo en disciplinada lectura lo escrito en la prensa. Entonces el amo orgulloso exclama: “No te dije Choricito que el caballo sabe leer”. Indignado por lo que a todas luces es un embuste Choricito decide ir en busca de una “experiencia crucial”- “Oye, Chorizo, pero dile que me diga lo que está leyendo para saber si es cierto” – a lo que el viejo payaso, que sabe más por payaso que por viejo, dice: “Un momento, Choricito, yo te dije que mi caballo sabía leer. No que sabía hablar”.
El método parece dejarnos leer sobre la audiencia, pero no la deja hablar. La descubre a su manera. Pero también, a su manera, la invisibiliza. Al final, si de televisión hablamos, entonces nos encontramos que “se está perdiendo en el laberinto de los datos de audiencia y no se puede afirmar con certeza que el público obtenga una televisión que responda más a sus necesidades o a sus gustos” (Cortés J.A.)
Se recurre (recurrimos) para salvar obstáculos (y que bien que el empeño persista por encima de la determinación) a “nuevas formas” metodológicas. Se habla de “metodologías cualitativas” – un exceso a mi juicio. Adecuado sería hablar de métodos o procedimientos cualitativos – Sin duda algunos sinsabores se salvan. Hay un mayor acercamiento al sujeto real, sobre todo como individuo. Hay una prominencia del texto vivido del “objeto de estudio”. Es un buen intento de promiscuar los sacramentos positivistas. Pero esto no significa necesariamente una modificación del tutelaje de la realidad por el método. Sobre todo porque las metodologías cualitativas siguen anteponiendo la explicación del dato (la información, el relato, las verbalizaciones) a su real connotación por el sujeto. La explicación es matriz de selección de “qué” se estudia, “quién” se estudia y obvio “cómo” se estudia. “A las explicaciones - señala Gómez – les antecede una forma de preguntar sobre aquello que se pretende explicar. Y eso, reiterando: es una acto conceptual, teórico” (Gómez G. 2006 p.465) Una forma de explicación.
Me he detenido en el Método como recurso de investigación, pero podría haberlo hecho en el Método como recurso de producción. Sobre esto hice una denuncia en un texto que titulé “Silencios que piden voz”. En el caso de la producción audiovisual sobre SIDA, en los años en que escribí el texto referido, las investigaciones epidemiológicas revelaban el predominio del contagio homosexual por encima de las tres cuartas partes del total de diagnosticados. Sin embargo “la comunicación social – escribí - silencia la homosexualidad fenoménica del SIDA, que ya sabemos que no es estructural”. Allí mismo resalté la voz intertextuada desde Alma Mater de una joven profesora universitaria que decía: “somos los invisibles …a las lesbianas y a los gay ya no se nos trata de forma peyorativa en las leyes… Pero ahora, sencillamente, hemos desaparecido, y no existe una sola palabra que nos reconozca… no se nos ofende, pero tampoco se nos tiene en cuenta como comunidad urgida de protección en sus derechos” (Calvino M. 2004).
Las producciones instrumentales, operaciones praxológicas de las instancias metodológicas, también callan y hacen callar. Obvian, que es un modo de invisibilizar. Presuponen, que es un modo de invisibilizar. Redundan, que es también y con mucha fuerza, un modo de invisibilizar. Por cierto, ambas “invisibilzaciones” del método responden al “método de los métodos” cuando de praxis de investigación o de producción se trata: El método de tomar decisiones. Decisiones sobre lo que se ve o no, sobre lo que se oye o no. Decisiones sobre el decir y el callar. Sobre el silencio. Malas buenas noticias: el silencio es una voz.
No voy a detenerme más en esto. Solo recalco (recalque; recalcamento en portugués es el término que se utiliza en el lenguajear psicoanalítico para hablar de represión – “solo recalco”: “solo reprimo”… ¿qué?, ¿por qué?) que estoy intentando desarticular los/mis mitos metodológicos para avanzarLOS, que quiere decir “desmistificarlos”. Pero no estoy fuera de ese “potaje”. Soy afiliado, pero no adicto ni adepto, por exigencia laboral, por tradición profesional y porque, sobre todo, muchas veces no se qué otra cosa se pudiera hacer (como le pasa a casi todo el mundo). De modo que esto que hago es más un acto de imprecación, que un acto de execración.
Pero no olvidemos nunca que el método no es sino una extensión legítima o bastarda de su paradigma matriz. Ya sé que podemos aplicar “test” sin ser testólogos, o interpretar sueños sin ser psicoanalistas. He defendiendo y defiendo la independencia relativa del método respecto al paradigma de origen, del instrumento respecto a la intencionalidad del ejecutante (Calviño M. 1999). Reconozco además que las exigencias de tarea tienen prioridades e inevitabilidades de desempeño. Reafirmo la existencia de los límites temporales del saber. Todo esto es no solo legítimamente comprensible, sino sobre todas las cosas real. Pero todos los caminos nos conducen al “episteme”. Mientras toda la posmodernidad anda matando al sujeto, el posracionalismo no casualmente lo focaliza y alimenta. En la “generatriz metatranquista de las esencias” ambos tienen razón (como casi siempre pasa en el mundo etéreo de las discursividades). En el devenir cotidiano, en el que por cierto visibles o invisibles existen las llamadas audiencias, no hay discusión: el sujeto vive y, más aún, gobierna.
Las metodologías no nacen por obra y gracia del “espíritu santo”. Además de ser creaciones humanas son decisiones humanas. Esto nos vuelve al punto de “la invisibilización” (ahora, con toda intención, no hablo de invisibilidad, sino de invisibilización) epistemológica, la que es producida por la no presunción del objeto (representación de lo audienciable) en el paradigma dominante (y esto de dominante no hace referencia tanto al volumen, cuanto a la estructura de decisión).
Volviendo a mi “trabalenguas” original (que ya he asumido hasta con placer) sobre lo “invisible” (no lo invisible producido por la acción del joven científico Jack Griffin del clásico del cine de 1933, ni producido por
Estoy dando un salto “epistemo-poético”: “El ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas; / es ojo porque te ve”(Antonio Machado “Proverbios y cantares”). Y ahora un pecado semimperdonable: “La audiencia que ves no es audiencia porque tú la veas; es audiencia porque te ve”. Si no la ves pero te ve es audiencia “desconocida”. Si no te ve pero tú la ves, es audiencia “fictica” (aparente). Si te ve o no, pero igual tu no puedes verla es “audiencia invisible”. ¿Por qué no puedes y ella sí te puede ver?
El perceptor, el sujeto de la “posible visibilidad”, tiene una barrera “epistemológica” que “invisibiliza” a la audiencia. No puede verla diría desde la tradición cognitivista de la psicología. No quiere verla diría la tradición dinámica. Lo cierto es que no la ve. Y esa “invisibilización”, que fanfarriosamente he denunciado como epistemológica, es, por decirlo en términos de las nociones psicológicas extensas, actitudinal.
He llegado a un punto de sumo interés (justo cuando estoy a punto de detenerme). La invisibilidad no como cualidad del objeto (intrínseca o contextual), o como resultante del sistema de procedimientos, sino como situación del que percibe. Y otra vez mi “ciencia matriz” tiene comentarios interesantes que hacer que pueden ayudar a entender la “perseguida” invisibilidad de la audiencia en su institución epistemológica, paradigmática. Me permito una revisión de rutina, apresurada sin duda.
La primera responsabilidad en esta “ceguera paradigmática” es, ha sido, casi siempre condicionada al conocimiento. Resuena sabia aquella sentencia según la cual “no conocemos lo que vemos, sino vemos lo que conocemos”. Es cierto y, como todo lo cierto, polémico. Pero la ceguera del conocimiento, si de conocimiento es, es transitoria. Solo que esta “situacionalidad” será o no superada si, y vuelvo a la carga, el paradigma de referencia la “prevee” como salvable. Lo que cambió Copérnico, lo que cambió Galileo, no fue el conocimiento del Sol o de la tierra, sino el paradigma de su comprensión. Invocaron la mirada paradigmática alternativa que suponía una posibilidad de visión de lo que no se veía. Ingenieros llevaba razón cuando decía que hay situaciones en las que no vale mucho cambiar las fichas, lo que hay que cambiar es el juego. El avance es potestad de un paradigma. El desarrollo de su sustitución. La “invisibilidad congnoscitiva” denuncia el carácter o la capacidad de avance dentro del paradigma. Lo Invisible epistémicamente testimonia la incapacidad de avance más allá de los límites del paradigma.
El asunto es que el propio funcionar del paradigma genera la invisibilización de ciertos elementos. Dicho en la tradición marxista como paráfrasis del “Manifiesto”, crea “todo paradigma crea su propio sepulturero”. Es precisamente la invisibilidad de sus agentes potenciales de cambio lo que el propio paradigma “produce” como su contradicción potencialmente generadora de cambio.
Desde
En el caso de la “resistencia”, muy montado en las tradiciones psicoanalíticas y psicodinámicas, la referencia es a ese suceso de significado funcional capital que se observa ante los procesos de cuestionamiento exterior o interior de los sistemas humanos, ante los procesos de cambio, ante cualquier cosa que signifique la “puesta en duda” de la eficiencia, adecuación o pertinencia de dichos sistemas. En su “Essais de Philosophie generale” Dunan presenta la resistencia como una cualidad primera de los cuerpos incluso asociado a la construcción de identidad (lo que se resiste existe: resistencia es índice de autonomía). En la obra de Pichón Riviere la resistencia se asocia al temor a la pérdida (temor depresivo) y al temor al ataque (miedo paranoide). En cualquier caso la función de la resistencia es defensiva. El problema se nos presenta porque este principio defensivo de la resistencia tiene como estructura impelente el automantenimiento (protección) del paradigma. Resistir es mantener lo que está, tal y como está, y en este sentido produce inmovilización paradigmática. No solo “no ve”, sino que además clausura la posibilidad de verlo.
Ante la en ocasiones “impertinente” acción “destructiva” (cuestionadora, duditativa, crítica), la resistencia llega a la exclusión. Tramitada luego como “autoexclusión”: el paradigma brinda una opción de integración (siguiendo el principio de más de lo mismo: “acepta y serás aceptado”). Si los “contendientes” no aceptan, se han “autoexcluido”. La razón del poder, diría Foucault, convertida en incapacidad del “contrincante”. Lógica perniciosa de la que es responsable la misma funcionalidad del paradigma.
La llamada “familiaridad acrítica” llama la atención sobre un suceso reconocible: la permanencia de un objeto representado (llámese modelo de audiencia) en el campo fenomenológico, la estructura interna del paradigma, promueve con el tiempo la aparición de un vínculo indiscriminante con dicho objeto. De esto resulta que este (el objeto representado) se incorpora simbióticamente al campo perdiendo el sujeto la posibilidad de diferenciar en dicha situación la presencia de nuevos objetos, o nuevas características del objeto representado que denuncia su modificación. La familiaridad acrítica se revela entonces como una incapacidad del “perceptor” de detectar la disfuncionalidad de la representación del objeto o del sistema. Es un “acostumbrarse” que supone, como la resistencia, la inmovilidad del sistema toda vez que no percibe la presencia de cualquier nuevo elemento que contenga la necesidad (demanda) de cambio, corrección, modificación del paradigma.
Por último, sin decir con esto que se cierra la comprensión de otros mecanismos funcionales de freno metodológico del paradigma del perceptor, se observa el “proprium prejuicial”.
La psicología social ha recopilado evidencias que hacen pensar que el hombre tiene una propensión al prejuicio: tiende a hacer generalizaciones basadas en estereotipos que le permiten simplificar su mundo de experiencias. Siguiendo a Allport, la vida es tan rápida y las exigencias de adaptación tan grandes que somos impelidos a ordenar y clasificar los sucesos del mundo en categorías amplias generalizadas y poder así satisfacer nuestras necesidades cotidianas de adecuación. Estas generalizaciones, al perder su reversibilidad, se convierten en prejuicios. El prejuicio actúa como una forma de pensamiento autista, es decir, un proceso inconsciente y subjetivo que no necesita de una racionalidad para validarse. Es dado como un “por supuesto”. Muchas de estas “elaboraciones generales” al compartidas por los sujetos se convierten en normas estereotipadas de percepción. Las instituciones como organizaciones sistémicas de seres humanos, con canales de comunicación, estructuras de subordinación, etc, en las que nada le es ajeno a nadie, tienen prejuicios, son portadoras de prejuicios. Algunos compartidos por la mayoría. Otros existentes en algunos de sus grupos formales e informales (incluidos los grupos de poder, los que gestionan decisiones). Y estos prejuicios conforman un modo propio de dicha institución de afrontar ciertas situaciones, siendo que de alguna manera terminan ejerciendo una influencia sobre los modos de comportamiento intrainstitucionales y extrainstitucionales. A esto le denominamos “proprium prejuicial”. Y siendo un modo perceptivo de “tamizar” la información de entrada se convierte en un “paraban” del paradigma dominante.
Abro y cierro una puerta, en cadencia de inmediatez educada, porque tras ella hay tanto material que no podría abarcarlo sin la adjudicación de al menos un año “domingático” (tanto he aspirado al sabático y no lo he conseguido que busco nuevas alternativas). En el diálogo audiovisual que las producciones comunicativas suponen “perceptor” es todo sujeto implicado en el proceso. La disfuncionalidad de todo paradigma de cara al desarrollo no es “privilegio” de los paradigmas “dominantes”, es también de los “no dominantes”. Digo más, en la medida en que un paradigma dominante es más “normativo” suscita paradigmas alternativos con muchas comunidades incluso esenciales con el otro paradigma. Esto es una realidad observable incluso en los “macro sistemas” sociales. El paradigma de “oposición” contiene parcialmente al paradigma “opuesto” (oposicionado, creo que se entendería mejor). Toda ruptura lleva un germen de continuidad. Aprendimos que es apenas en la segunda negación donde se produce la instauración de lo inicialmente negado.
Esto nos lleva a dos grandes vertientes de análisis. La invisibilidad del “no veo” (sobre la que hemos hecho los apuntes anteriores en base a lo que reconocemos como el paradigma dominante) y la invisibilidad del “no me veo” (el paradigma del excluído). El público que no se percibe (no se reconoce, no se identifica, no se supone) en el producto comunicativo y por ende no deviene audiencia (al menos estable). Esto es un fenómeno muy interesante que atraviesa diferentes peculiaridades psicológicas. La famosa sentencia según la cuál “al que le sirva el sayo que se lo ponga” se presenta con un inconveniente: muchas veces a quien le sirve el sayo, no ve que le sirve. No ve que fue hecho (dicho) para él/ella/nosotros/nosotras/ellos/ellas. Y esto es algo que no se descubre (no voy a volver atrás, solo estoy reconfirmando) con las clásicas mediciones de audiencia, especialmente las sustentadas en estadígrafos descriptivos. Pero repito, intentar pensar este asunto en voz alta (o en blanco y negro) es una tarea que trasciende con mucho los límites de lo que ahora me permito (y me permiten).
¿Pero resulta ser un “trastorno” (esto es una categoría psicologizante) el que una audiencia u público sea o no invisible? Si no encontramos un “sí” contundente todo lo que pueda ser pensado, analizado, descubierto o sustentado en esta mesa resulta altamente injustificado. El asunto es que una audiencia invisible (invisibilizada) convoca sentimientos de injusticia, inequidad, exclusión. Un paradigma invisibilizador tiende al egodirectivismo, al anquilosamiento, a la pérdida de sentido real de una práctica comunicativa, cualquiera que esta sea. Públicos y audiencias invisibles son actores sociales a quienes se les dificulta su inserción social, su socialización, su integración con legitimidad y protagonismo. No son en el sentido pleno de la palabra actores. En todo caso serán “detr”-“actores”. Y como públicos y audiencias serán puestos a merced de quienes lleguen a ofrecerle por enmienda los vestigios finiseculares de la desidia, la miseria espiritual, la “chatarra pseudocultural, la tontería. Y es aquí donde se justifica, porque se necesita, producir acciones encaminadas a aumentar la visibilidad como acto de incorporar, coparticipar, co-construir.
Intensificando el paso de mi ya casi insoportable intervención me concentro en señalar dos opciones a considerar en esta anchura del diapasón de visibilidades.
La primera tiene que ver con la necesidad de desestructurar, desmontar, desmistificar los encuadres actitudinales (paradigmas epistémicos) de la invisibilidad del tipo “no veo”. Entre ellos el paradigma “for your own good” o “yo se lo que te conviene (necesitas)”. El paradigma “esto es una decisión política”. El pardigma “yo soy el jefe”. El paradigma “a la gente lo que le gusta es eso”. Todos contenedores de una falsa noción de la representatividad (mi pensamiento representa el pensamiento de todos). Y digo más, siendo quien sabe si flexiblemente ortodoxo, desmontarlos no tanto, por su condición de “paradigma”, sino por su condición de “incuestionables”, positivistamente verdaderos (verdades únicas y absolutas), predeterminadamente adecuados.
El asunto no es representar a la “audiencia”, sino hacerla participar. Entre la “representación” y la “sustitución” (ocupar el lugar de) solo hay un paso: “creerse cosas” (como dicen mis hijos). Y entre la sustitución y la “exclusión” (quitar el lugar de) también no falta mucho. Solo tener poder.
De donde arribo a mi segunda consideración: la invisibilidad no tendrá una recuperación de contornos mientras el perceptor se quede en la condición de “imagen especular”. Me veo o no me veo en el espejo. Se ven o no se ven en el espejo. ¿Qué tengo que hacerle al espejo?. El asunto es mucho mayor. El asunto es de participación, de construcción. Pasar de una epistemología de la unilateralidad a una de la multirateralidad, de un “episteme” egocentrista (egosujeto, egogrupo, egoinstitución) a un episteme de construcción colectiva.
Es posible que algunos piensen que alucino. Ni yo mismo lo dudo. Pero es poco aún. Repito con otras voces que plantear el asunto “exclusivamente como una cuestión de visibilidad y acceso a los circuitos de la comunicación masiva, por parte de los grupos y sectores sociales que coexisten hoy en condiciones de desigualdad, es no solo reducir un problema a sus "síntomas visibles", sino renunciar a la posibilidad de re-pensar la comunicación no en sí misma, sino en relación con los deseos y con los proyectos que son su motor… no es un problema de emisores y receptores, ni de simulacros de representación de actores sociales en los distintos medios de comunicación… es la lucha por la legitimación de la palabra propia en el contexto de las múltiples voces” (Reguillo R. 1998)
Bibliografía referida en el texto
Cortés J.A “Cautivo en el juego de las audiencias de TV. El espectador «espectado» http://www.nuevarevista.net/2004/febrero/nr_articulos91_4.html
Calviño M (1999) “Psicología y Marketing. Apuntes para el posicionamiento de
Calviño M (2004) “Actos de Comunicación. Entre el compromiso y la esperanza”. Editorial Logos.
Gómez G. (2006) “Algunas apreciaciones sobre lo cualitativo y lo cuantitativo en investigación psicosocial”. En: Hacer y Pensar
Reguillo R (1998) “Derechos humanos y comunicación. Un malestar invisible: derechos humanos y comunicación”. Chasqui. Nº 64.
Rodrigo Alsina Miguel (2001): “Teorías de la comunicación”. Barcelona. Aldea Global
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