Oda a mi generación: los actores de los setenta.
Texto en tres partes:
I. Allegro recordatorio emotivo
II. Peccata minuta
III. Exaltaccione laudatoria
Prof. Manuel Calviño
I. Allegro recordatorio emotivo
Se supone que haga yo una suerte de panegírico de tres generaciones de psicólogos. Se ha pensado que estoy apto para hacerlo. Yo mismo, hasta que en la tarde de ayer me detuve a pensar en el asunto, creí que sería fácil. Pensé que no me sería complicado recordar las peripecias de Diego González Martín olvidando su “cacharro” en cualquier punto de la geografía ubicado entre San Miguel, Infanta, Valle y
No podría ser difícil referenciar una época en la que como nunca antes ni después la enseñanza universitaria fue un “construcción colectiva de conocimiento”. ¿Cuántos “profesores emergidos” tuvimos? ¿cuántos fuimos profesores “emergenciados”? Pensé que sería esta una buena oportunidad para darle mi-nuestro agradecimiento a muchos de los compañeros de trabajo de hoy que asumieron roles esenciales para que pudiéramos graduarnos. Solo algunas: Albertina, Mayra, Mara, María, Martha”s”, Maria Elena, Carolina, Gloria, Irene, y para que no me acusen de sexista entonces Miguel, Armando, Pineda, Dieguito.
Hasta la mañana de ayer domingo me creí en condiciones de hablar de los que llegamos sin saber muy bien por qué. De los que habíamos vivido la mayor parte los sesenta fuera de la institución universitaria. Podría hablar de Bertha, la gallega, sin tener que hablar de “Elpidio Valdés”. Podría recordar con aliento y sonrisa a Verónica Canfux, que se nos fue antes de tiempo. A Juan Báez que también lo hizo, pero por decisión propia, creo que im-propia. Al duo “sapientis” – Román, Mayor. Al irreverentemente eclesiástico Reinerio. Pasan por delante de mi Raulito, Nino. Enfrascados en luchas titánicas para descifrar los folletos manchados en “stencil”, permutándose un libro para varios. Pero se me olvidan los nombres, o sencillamente se me co-funden en los años posteriores en los que ya no éramos de uno u otro año. Éramos los psicólogos.
Todavía más cerca me quedarían los que llegaron después, que ya eran más numerosos. Los “adelantados” – Ovidio, Hirám (otro ausente prematuro), Luisa Vidaurreta, Luisito. Los que asumían protagonismos de auténticos líderes políticos y estudiantiles – Fernando. Los del pelo largo – Cento. Maritza que Eligió el puente que enlaza territorios. Aquella “boliviana espectacular” perseguida con los ojos de los que supimos aprovechar el “make love not war” para avanzar en el logro de una mayor libertad sexual, y luego la convertimos en motivo de combate profesional. Alicita lo sigue haciendo hasta hoy y se lo agradecemos todos. Sería fácil acordarme del negro Pozo, de Germán González Chirino, que ingresó antes que yo y, no se cómo, pero un buen día resulte ser su profesor. Almiral, y a su lado Pilar, Miguel Ángel y otros no teniendo el inhumano don de la ubicuidad, pero gozando de las prerrogativas de la época (que como muchas cosas luego de ser sentenciadas a muerte renacen por fuerza propia), empezaron con unos y terminaron con otros.
De los que en desorbitante matricula de ciento ochenta entramos en el setenta pensé que me sería muy sencillo hablar. El trío “los cuestionados”: Beatriz, Pepe, Cepero. Las compañeras y compañeros de la línea fuerte – Patricia, Norma. Las búlgaras que por poco tiempo inundaron con olor “distinto” las últimas filas del aula uno. La “dorogaia” Irina. El amor entre el Vedado y La Lisa. Pensé que podría hablar del “soldadito verde”, Julio Cesar, que en su siempre impecable uniforme verde olivo las mata(ba) callando. El duo “los pioneros” – Omar y Yo, llamados así por una cierta predilección por las psicólogas de años superiores o recién graduadas (luego resultó exactamente al revés…. Bueno primero se gana experiencia y luego se revierte en los “nuevos horizontes”). El “yugo Alhama” irrumpe desde ayer, pero hoy con un halo bien ganado de sabio. “El decano” le dicen muchos. Méndez Acosta que con Jacinto se fue a la “Pesca” y allí sigue creativo y comprometido. Leonelo, a quien el amor llevaba hasta Jaruco. (No era tan difícil en la época). Eumelio escandalizó con sus pinturas “eróticas” a más de uno en 12 y malecón. Maria Elena sigue Leal. Desde Oriente llegó Miriam Musle que con el acento cantado de su tierra natal en una memorable clase de la duda cartesiana le pidió al profesor Agustín: “explíqueme otra vez como es eso del co(g)ito”. “Cogito,querida, cogito ergo sum” le ripostó el invidente quien sabe imaginando que cosa.
Si incluyo a la “diáspora” entonces más allá de reactivar conceptos que prefiero queden en el olvido emotivo, la tarea se me hace más difícil. En todo caso Armengol es hoy columnista del Nuevo Herald. Alberto, que seguramente interpretará a su manera el “acoso” de la época, volvió y vuelve a hacer teatro en este país en el que “no se puede hacer nada”, según me dijo un día. A Prida me lo tropecé en Internet hablando una cantidad de sandeces que me dio vergüenza ajena.
No se puede odiar a quien tiene un espacio en la memoria emocional. Aún cuando se valoren sus decisiones en el discutible espacio de lo errático, aún cuando no se compartan las mismas tesituras ideocosmovisivas, sociopolíticas, aún cuando en momentos de exaltación las desmedidas superen a las racionalidades, no hay razón para el odio, la enemistad. No toda diferencia es un conflicto. No todo conflicto es una contradicción. No toda contradicción es un antagonismo. Escudriñador como era del alma humana, Martí reconoció: “los pueblos se encarnizan en amar, como en odiar; y suelen amar con tanta injusticia como a veces odian”. El amor es un sentimiento intrínseco a
Todo parecía sencillo hasta ayer en la mañana. Luego en la tarde cuando me dispuse a cumplir con el ineluctable procedimiento de “prepararme”, todo comenzó a complicarse.
II. Peccata minuta
Cuando cumplí los cincuenta años hice una opción cercana al estructuralismo lacaniano y la irreverencia ortográfica. Nada personal. Todo conceptual. Decidí escribir cincuenta con “s” (sin-cuenta), y comencé a vivir la tercera y última parte de mi vida con una afiliación menos de pasado y más de futuro (al fin y al cabo mi futuro es bien menor que mi pasado). De modo que no me gusta mucho este ejercicio de mirar atrás (rectifico, mirar atrás siempre ha estado entre mis favoritos), este ejercicio de mirar al pasado. Se me hace complicado. Usualmente dejo la tarea para los historiados. Me mantengo en el equipo de “los cuenteros”. Tengo más vocación de Onelio Jorge Cardoso que de Benjamín Wolman o de Yarochevsky.
No menos complicado se torna el asunto cuando se trata de lograr que un perfil oratorio de corta duración encuentre el beneplácito de la memoria de cerca de trescientas personas que ingresaron en
Somos la generación que nació entre el 47 y el 51 del siglo pasado. Vivimos en el capitalismo y en el Socialismo (en la destrucción del primero y la construcción del segundo, aunque por momentos se interpolaron los procesos). Éramos demasiado niños para entender los desmadres y atrocidades de la dictadura batistiana, demasiado pequeños para alzarnos con los barbudos. Algunos comenzamos nuestra macrosocialización con las Brigadas de Alfabetización (“Cuba: estudio, trabajo, fusil, lápiz, cartilla, manual, alfabetizar. Venceremos!”), otros con las Brigadas Juveniles (“uno, dos, tres, cuatro, comiendo mierda y rompiendo zapatos”). Otros llegamos a ser “pioneros” (“no había más que un coco, y era el Tío Sam, Fidel lo echó de Cuba, y nunca volverá”). Fuimos los niños y los adolescentes del tránsito. Conocimos todo el ingenio de la inventiva de planes: de educación, de reeducación, de formación, vacacionales, vocacionales; y por supuesto los económicos: la pangola, el cordón de
Nuestra formación profesional nació, se extendió, en la primera mitad de los años setenta. Comenzó a realizarse en esta década. Los que nos antecedieron vivieron la efervescencia de “los diez millones van”. Nosotros la del nacimiento de “Los Van Van”, porque los millones no fueron.
La propuesta de una zafra descomunalmente inmensa en comparación con cualquier zafra anterior respondía a una necesidad económica. El país parecía entrar en una situación económica muy difícil. Los problemas organizativos que se conocieron evidenciaron una dificultad institucional en la sociedad cubana. “…la frustrada zafra del 70 o Zafra de los Diez Millones… dejó al país exhausto. Sometida al bloqueo económico imperialista, necesitada de un mercado estable para sus productos —el azúcar, en especial—, Cuba tuvo que definir radicalmente sus alianzas. Hubo un acercamiento mayor a
A partir de este momento, de la mano de los países socialistas, especialmente de
Se inicia un proceso de “institucionalización” que derivó hacia la aparición de una burocracia administrativa y política de dimensiones y poderío difícilmente imaginables. Como señala Martínez Heredia “la creatividad y la capacidad de iniciativa de los seres humanos, lo más preciado que tiene Cuba, se verán frenadas, cuando ellas favorecen que cada uno se sienta realizado dentro de la sociedad. Esta burocratización, y lo que ella supone como rotura y atomización del pensamiento social, impidió toda reflexión sobre nuestros problemas y también sobre nuestro proyecto… provocó que el entusiasmo decayera y que se sustituyera por fórmulas rituales. Que la lengua se vaciara de contenido”. (Fernando Martínez Heredia 2009)
La burocracia se erigió como “traductora” y “fiscalizadora” del pensamiento vivo de la revolución, extralimitó el ejercicio del verticalismo democrático, o centralismo mal interpretado. Vivimos la enorme dificultad de las traducciones, de los traductores dogmáticos, esquemáticos y superficiales. Fidel dijo en la clausura del Primer Congreso Nacional de Educacion y Cultura (30 de abril de 1971): “A veces se han impreso determinados libros. El número no importa. Por cuestión de principio, hay algunos libros de los cuales no se debe publicar ni un ejemplar, ni un capítulo, ni una página, ¡ni una letra!”, y ahí aparecieron los interpretes que “desaparecieron” el libro de Allport “
Solo en el orden de las evidencias cito un texto de
Sobre todo en los setenta se extrapolaron aún más, a nivel “conceptual”, estas representaciones con otras venidas de la tradición soviética stalinista: “el diversionismo ideológico” y su precondición o estado embrionario de manifestación: “la conflictividad”. El ejercicio de la crítica se sataniza como “diversionismo”. El ejercicio del criterio diferente, como “conflictividad”. Que cosas tiene la vida. En esta sala, en esta colina en esta Sociedad de Psicología, estamos varios que fuimos cuestionados como “conflictivos”. Pero faltan en esta sala, y en el país muchos de los que nos cuestionaron.
La “institucionalización” venía acompañada de una perversa identificación total entre la “institución” (Ministerio, Escuela, Centro de trabajo, etc.) y su “cuadro centro” (aquél que ocupaba el puesto de más alto nivel de dirección). Emerge con fuerza arrolladora (y avasalladora) lo que en otros escritos he denominado como “egodirectivismo” (Calviño M. 2001). La autoubicación del “dirigente” como centro (de referencia, de decisión, de control, de evaluación y, por ende, de error pero esto último no se reconoce ni se acepta).El directivo y su función como centro de todo (de su vida y de la vida de la institución). Su mecanismo básico fue, a nivel de los procesos de subjetivación, la personalización, que no es sencillamente un estilo (eso sería verdaderamente lo de menos), sino que se instituye como un estado, un proceso, es una estructura.
Las instituciones son inducidas, bajo este prisma, a funcionar bajo el esquema de dirección única y centralizada. La razón de Fornet trasciende a los espacios de las instituciones culturales: “en el 71 se quebró… el relativo equilibrio que había… y, con él, el consenso en que se había basado la política cultural. Era una clara situación de antes y después: a una etapa en la que todo se consultaba y discutía —aunque no siempre se llegara a acuerdos entre las partes—, siguió la de los úkases: una política cultural imponiéndose por decreto y otra complementaria, de exclusiones y marginaciones, convirtiendo el campo intelectual en un páramo” (Ambrosio Fornet “El quinquenio gris: revisitando el término” 2007).
Las palabras de Fidel en el 61 parecían olvidarse. La burocracia las remodelaba en otra dimensión. Allí en
Confirmo lo de la traducción, sin dejar de reconocer que el ideario verbalizado, expresado en discursos y documentos, podía facilitar algún “exceso traductivo”. Un sistema de dirección centralizado, con una comunicación de retorno que daba sus primeros síntomas de tupición, probablemente no permitía entender en su real dimensión lo que sucedía en “la base”. Todo parecía claro en los discursos e intervenciones de la máxima dirección del país. Todo quedaba enrarecido en el modo de concreción. Como señala Castellanos “Ni en la conferencia que Raúl Castro dictara a dirigentes del gobierno y del Partido, y a jefes y oficiales del Ministerio del Interior el 6 de junio de 1972, pocos meses después del Congreso, titulada «El diversionismo ideológico, arma sutil que esgrimen los enemigos contra
Para nosotros, los psicólogos, el postefecto del setenta se tradujo también en una “unilateralidad vincular” con el modelo de Psicología soviético. He hecho referencias a esto en varios escritos. He intentado encontrar un balance de las positividades y las negatividades de este “hermanamiento”. En todo caso, fue en los setenta que los protagonismos relativos de los textos de estudio, los contenidos de los programas, y en general las construcciones teóricas comenzaron a inclinarse a
No puedo dejar de significar que probablemente nuestra situación hubiese sido otra si no hubiéramos “caído” dentro de
Vivimos la “rusificación”. Voluntaria, asumida, comprometida, por cierto. Nos enredamos como nunca antes con las lecturas de Rubistein y Leontiev. Después con algunos otros. Los “Principios de Psicología General”, un fragmento traducido de “Problemas del desarrollo de
En todo caso, privilegiados por una política de aumento del potencial profesional y científico del país, fue en los setenta que comenzó el crecimiento acelerado de las competencias profesionales de las psicólogas y psicólogos cubanos. Fuimos los de los setenta quienes aceleramos la conversión de una política científica en acciones concretas de crecimiento.
Los setenta fueron también años en los que se produjo una suerte de confusión entre las funciones de algunos organismos asociados a la seguridad del Estado y las prácticas políticas. Con el indiscutible e imprescindible afán de salvaguardar al país de los que soñaban (aún siguen soñando) con revertir el proceso revolucionario, algunos oficiales asumían funciones que no les correspondían emitiendo juicios de valor y tras ellos favoreciendo toma de decisiones que no les correspondían. Poniendo en jaque a cualquier asomo de “irregularidad ideológica” se sentenciaba la pertinencia o no de alguien desde para ocupar responsabilidades institucionales, pasando por la participación en actividades científicas y profesionales dentro y fuera del país, hasta su “posible vínculo con el enemigo”.
No se adelanten los paranoicos, ni los malpensado o malintencionados, a pensar que vivíamos en franco acoso. Para nada. Sobre todo los que no teníamos nada que ocultar. Discusiones, reuniones, conversaciones, decisiones arbitrarias de vez en cuando y más que de vez en cuando, eso sí. Pero no era para nada, como dicen algunos, procesos ni excedidos. El asunto, en mi visión, era sobre todo conceptual. Se había producido una sustitución de la lucha de ideas, de la complementación, de la búsqueda de unidades en la diferencia, por una suerte de búsqueda de un “pensamiento único” (no en el sentido en que luego lo sentenció Ramonet). Quien sabe si la urgencia por la construcción definitiva de una nueva sociedad promovió el coger por atajos que se pensaban más cortos. No dudo que las exigencias de defensa ante las múltiples agresiones fueron favoreciendo la construcción de un “escudo monolítico”. Pero sí se avanzó en un modelo epistemológico de notorio sentido fundamentalista, hermanado con un modelo de pensamiento de la “verdad absoluta”. Lo ideológico, lo político, se confundía con lo científico. Y no se trata de que sean estas entidades “absolutamente separadas”. Lo que definitivamente no pueden ser “absolutamente suplantables” (obviamente la ciencia por las otras dos).
¿Era un inevitable de época? No es una discusión ni retórica ni que puede ser descontextualizada. Lo hecho fue hecho. Y lo cierto es que se construía, se ha construido indiscutiblemente, una sociedad “con menos desigualdades, menos ciudadanos sin amparo alguno, menos niños sin escuelas, menos enfermos sin hospitales, más maestros y más médicos por habitantes que cualquier otro país del mundo… un pueblo instruido al que usted puede hablarle con toda la libertad que desee hacerlo, y con la seguridad de que posee talento, elevada cultura política, convicciones profundas, absoluta confianza en sus ideas y toda la conciencia y el respeto del mundo”, como sentenciara Fidel unos años más tarde (1998).
¿Podía haber sido de otro modo? Probablemente sí. Pero lo hicimos así. Lo hicimos desde una militancia política, o desde una militancia social. No hay un solo modo de ser revolucionario, como no hay un solo modo de pensar como revolucionario, como no hay un solo modo de hacer la revolución, ni un solo modo de construir un gobierno revolucionario. Pero el entretejido de las causas y los azares esta bordado con manos humanas y las manos humanas, humanas son.
Soy de los convencidos que las épocas están sujetas a la multicausalidad. Cuando se trata del ejercicio consciente de favorecer un “espíritu de época” puede interpretarse la causalidad más comprometida con las personas. Pero incluso esas personas son sujetos de la época en que viven. La excepcionalidad se traduce más en el alcance de la mirada al futuro, que en la independencia relativa de la multicausalidad (del determinismo, decíamos desde el marxismo).
Nada de lo que pasó nos es ajeno (parafraseando al poeta). Fuimos los actores de los setenta. Actores más afirmativos que críticos. Incluso algunos más disidentes que críticos. Porque no se confunda la crítica con disidencia. Esta es un intento de “hacerse ajeno”. La crítica, por el contrario, es hacerse cada vez más actor, más partícipe.
El 24 de Febrero de 1976, aún impactados por el asesinato al presidente Allende, es promulgada una nueva constitución, aprobada por el 97,7 de los electores. Las aspiraciones de los cubanos estaban allí contenidas. Pero hay una distancia crítica entre la teoría y la práctica. No es privativo ni de Cuba, ni de la época. Los hombres y mujeres reales y concretos, en espacios reales y concretos, son los que hacen real una misión. Nada es perfecto. Todo es perfectible. Solo el reconocimiento de la perfectibilidad es poco. Es necesario reconocer que el verdadero poder humano es el que nace del intercambio, del diálogo, de la participación. Nadie, absolutamente nadie, tiene el derecho de instituirse como poder supremo. Poder de ideas. Poder de formas. Poder de decisiones. Y afirmo que en los setenta no fueron pocos los que se creyeron decisores de poder supremo, en todos los niveles de la organización social e institucional del país.
Fueron años difíciles que vivimos sin dificultad, porque victimas, victimarios y hasta algunos pocos de los “administradores de la tergiversada política” lo éramos desde el compromiso. Hacíamos lo que creíamos que era necesario, correcto, adecuado hacer. Pero no hay como no reconocer que tanto el compromiso, como la paranoica persecutoria de “la diferencia” nos hicieron “hipocríticos”. Esta es a mi juicio una verdad reivindicatoria. Nos hicieron hipocríticos ante la avalancha invasiva de modelos conceptuales que negaban nuestras bases (buenas o malas, pero nuestras bases), hipocríticos ante la construcción de una ciencia social que debe no solo cuestionarse sus sustentos epistémicos y modelos paradigmáticos (cosa que hicimos sobre todo con todo lo que viniera del norte o de la europa no socialista), sino que y sobre todo tiene que cuestionarse las perdidas de ruta y las distancias entre el proyecto de sociedad y la sociedad, entre las intenciones y las realizaciones, entre “el guión y la puesta en escena” (como comenzamos a decir en los ochenta), reconocer los impactos del ejercicio indiscriminado de la verticalidad en la búsqueda unidimensional de una “subjetividad nueva”. Nos hicimos cargo de un “reflejo” que construía a lo reflejado desde definiciones preconcebidas y no derivadas de la realidad en toda su complejidad. Coqueteamos con una Psicología al servicio, no de servicio. Una psicología casi “santo tomasina”. Es mi opinión personal lo asumo. Pero fuimos comprometidamente “hipocríticos”. Nunca, nunca, “hipócritas”.
Nada cambia mi condición de profesional comprometido con la felicidad y el bienestar de los cubanos. Mis principios, los que me hacen ser cubano por decisión y no por casualidad ni obligación, los que me hacen participar en esta lucha titánica por la independencia, los que me integran al grupo de los militantes, son indiscutibles. Con Martí digo “Yo no mudo el alma, sino que la voy enriqueciendo con cuanto veo de grande y hermoso, y cuanto obliga a mi gratitud”.
III. Exaltaccione laudatoria
No creo ser “excesivamente habano-centrista” si digo que el “centro de gravedad” de
El ambiente universitario, vivido con especial intensidad en la entonces Escuela de Psicología de
En los inicios de la década, en la figura de “Chomy” y su salida del rectorado,
Los de los setenta, fundidos con los que habían construido como actores la “sesentidad” (que no la santidad), fuimos quienes emergimos con fuerza arrolladora en el despegue científico de
En todo el desarrollo de Cuba estuvimos presente. Pero esto no agota, ni puede agotar el sentido de
No se podrá hablar del desarrollo de
Todos, en diferentes roles, hemos sido activos constructores de una Psicología sincrética, de perfil heterodoxo, productivamente ecléctica. Una Psicología que es unidad en la diferencia. Que vive su época por decisión y no solo por influencia, que no solo se parece a su proyecto de profesión construido, sino también a sus escenarios reales de existencia. Una Psicología dialécticamente contradictoria, en la que lo absurdo convive con lo genuino, el libre albedrío, con la obligación normativa. Una Psicología con circulación de ideas, con afirmación y contradicción.
Fuimos, hemos sido, capaces de ser más allá de lo que hicieron de nosotros. Trascender las determinaciones para la construcción de una autonomía interdependiente.
Por eso va esta Oda a mi generación, porque me hizo y la hice. Pero también es una Oda a la que me antecedió, porque me dio el sustento espiritual y una alternativa para comenzar. A la que me sigue, porque me exige mirar al futuro. Y a la que vendrá después, porque arde en mí la necesidad, no como individuo, sino como época, de un epitafio razonablemente fecundo: «Valió la pena».
Abril 13 de 2009. Día Nacional de
“Aula Magna” de
Documentos referidos en el texto
1. Fidel Castro Ruz. “Discurso pronunciado en el acto de recibimiento a los once pescadores secuestrados, efectuado frente al edificio de la exembajada de los estados unidos de norteamerica en Cuba” 19 de mayo de 1970.
2. Fidel Castro Ruz. “Discurso pronunciado en la clausura del primer congreso nacional de educacion y cultura, efectuado en el teatro de
3. Fidel Castro Ruz. “Discurso pronunciado en la clausura del acto para conmemorar el vi aniversario del asalto al palacio presidencial, celebrado en la escalinata de
4. Fidel Castro Ruz. “Palabras a los intelectuales” Ediciones del Consejo Nacional de Cultura,
5. Fidel Castro Ruz. Discurso pronunciado en la ceremonia de bienvenida a su Santidad Juan Pablo II, efectuada en el aeropuerto internacional "Jose Marti". Ciudad de
6. Ambrosio Fornet “Elquinquenio gris. Revisitando el término”
7. Ernesto Juan Castellanos. “El diversionismo ideológico del rock, la moda y los enfermitos”. Centro Teórico cultural Criterios. Octubre 2008.
8. Fernando Martínez Heredia. Entrevista “Cuba, cincuenta años de revolución” en L’Humanité. Jeudi 26 février 2009, par Vivian Olivera)
9. Revista Mella, nº 219, 11 de mayo de 1963.
10. Manuel Calviño “Breve ensayo sobre
11. Manuel Calvino M “(E)l(a) Directiv@ en sus laberintos”. Revista cubana de Psicología. Vol. 18. N° 3. pp.187-195.
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