lunes, 27 de julio de 2009

Rafael Alvisa in Memoriam




Rafael Alvisa in Memoriam

(29/06/1937 a 15/05/2009)

Prof. Manuel Calviño


La noticia me llegó en la noche, por correo, gracias a la amabilidad de Miguel Ángel Álvarez. Sencillamente me escribió “triste noticia para la generación de los setenta.. falleció Alvisa”. Un día después, en la tarde, Julio Cesar Casales me pasó una nota: “Ha muerto otro de los grandes”. No había lugar para dudas. Después de haber aparecido y desaparecido de los escenarios de la Psicología nacional, después de haber contagiado deseos de hacer Psicología en muchos estudiantes, después de polémicas y reconocimientos, de amores y desamores, abandonó una forma de su existencia Rafael Alvisa.

El día que Juan Carlos Volnovich y Silvia Wertheim llegaron a Cuba en un exilio político que los instituyó en la isla por varios años, y que sin perder el arraigo les hizo medio cubanos, se escribió un destino probable que enlazaría varios segmentos de la vida de Alvisa con la tierra del tango: En una pequeña habitación de la gran ciudad que nunca duerme, Buenos Aires, ciudad que había acogido un polo de su peregrinar, y que encarnaba el impacto de la diáspora cubana que atraviesa a numerosas familias, allí dónde su hija Maya se despidió de él para cumplir alguno de los tantos rituales diario de una madre, unas horas después lo encontró su hijo Rafael. Estaba sentado en un butacón, puesto usual de sus batallas intelectivas. Tranquilo. Sosegado.

Fue el 15 de Mayo de este difícil 2009. El 29 de Junio tendría sus 72 años. Pero se marchó antes. Nadie sabe lo que dijo cuando el intenso dolor le sorprendió. Puedo suponer que en ese momento esbozó una sonrisa de sabio que sabe lo que está sucediendo, y se entrega al reto de lo por conocer. O quizás, en su filiación más cultural recordó las palabras de Galeano: “Y nada tenía de malo, y nada tenía de raro, que se me hubiera roto el corazón de tanto usarlo”.


Comencé a preparar este texto con la sola ansiedad que nace del deseo. Lamentablemente no podría abrir una carpeta contentiva de datos, fechas exactas, instituciones. La biografía de Alvisa se escribirá. La justicia a veces llega tarde, pero siempre llega. Estoy seguro. Pero ayer yo no tenía ni tan siquiera una foto que acompañara mi aventura narrativa. Eso sí, sobradas razones profesionales, personales, y como siempre un manojo de emociones pujando por doquier. Y hay muchas asociadas a ese “grande” que nos dijo adiós antes de irse, pero que nunca se irá del todo.

La primera vez que lo vi yo saltaba el muro posterior de mi querido “Pre del Vedado”. Era la fase final de una fuga que perdía espectacularidad por su carácter habitual. No sabía entonces quien era aquél hombre más bien diminuto, delgado, de mirada profunda y entrecejo siempre en movimiento. Recuerdo que fumaba en pipa, cosa que para mí, en aquella época, solo hacían los marineros. Y aunque la “incorpulencia” que acompañaba aquél rostro inteligente no me cuadraba con la de un hombre de mar, ciertamente no faltaron razones para considerarlo marino. Alvisa perteneció a esa legión de los que tienen que sortear difíciles mareas, intensas tempestades, combatir sin los favores del viento, y salir airosos, con vida, que quiere decir no solo vivo, sino con deseos de seguir adelante. Y al final de cada embestida queda un epitafio cantable: “Yo se que hay gente que me quiere. Yo se que hay gente que no me quiere” (Silvio).

Fui alumno del Alvisa en el primer semestre del curso 1970-71. Llegó un día al aula con un pequeño libro de predominante color azul, la “Introducción a la Psicología” de George Miller. Encontraríamos aquél tesoro, nos dijo, en la biblioteca. Para los “urgidos de tiempo” una versión reducida e impresa en papel bagazo. El libro me fascinó. Hasta hoy, creo que sigo mucho el paradigma pedagógico contenido en sus páginas. Pero el “gran tesoro” eran las clases de Alvisa.

Tenía el horario de “los elegidos”: último turno de la tarde. Ese que se asigna a quien no se quiere mucho, o a quien se sabe que, hasta en esa hora del día, logrará captar la atención de los estudiantes. Se movía de un lado a otro del estrado en el aula uno, con un andar pausado, peripatético, reflexivo. Su voz se ensanchaba e inundaba todo el salón a pesar de las amenazas de las guaguas que bajaban constantemente (sí, eso fue así alguna vez) por San Rafael. Era aquél profesor dotado de todos los saberes al que se acudía desde la ansiedad o la angustia, desde la curiosidad o el interés. El aula era un taller de pensamiento. El actor principal: el maestro, que instauraba el diálogo con los estudiantes no como el simple ir y venir de palabras, sino como la inclusión colectiva, el sentirse parte de, el estar enfrascado en la batalla común de la escucha y la comprensión, el sentirse aludido en un ejemplo, cuestionado en una crítica, instigado en una duda. Eso que no es más que maestría pedagógica. Y es que Alvisa fue siempre, y creo que ante todo, Maestro.

Había pertenecido al selecto grupo de los “cercanos” a Bernal del Riesgo. Era un riesgo en la época. Algunas actitudes de Bernal no eran bien recibidas por algunos grupos de estudiantes. Mucho menos por la dirección institucional. No sería especialmente aventurado pensar que Alvisa fue objeto de presiones y cuestionamientos. Entre su carácter de ser distinto, cuestionador, libre pensador, y su capacidad para insertarse en prácticamente cualquier escenario profesional, se gestó la condición decisiva para su salida de la entonces Escuela de Psicología, dirigida institucionalmente por normativas rígidas y burocratizantes. En el Instituto de Endocrinología lo recibieron con los brazos abiertos. El propio Dr. Mateo Acosta, médico de sólida formación, ortodoxa, tradicional, y entonces director del Instituto, lo llegó a considerar un colaborador profesional indispensable.

De la época en que fue mi profesor, recuerdo que, con una logística montada por Eumelio Calzada, Omar Cisneros, Alejandro González y yo fuimos con Alvisa al encuentro de unas imágenes pintadas en las paredes de unas cuevas en la zona norte de Pinar del Río. Unos escritos publicados en la notoria Revista “El Correo” de la UNESCO, habrían sido el detonador de esta “aventura en busca de lo desconocido”, de lo extraterritorial. Aquello para lo que la Psicología resulta insuficiente estaba también en el visor de Alvisa.

Ya desde entonces reconocí en él una mezcla cosmogónica de ciencia positiva, dura, y de pensamiento esotérico. Un estilo indeleble que, en mi percepción, atraviesa toda su vida profesional y científica, y que fragua, verbigracia, dos textos tan distintos como aquél sobre “La Personalidad” que aparece en los Cuadernos de “Psicología General”, escrito en la segunda mitad de los sesenta, y su última publicación (de las que conozco) La Kabbalah. La Filosofia esoterica de La Humanidad” (Editorial Kier 1998). Su compañera de siempre, la madre de sus hijos, Carmen Barroso, (quien amablemente me cedió las fotos que logro insertar aquí) me lo definió en una expresión ecuánime: “era un materialista idealista”. Una mezcla de pensamiento aterrizado y pensamiento volador. Una convivencia equidistante de saberes diversos, que movilizaban prácticas intelectuales en los dominios misteriosos de las pirámides egipcias o los del cerebro. Y en el centro la indagación que avanza por el camino de descifrar códigos, manuscritos, códices. Siempre, eso sí, en los irrefutables predios del rigor, la seriedad, la parsimonia.

La presencia de Alvisa en la investigación psicosomática de Cuba es fundacional. Como prueba están las múltiples investigaciones realizadas en el Instituto de Endocrinología, en el Instituto de Investigaciones del Cerebro. La hipnosis fue una de sus primeras aliadas. Formaba parte de una incesante búsqueda de procedimientos combinados, de búsqueda de efectos “sentipensantes”, de aquella unidad “biopsicosocial” que tanto se propugnaba en la época. Su vinculación a “la cura”, a la multiplicación del bienestar humano, era total. Siempre había una misión operativa en todo su trabajo: ayudar a las personas a sentirse mejor, a ser feliz. Sin duda fue también por eso que cuando la muerte de mi padre impactó duramente sobre el cuerpo de mi hermana haciendo brotar en su piel las marcas del dolor y la tristeza sin remedio, acudí a Alvisa. Y allí en una vieja casa por la calle Sitios, donde la bondad de su madre y la musa de Lorenzo Hierrezuelo (su padrastro) le daban cobijo a la buena energía, extendió su mano profesional y amiga para exorcizar científicamente el conjuro de una pena que reconvirtió en recuerdo potenciador de felicidad.

Tampoco asombra que, cuando se habla hoy de musicoterapia se destaque “en primer plano la figura del psicólogo Rafael Alvisa Lastra, quien siguiendo los principios del francés Rambonsson y del ruso Béjterev utilizaba algunas selecciones musicales pregrabadas ante determinados estados anímicos en pacientes del Instituto de Endocrinología de la Habana… y otras selecciones originales en un tratamiento con fines subliminales con la colaboración del musicólogo Juan Blanco. También participó con otros investigadores del Instituto de Investigaciones Fundamentales del Cerebro y del Centro de Investigación y Desarrollo de la Música Cubana en la creación de un local para aplicaciones auditivas relajantes en el Profilactorio Obrero del Ministerio de la Industria Básica[1]

No se podrá contar la historia de la Psicología de la Salud en Cuba sin hacer referencia a Alvisa, quien en los tempranos setenta ya trabajaba en equipos multidisciplinarios con médicos, nutricionistas, fisiólogos. Recuérdense sus empeños investigativos en la caracterización psicológica de los pacientes con diversas patologías (diabéticos, obesos, cardiópatas).

Quien pretenda hacer la historia mirando desde las estructuras de poder no encontrará a Alvisa. Su relación con el poder siempre fue tirante, conflictuada. Pero quien se asome al hacer de la Psicología lo encontrará. Lo encontrará en programas de congresos, eventos, talleres científicos (y no solamente de Psicología), en informes de investigación, en algunas, lamentablemente escasas, publicaciones (porque fue también marcado por su tiempo; un tiempo en el que escribir no era prioridad). Pero sobre todo Alvisa queda en la memoria y el agradecimiento de los que trabajaron con él. Alvisa es de esos hombres que marcan el desarrollo de un disciplina por la impronta que dejan en quienes lo conocieron y se acercaron a él sin prejuicios y con mucha sed de saber.

Iconoclasta por método. Ecléctico por definición operativa. Humanista por convicción de principio. Creyente por certezas científicas. Prudente por elaboración táctica. Fue un hombre de mente abierta. Un profesional capaz de brillar en diferentes tesituras. Quizás el último psicólogo enciclopédico en nuestro país. Su dominio de la retórica, de la comunicación en todos sus ámbitos, su capacidad de persuadir, de convencer, y su afiliación a la mayéutica socrática y a la duda cartesiana lo hacían un polemista por excelencia. Era un temible contrincante en el combate intelectual. Y sabía construir la “victoria compartida”, esa a la que todos llegan enriquecidos.

Pero había algo más que llamaba poderosamente la atención en Alvisa: su erudición. Formada por su condición de lector infatigable y plural, potenciada por una inteligencia analítico sintética de largo alcance, la anchura intelectual de Alvisa era, técnicamente, ilimitada. Se apoyaba en una memoria que retenía un centenar de acontecimientos concatenados por múltiples entradas. La historia, la literatura, la geografía, las clásicas materias del saber humano eran piezas de un gran ajedrez al que jugaba con el placer de un niño y la habilidad de un sabio. Movía las piezas por un espacio virtual en el que el mundo parecía tangible y el tiempo solo presente. Y luego esa erudición se multiplicaba en una seductora y hermosa narración. Mientras hablaba hacía sentir que él había estado allí, fuera una trifulca en las callejuelas de centro habana, o una guerra medieval. Sus palabras se traducían en imágenes de una gran pantalla interior en la que sus interlocutores eran espectadores ensimismados. Porque Alvisa era un contador de historias. Su dominio de la narrativa era un don sanamente envidiable. Queda debiéndonos un curso fundamental que solo él podía impartir para los psicólogos: Cómo se cuenta una historia. Y lo necesitamos tanto!

Alvisa se ha marchado. Quiero creer que cambió su forma de existencia. Que alguien o algo hoy se nutre de su savia trascendental. Adiós Maestro. La historia, más inteligente que los hombres, limará los desafueros, los que te hicieron victima o victimario. Ay de quienes no sepan mirar con humildad al pasado y con agradecimiento al futuro!. Los que aún seguimos en pie nos sentimos orgullosos y complacidos de haber compartido contigo esta brevedad que se llama vida. Te fuiste de un modo, pero sigues y seguirás de muchos otros.



[1]El quehacer de la musicoterapia en Cuba. Breve recorrido hasta el futuro inmediato” Fernández de Juan T. http://www.voi/coun/monthcuba_october2003sp.htmltr

sábado, 27 de junio de 2009

Aquí estamos!

Aquí estamos!


Prof. Manuel Calviño


El ejercicio del recuerdo tiene un carácter ideomotor”, le escuché decir a Leontiev en mis días de frío, vodka, y corpulentas “dievushkas” (sin abandonar el legítimo acto de hacer patria: “consumir productos cubanos”). Es “cuerpo y mente”, razón y emoción. Como no ha de ser así, como la vida misma. Por eso “recordar es volver a vivir”. No se puede entender el recuerdo desde lo cierto o lo falso. El recuerdo es una verdad ineludible, inevitable. “Ver-dad”: cualidad de ver. Ver más alla de lo dado. Ver más allá del tiempo. Ver con todo: ver desde el presente con la historia y la esperanza de mañana.

Así, el sábado 20 de Junio de este complejo 2009, nos volvimos a “ver” otra vez, los que entramos en la Escuela de Psicología en el instituyente 1970. Nos juntamos con el motivo de recordar que hace treinta y cinco años nos convertimos en profesionales titulados de la Psicología.

En mi “Oda a mi generación(http://psicointeractuantes.blogspot.com/) intenté salvar una deuda histórica y, quien sabe si en un exceso de pretensión, favorecer la indulgencia de los que mañana nos miren. Nunca se puede olvidar que somos siempre nosotros y nuestras circunstancias. Pero, este sábado, en el centro del Vedado, se trataba solamente de encontrarnos.

Llegamos muchos. Nos recibimos los unos a los otros con mucho cariño. No faltaron las expresiones, que sin un ápice de mala intención, marcaron los derroteros implacables de la transformación: “pero que gorda estas..!”, “la verdad que no te reconocí. Es que estas tan cambiado…” Las alucinaciones también encontraron su espacio: “estas igualito!” (vaya destrozado que estaba entonces, hace casi cuarenta años). Sucede también “¿Y esa quién es?” porque en el recuerdo y en el olvido se reinstituyen las distancias inevitables en las relaciones del pasado, los grupos de cercanía y los de no inclusión. Yo soy adepto a la tesis de la “nebulosa” cuando de recuerdo se trata. Pancho Céspedes, el Cigala, pero sobre todo Bola lo cantaba con ese su peculiar modo de decir con música: “ser en tu vida lo mejor de la neblina del ayer, cuando me llegues a olvidar, como es mejor el verso aquél que no podemos recordar”. Hay, pero no me toca.

Inevitablemente contamos a los que ahora solo viven en el recuerdo. Gente buena. Gente joven. Pero la vida no les regaló el enorme privilegio de los años. Se fueron temprano. Allí en nuestras conversaciones de esa tarde podían perfectamente ser “espectros disfrutantes” de la velada vespertina. Contamos también a otros que no están, pero que por suerte siguen allá, donde estén, no importa, vivos. Y son parte no solo de esta historia, sino también del presente, porque todos y cada uno de nosotros llevamos una marca imborrable de todo lo que vivimos entre 1970 y 1974 en San Rafael 1168 casi esquina Mazón.

Si alguien duda de la legitimidad del concepto de “Personalidad” como eso que siempre, o casi siempre, o con mucha frecuencia somos (esto no es un artículo científico, no hay exigencias metodológicas) debía haberse asomado ese sábado anterior al “Día de los padres”, y las evidencias de que siendo distintos seguimos siendo los mismos lo hubieran hasta abrumado. He optado, por esta vez, por no decir nombres (para no dar espacio a la lipidia). Pero que cosa, cada cuál hizo lo que siempre hizo. Gestos, palabras, caras, chistes, actitudes, todo como en un “remake” auspiciado por “la buena energía”. Y también, no lo dudo, favorecido por una “marcha atrás” que, sin tener la máquina del tiempo de Julio Verne, entra en movimiento cuando se accionan las palancas del reencuentro.

Fue una tarde hermosa, agradable, sencilla. Fue un acto de reconsideración. Un estímulo de alegría. Asumir con Neruda que “solamente he vivido”, y repetir con Silvio que “me muero como viví”. Pero intentar detener el pasado es “contra natura”. Todo día tiene una noche. Inicio y fin. Nuestro sábado de añoranza y recuento pasó. No pasará lo que nos convocó y nos acercó a la felicidad de hoy.

Quedarán algunas fotos que fueron tomadas con premura y a despecho de los que luego no querrán enfrentarse al paso del tiempo por su rostro (y no solo por el rostro). Por suerte son los menos. Casi ninguno. Porque el “Photoshop” no se puede instalar en el espejo de la casa y uno, mal que bien, se tiene que ir conformando (que no resignando) a una cierta visión de “patrimonio de la humanidad”, esa que da valor a lo viejo.

Pero las fotos solo a medias atrapan lo esencial, eso “que solo es visible al corazón”, ese cariño que, liberado de las trabas de la época que nos tocó (y disfrutamos) vivir, flotaba en el caluroso salón de “El Potín”. Cuando mostremos a alguien las imágenes capturadas por el ingenio de la digitalización probablemente no se percatará del ir y venir de los sentimientos tranquilos pero intensos, esos que llegan a hacer arder de nuevo al corazón, porque dicho con Pushkin “el corazón siempre vuelve a arder, porque no arder es algo que no sabe”. Detrás de cada beso, en cada abrazo, en cada encuentro de los cuerpos que se justificó con “vamos a retratarnos”, o con el simple regocijo de un comentario de antaño, vibró lo mejor de tantos años juntos.

Si al fin y al cabo, como dijo Gardel “veinte años no son nada”, entonces hicimos nuestra fiesta de quince. “De aro balde y paleta: un aro que encierra recuerdos como para que no se escapen; un balde para llevar y traer al mañana lo que es de ayer y de hoy; una paleta para seguir moviendo tierra, para seguir abriendo caminos, para seguir construyendo castillos (de sueños, de esperanza, de amor). Y nos quedamos con el compromiso guardado de volvernos a encontrar. Creo que sobre todo para decirnos, como sobrevivientes orgullosos de una larga batalla inacaba que se llama vivir, “Aquí estamos!”

sábado, 20 de junio de 2009


¿QUÉ PSICÓLOG@ QUIERES SER?

Prof. Manuel Calviño


Son tantos los impactos de la introducción de la computación en la actividad académica universitaria que apenas listarlos es casi una “misión imposible” (más imposible que la de Tom Cruise). La extensa operatividad de los procedimientos, de las bases operativas, y sus interconexiones, entre otras muchas cosas, aligera la carga no solo funcional, sino hasta intelectual de muchos de los procesos implicados en la formación y el ejercicio profesional. Toda una ventaja si se mira a la “economía de tiempo” y “capacidad de conservación” que todo esto supone.
Pero siempre, desde la aparición de la primera herramienta de trabajo, desde la aparición y desarrollo de las ciencias y las técnicas, la potencialidad del instrumento esta marcada por la ética de quien lo utiliza. Desde que tengo uso de “razón profesional” rememoro una y otra vez una frase que leí en la “Dialéctica de la Naturaleza” (Engels F): “los hechos siguen siendo hechos no importa cuan falsas sean las representaciones que de ellos se hagan”. Y nunca he defendido tanto el componente más o menos positivista de la expresión (la prominencia del hecho sobre sus representaciones), cuanto su mirada a la subjetividad: la diversidad representativa de “lo dado” (perceptiva, intencional, valorativa). Nace entonces un corolario: con los mismos “hechos” (cosas) se pueden hacer (pensar) cosas distintas, dependiendo de la representación que de ellos (los hechos, las cosas) tengamos.
Ese es el caso de algunas operaciones útiles que el uso de los instrumentos computacionales (“hardwerianos” y “softwerianos”) supone. Me refiero específicamente a “save”, “cut”, “copy” y “paste” (salvar, cortar, copiar, pegar).
Son, estas operaciones, facilidades indiscutibles para la construcción, la labor manufacturera de escribir, de expresar ideas. Utilidades que antes, en mis tiempos de “más joven que ahora”, en la época de las Remington, las Underwood (estas eran estelares máquinas de escribir) eran casi ausentes o sencillamente artesanales (cortar y pegar era asunto de tijeras y goma, y casi siempre volver a escribir). Ni el “multiplicador” papel carbón resolvía el asunto de sentirse cercano a los copistas, los escribanos, cuando se trataba de citar, intertextuar (que no tenía un nombre tan posmoderno), incluir, hasta – porque siempre ha sucedido – hasta plagiar.
Pero quien sabe si por efecto de la disminución de la dificultad para hacerlo, o el aumento de las exigencias con disminución de disponibilidad de tiempo, o por efecto de la reducción de la vergüenza ética (lo que sería peor), hoy por todas partes se escucha la misma preocupación. “El plagio de textos sacados de Internet es cada vez más frecuente entre alumnos de nivel universitario…. Copiar y pegar fragmentos de textos sacados de Internet era una práctica poco habitual y sólo estaba destinada para rellenar párrafos u obtener ideas que permitan complementar trabajos prácticos de alumnos del colegio secundario. Sin embargo cada vez más docentes están preocupados por el acelerado crecimiento del “copy/paste” entre estudiantes universitarios… Tiempo atrás quien decidía plagiar un párrafo de Internet se tomaba el trabajo de cambiar las palabras, el sentido de la oración, o bien, utilizaba sinónimos para que pase desapercibido pero, según los docentes, los alumnos ni siquiera se preocupan en disimularlo
http://www.minutouno.com/1/hoy/article/ 109313-Crece%C2%A0el-uso-del%C2%A0copiar-y-pegar-entre%C2%A 0estudiantes-universitarios/
Para mi no-sorpresa (si Alicia, la del “wonderland”, participó en su fiesta de “no-cumpleaños”, ¿por qué no puedo hablar de la “no-sorpresa”?) hasta mi patio parece haber llegado la tendencia. “Hace rato, profe” – me dijo uno de los “bergantines habituales” que prefieren el “aula sin clases y al aire libre”. Pero como todo: “asimilada críticamente”, es decir convertida en “producto nacional”. Claro, el “copy-paste” de Internet supone el acceso a Internet, y por razones que no comparto, no todos acceden. Además muchos de los que acceden se dedican al “chisme digital” a la “adicción epistomailística”, a los muñequitos de moda, y no faltan los que dada su incapacidad para conseguir “pan natural” se dedican al aberrado “caza-ve” (a ver si al menos “ven” algo) – no merecen llegar a ser psicólogos.
Entonces sucede que el “copy-paste” no es solo, ni mayoritariamente, una práctica asociada a Internet. Sino que se extiende al uso indecoroso de elaboraciones, producciones escritas de todo tipo, de otras personas (obviamente con total preferencia para las que existen en versión digital) en beneficio de quien la usa, que aparece como su “productor original”. Se “sacan” (copy) párrafos enteros de libros digitalizados, de artículos, de escritos, y se “ponen” (paste) en los informes de trabajos prácticos, en los trabajos de curso, en los diplomas (y más también, que conste). En estos días de “rescate” de la ortografía, de la gramática del buen decir, llegué a pensar “no es que algunos tengan fallas ortográficas. Es que copian y pegan hasta con las mismas faltas ortográficas del original” (no se toman el trabajo ni de revisarlo)
Algunos asumen estas prácticas con total desfachatez. Otros con preocupante ingenuidad: “¿Qué tiene de malo?” – me preguntó un estudiante. “No hay tiempo para otra cosa… nos exigen mucho”, fue otra frase con la que intentaron hasta culparme. “Pero si las preguntas son reproductivas, ¿qué mas da?” Más de lo mismo, diría Watzlawick. Justificaciones que siempre existen. Ceguera de lo esencial. Mirada de superficie a las prácticas, haciéndolas tributarias del formalismo, la falta de creatividad, la mentira, y la ausencia de profesionalismo. El camino de lo fácil que galopa al son de la mediocridad.
No puedo dejar de preguntarme ¿Qué psicólog@ quieren ser? ¿qué piensan que es la identidad de un profesional? ¿será que están comprendiendo a quién engañan, a quién perjudican? ¿cómo pueden renunciar al goce humano de la creación, del reto, de la sabiduría?
Que el sujeto deviene sujeto en su accionar, es algo que ningún estudiante de Psicología duda. Dos semestres de “Personalidad” y varios más de “Psicología del Desarrollo” bastarían para confirmarlo. Pero el sentido de tal proposición (quizás Mario Bunge le llamaría “hipótesis”) no se agota en la dimensión constitutiva de las operaciones o las pecularidades personológicas. Se extiende hasta la dimensión ética. La ética se construye operando éticamente. Primero, desde el control operativo externo, luego en la interiorización (asimilación, apropiación, asunción) instituyente de su condición de valor personal. El paso de la norma a la cualidad.
El único modo de facilitar la construcción de cualidades éticas (y no solamente éticas) se instituye desde el ejercicio del proceder ético (y aún así sabemos que es condición necesaria, pero no suficiente). Entonces cabría preguntarse a dónde nos lleva, en términos de cualidades personales y profesionales, en términos de ética, el tan conocido ejercicio del “copy-paste” (copia y pega).
Se despliega, encubierto en la ingenuidad o perversamente manifiesto, un modelo de ejercicio ético que nada tiene que ver con la identidad profesional del psicólogo. Se ejercita un “modus operandis” que al decir del poeta pasará de “ser andar” a “ser camino”. Con el se puede quizás conseguir un título (patente de corso para ocupar una plaza y ganar un salario). Pero nunca se logrará ser Psicólog@ (con mayúscula). Muchos menos poder mirarse tranquilamente en el espejo de la vida y no sentirse avergonzado. Como tampoco oír las pertinaces críticas (en ocasiones vulgares) de “Los Aldeanos” y decir es verdad. O compartir las canciones de Frank Delgado, y no solo reír, sino consentir. El ejercicio crítico ha de ser primariamente autocrítico. Es así que se hace más autentico.
No crean que los que estamos en otra posición no nos damos cuenta. Tampoco crean que “somos pacientes con la inmadurez a destiempo”. Hasta en la sonrisa que nos puede producir lo absurdo y descuidado del modo de proceder se expresa nuestra preocupación por el futuro. El futuro de los actores del chasco, y también el de todos. El de los que mañana confiarán en los “copypasteros” para salir de baches existenciales, el de los que depositarán confianza y esperanza en alguien que no la merece. No quiero dibujar una inevitabilidad fatalista, pero “árbol que crece torcido”…. Tendrá muchas dificultades para enderezarse.
Soy partidario de la libertad como forma de favorecer el desarrollo de la autonomía, del crecimiento personal. Con Vygotsky, Luria, Leontiev, con Subotsky y con muchos otros no rusos (pero mientras escribo estoy escuchando “ПОДМОСКОВНЫЕ ВЕЧЕРА” – Noches de Moscú, y emergen asociaciones “rusíferas”) aprendí que el control, sobre todo el exceso de control, promueve formalismo, facilita desviaciones, ilegitimidades. También leí en Fromm que a la libertad se le quiere, pero se le teme, y el miedo incita al disfraz, porque el miedo, en la generatriz cultural occidental, fragiliza. En algún lugar leí que “el único modo de saber lo que alguien es capaz de hacer, es dejarlo hacer”. Intento aplicarlo con mis hijos, con mis alumnos (con mi mujer no,… Se me sale Cayo hueso). A veces recibo satisfacciones. Otras veces frustraciones. Pero en todos los casos intento descubrir que mi frustración es el menor de los problemas. Se que lo mejor no es mirar solo a lo perfecto, sino lograr ver más allá de las imperfecciones. “No vivo en una sociedad perfecta” (Pablo). Entonces vuelvo a insistir “solo el amor convierte en milagro el barro” (Silvio). Y amor es confianza, respeto, autonomía, independencia interdependiente. Y sí, aunque me acusen de “fenomenología cursi”: Yo amo mucho a mis estudiantes.
Por eso también concuerdo con quienes plantean que "Lo principal no debiera ser cómo pillarlos o mostrarles que han copiado, sino cómo ayudamos a fortalecer una cultura estudiantil que ponga de manera autónoma límites éticos y valóricos a esta mala práctica, haciéndolos más transparente y comprensivos" http://www.mercuriovalpo.cl/prontus4_noticias/antialone.html?page=http: //www.mercuriovalpo.cl/prontus4_noticias/site/artic/20041112/pags/20041112231558.html
¿Lo podremos lograr? Claro que sí. No tengo duda alguna.
¿Necesitamos lograrlo? Sin duda.
¿Queremos lograrlo? Eso espero.
Y por eso, con mucho cariño, a todos los estudiantes de Psicología les escribo este texto, que es también mi autoevaluación.
Ojala que después de leerlo piensen que Vale la pena.

domingo, 7 de junio de 2009

Psicología e Invisibilidad


"Psicología e invisibilidad.

El no “extraño” caso de los públicos y las audiencias invisibles”.

Intervención en la Mesa redonda “Los públicos y las audiencias invisibles” realizada el 24 de octubre de 2007 en el Evento Teórico de los Premios “Caracol” (cine, radio y televisión) UNEAC 2007.

Prof. Manuel Calviño

Desde que Ricardo Arjona encontró “pingüinos en la cama” y lo declaró musicalmente, me siento menos avergonzado de reconocerme en ciertas situaciones como “pescado en tarima”. Es auténticamente mi sentir en un escenario como este y con un público visible y visibilizado como el que tengo delante de mi. Silvio cuenta (en realidad canta) que un obrero lo vio y le llamó artista, y al hacerlo noblemente lo “sumó a su estatura” (Llover sobre mojado). Si alguna vez alguien me llamó artista, por ser “el que sale por la televisión” lo único que logró es “sumarme doblemente mi anchura” (“ay, pero que gordo es…”). No me siento (no tengo identidad) de artista. Soy psicólogo en todos los escenarios (obviamente públicos) en los que me encuentro. Entonces para “entarimarme” un poco pido licencia y clemencia para ser ni más ni menos que psicólogo.

Vengo cargado de una representación que puede convocar alguna nota discordante (hasta desafinada) en mi intervención. Nunca antes he estado en un “Caracol”. No tengo predestinada la adecuación para orientar mi intervención en lo que me nominalizaron y reconozco como un “evento teórico”. En estos tiempos de tanto pragmatismo necesario la disquisición teórica es, además de un privilegio, una suerte de ejercicio que puede ayudarnos mucho a ejercitar músculos semiatrofiados por los tiempos en que el espectro de Santo Tomás de Aquino intentaba adueñarse de la colina de San Lázaro y L. “Todo tiene su momento” creo que le escuché decir a Sinoé el egipcio. Con Kurt Lewin descubrí que “no hay nada más práctico que una buena teoría”.

Haciendo mío el rito del “malabarismo conceptual” (tan común en los círculos académicos como extraño en los cotidianos – el primero se cuestiona si al pan pan y al vino vino, allí dónde el otro emulsiona una síntesis imperativa: “el pan vino”) pregunté a Mayra, a quien debo la gentil invitación que me tiene aquí, si la diferencia nominativa de “público” y “audiencia”, en la convocatoria de esta mesa, se hacía depender de las peculiaridades sensoriales comprometidas, o de la actualidad – potencialidad del “target”. Incluso pensé que podría referirse al diferencial actitudinal en el continuo “activo-pasivo”. La respuesta de mi querida amiga, con quien he compartido divertidos correos intertextuales, me tranquilizó. Me regaló “la libertad de las mareas” (al decir de Amaury): “el abordaje piratesco -¡viva la libertad!- me parece genial”. Es más, interpelándome una frase de Barthes me sugirió no solo “denotar”, sino también “connotar”. Esto me parece mucho más inteligente, necesario y productivo que “detonar”, para lo cual no deberíamos esperar por convocatorias especiales como esta.

No mucho menos dubitativo se me antojaba el término invisible. Hay una cierta gramática al uso para la que “in” es “no” y “ble” la terminación que sanciona la trascendencia valorativa definitiva del carácter del sujeto operativo de la palabra. Traduzco: “in-soporta-ble”= no se puede soportar. “in-paga-ble” = que no hay quien lo pague (como el aguacate, el tomate, ocasionalmente el mango en el mercado de 19 y A). Siendo así, reconozco que las audiencias visibles llaman de “invisible” a, por ejemplo, un programa de televisión de pésimas cualidades formales, funcionales y motivacionales. “in-visi-ble” = que no hay quien “se lo dispare”. Quizás sería mejor decir “in-ver-sible” y así sobredenotaría mejor la connotación básica: “inservible”.

Pero “invisible” parece ser sobre todo “lo que no se ve”. “Lo que no se ve”. Afirmación que contiene dos experiencias instituyentes: la primera “hay algo”, algo existe. La segunda “pero no se ve”, ese algo que existe no se ve. Si no hay algo, no hay condición de invisible.

Recuerdo hace algunos años cuando algunos “comunicólogistas” enfatizaban proféticamente el vínculo de la Psicología y la comunicación en el matrimonio con la noción de “percepción subliminal”, algunos llamamos la atención sobre lo que considerábamos un “desafuero”: ¿cómo entender algo que se percibe fuera de los umbrales de percepción? Si se percibe entonces está dentro de los umbrales de percepción. Otra cosa es decir que, hay percepciones de diferente tipo, incluso que hay percepciones no conscientes y que desde su “condición inconsciente” pueden hasta polarizar el comportamiento de una persona. Contradicciones de la historia: la Psicología experimental sirviendo de sustento a la psicología fenomenológica, al psicoanálisis freudiano.

No estaría de más decir que existe un “no se ve” que está inscrito en las particularidades mismas de los “aparatos de la visión” (si alguien duda de que la visión tiene más de un aparato puede acceder gratuitamente a http://www.elprincipito.com – “He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos”). El daltonismo existe. También la debilidad visual y la ceguera. Es larga la lista de los determinantes anátomo-funcionales, estructurales del “no se ve”. Pero, debo confesar, como simple anticipo de uno de los lugares a los que iré a parar, que me adhiero a la conocida sentencia confirmativa de que “no hay peor ciego que quien no quiere ver”.

Los que estudiamos las leyes de la percepción primero con la “Gestalt” (Köhler, Koffka), más tarde con los experimentalistas comportamentales (Gibson, Morgan) y luego, como era de esperar, con los psicólogos soviéticos de la “percepción como actividad” (Guipenrraiter, Leontiev), sabemos que las razones del “no se ve” o “cuesta trabajo verlo” son variadas: los psicólogos reconocemos la influencia del contexto en el que el “estimulo” se presenta (efecto camuflaje), la dominancia relacional (figura y fondo), efectos de halo. Reconocemos las alucinaciones escotómicas (no es solo ver lo que no es, sino también no ver lo que es), los efectos postraumáticos de ciertos sucesos, los procesos de inhibición de huellas, los estados alterados. Más aún psicodinámicamente identificamos la represión, los mecanismos defensivos en general, la apercepción, las normopatías. En fin, tenemos una “biblioteca psicológica” para explicar porque algo no se ve. Incluida la audiencia, el público.

Entonces, dicho lapidariamente, en la tradición “científica” de la Psicología (somos una ciencia, no se si para bien o para mal) lo que es invisible “es”, solo que “no visibilizado” o “no visible” circunstancialmente. Y, generalizando en síntesis esencial, lo que es que no es visible lo es por dos órdenes de cosas: invisibilidad metodológica e invisibilidad epistemológica.

Y, para que no se interprete mi afirmación precisamente como “alucinante”, hago una aclaración. Hablo de todo aquello que pertenece al mundo de lo “real-objetivo”. Con Lacan, y desde antes, con Kant, distinguimos “lo real” y “la realidad” en las dimensiones de la experiencia humana. Nosotros percibimos “la realidad”, y la realidad es una construcción subjetiva emergente de la confluencia de lo sensorial y lo experiencial (histórico, cultural). Es subjetividad. “Lo real” trasciende la realidad, la incorpora como “otro”, como intersubjetividad, es un espacio de penetración infinito con el que interactuamos por medio de su “construcción hipotética”, la realidad, y que se corrobora en la praxis (contextual e histórica – recordemos las Tesis sobre Fuerbach de Marx). “No hay de que asustarse, - digo usualmente a mis alumnos – el universo es real e infinito. Penetraremos cada vez más en su conocimiento, pero no dejará de ser ni real, ni infinito”. Así la realidad subjetiva deviene real e infinita, como el espacio de la que emerge: lo real.

Entonces, cuando hablo de lo invisible como “lo que es” pero “no es visible” tengo un recurso lógico argumental para entender tal situación. O bien el asunto es un déficit en “los instrumentos” que permiten hacer visible lo invisible. Y entonces el asunto es del orden de lo metodológico. O bien se trata de un déficit en la pertinencia misma de la visibilidad. Entonces el asunto es del orden de lo epistemológico. Dicho de otro modo o no lo veo porque no tengo cómo verlo. O no lo veo porque su visibilidad no está presupuesta en mi paradigma de referencia.

¿Pero cómo puede el orden de lo metodológico hacer invisible un objeto (sea la audiencia, o el público)?. En los mismos altares convencionales de las construcciones metodológicas está la respuesta. La lógica, aún hoy dominantemente racionalista tiene un canon perverso (en realidad más de uno): “lo que “es” para una praxis científica, es solamente lo que sea traducible operativamente, instrumentalmente. El método interpuesto construyendo lo que estudia. No responde al objeto del conocimiento, – “Nada es tan malo como para que no pueda empeorar – Murphy”: lo construye. La metodología “crea” el objeto de su conocimiento y lo sacraliza como real y testimonialmente único.

En este sentido se legitima las tesis de Ang (1991): Lo que es la "audiencia" se define desde las necesidades de la industria y de la investigación. Es una construcción funcional y no un objeto de estudio que pueda aprehenderse. “Es exactamente esta asunción la que inadvertidamente se da por descontada y se reproduce en la mayor parte de las investigaciones académicas de audiencias" (Ang, 1991: 11). La audiencia deja de ser una realidad ontológica para tramitarse como “objeto discursivo”. A la audiencia la hace el discurso. No importa si desde Kant sabemos que una definición no implica la existencia de algo ("Crítica de la Razón Pura"), a no ser la existencia de la propia definición. Para salvar el “escollo” tenemos a la metodología. Metodológicamente a la audiencia la hace el método, obviamente y esto es muy importante, desde la intención que lo selecciona (lo construye, lo sustenta, lo legitima). La audiencia visibilizada es, al final, una ficción del método y hace invisible a la audiencia probablemente real.

Estamos, contextualizando psicológicamente, ante la lógica de Thomas “si el hombre define situaciones como reales, ellas son reales en sus consecuencias”. Es el sustento de la “brujería”, de “la histeria” y quién sabe si de la Psicología pre y racionalista. En otros textos he hablado del “Modelo autofagocitista” de ciencia. Lo extiendo al campo de la metodología prefiriendo la denominación de Alsina: “el modelo autista”. La metodología hace conversar a la representación que se tiene de la audiencia consigo misma. Un diálogo en el que la audiencia potencialmente real, como el deseo inconsciente esta “perdida desde y para siempre”.

Para “convencer(ce)” se acude casi hasta el paroxismo al esotérico mundo de los números. Su aliado: la estadística. Porcentajes, medias, medianas, covarianzas, factores, en fin “éramos poco y parió la gata”. Como si no supiéramos que cualquier estadística bien torturada acaba por darnos la confesión que queremos. “La audiencia” invisible tras una cortina de números. Un intermediario “oportunista” nos dice traducir la voz en dato, la opinión en cifras, el deseo en “chek marks”: las encuestas. Por cierto la medición de “audiencias” vía encuestas es hoy como el antecedente prehistórico del problema. Ahora se sofistican los procedimientos. Ahora tenemos “Real Time” un “people meter” individual que en muy pocas horas nos regala los más sofisticados “shares”. Sigue en pie y se incrementa la dictadura del “share”. Para nosotros no se trata tanto del “share” cuanto de las “tesis” que lo anteceden y respondiendo a Mocedades “lo toman o lo dejan”. La primacía metodológica instrumental del “cómo” al final queda en manos del “quién”. Y no precisamente “quien habla”, sino “quien decide”. Esto es también otro orden de lo metodológico. Si establecer un “síntoma” de lo dicho tomaría como rehén a “los índices de audiencia”.

Insisto en que ando tras una aventura conceptual, lo que considero no “la ejecutoria de la realidad”, sino la prospección de lo posible. A los que además de pensar hacemos frecuentemente se nos intenta vulnerabilizar (digo como expectativa del atacante) con la distancia entre lo que “decimos” y lo que “hacemos”. Si el pensamiento no se adelanta a la acción estaremos condenados al mismo lugar. Nuestro hacer habla de nuestras realidades y posibilidades. Nuestro pensar de nuestras ansias y sueños. Toda teorización es onírica.

Los índices de audiencia realizan el intento de representar a la audiencia por sus características más simples (usualmente el nivel escolar, la edad, la zona de residencia, etc.). La audiencia se define por el subconjunto de los encuestados que, además de ser encuestados y de responder, cumplen con la condición de “impacto” (vio, escuchó, leyó, etc.) La propia noción de “impactado” llama la atención: impactado es el objeto del impacto. El encuestado, por necesidades de la investigación (premura, cordura y mesura) responde a lo que se le pregunta. Entonces se gestan los datos: cuantos ven y cuantos no ven; que ven y que no ven. Las “mediciones” hablan acerca de lo que se les pide que hablen. Al final se descubre el sentido del “interrogatorio”: provocar una reacción bajo control.

Pero desde que el paradigma behaviorista se descubrió como inoperante sabemos que la “reacción” bajo control habla más del estimulo que del respondiente. La audiencia existe como su expresión en el método y esta expresión, en el mejor de los casos, solo contiene la parte (mayor o menor, no se sabe) que en su “particularidad” coincide con la “particularidad” del método. Efecto doblemente marcado por el hecho de asistir dominantemente a los dominios de las metodologías cuantitativas. Como decía antes, el valor del número en primacía por sobre el valor de la demanda.

Salvando las enormes diferencia, y con profundo respeto a lo que hacemos en el accionar cotidiano, a veces todo esto me evoca un recuerdo “infantil”: Chorizo dice a Choricito que su caballo sabe leer. Ante la expresión de incredulidad del “petit clown” Chorizo despliega un periódico delante de los ojos del cuadrúpedo. Este, con expresión más inteligente que la de su amo mueve la cabeza, como siguiendo en disciplinada lectura lo escrito en la prensa. Entonces el amo orgulloso exclama: “No te dije Choricito que el caballo sabe leer”. Indignado por lo que a todas luces es un embuste Choricito decide ir en busca de una “experiencia crucial”- “Oye, Chorizo, pero dile que me diga lo que está leyendo para saber si es cierto” – a lo que el viejo payaso, que sabe más por payaso que por viejo, dice: “Un momento, Choricito, yo te dije que mi caballo sabía leer. No que sabía hablar”.

El método parece dejarnos leer sobre la audiencia, pero no la deja hablar. La descubre a su manera. Pero también, a su manera, la invisibiliza. Al final, si de televisión hablamos, entonces nos encontramos que “se está perdiendo en el laberinto de los datos de audiencia y no se puede afirmar con certeza que el público obtenga una televisión que responda más a sus necesidades o a sus gustos” (Cortés J.A.)

Se recurre (recurrimos) para salvar obstáculos (y que bien que el empeño persista por encima de la determinación) a “nuevas formas” metodológicas. Se habla de “metodologías cualitativas” – un exceso a mi juicio. Adecuado sería hablar de métodos o procedimientos cualitativos – Sin duda algunos sinsabores se salvan. Hay un mayor acercamiento al sujeto real, sobre todo como individuo. Hay una prominencia del texto vivido del “objeto de estudio”. Es un buen intento de promiscuar los sacramentos positivistas. Pero esto no significa necesariamente una modificación del tutelaje de la realidad por el método. Sobre todo porque las metodologías cualitativas siguen anteponiendo la explicación del dato (la información, el relato, las verbalizaciones) a su real connotación por el sujeto. La explicación es matriz de selección de “qué” se estudia, “quién” se estudia y obvio “cómo” se estudia. “A las explicaciones - señala Gómez – les antecede una forma de preguntar sobre aquello que se pretende explicar. Y eso, reiterando: es una acto conceptual, teórico” (Gómez G. 2006 p.465) Una forma de explicación.

Me he detenido en el Método como recurso de investigación, pero podría haberlo hecho en el Método como recurso de producción. Sobre esto hice una denuncia en un texto que titulé “Silencios que piden voz”. En el caso de la producción audiovisual sobre SIDA, en los años en que escribí el texto referido, las investigaciones epidemiológicas revelaban el predominio del contagio homosexual por encima de las tres cuartas partes del total de diagnosticados. Sin embargo la comunicación social – escribí - silencia la homosexualidad fenoménica del SIDA, que ya sabemos que no es estructural”. Allí mismo resalté la voz intertextuada desde Alma Mater de una joven profesora universitaria que decía: “somos los invisibles …a las lesbianas y a los gay ya no se nos trata de forma peyorativa en las leyes… Pero ahora, sencillamente, hemos desaparecido, y no existe una sola palabra que nos reconozca… no se nos ofende, pero tampoco se nos tiene en cuenta como comunidad urgida de protección en sus derechos” (Calvino M. 2004).

Las producciones instrumentales, operaciones praxológicas de las instancias metodológicas, también callan y hacen callar. Obvian, que es un modo de invisibilizar. Presuponen, que es un modo de invisibilizar. Redundan, que es también y con mucha fuerza, un modo de invisibilizar. Por cierto, ambas “invisibilzaciones” del método responden al “método de los métodos” cuando de praxis de investigación o de producción se trata: El método de tomar decisiones. Decisiones sobre lo que se ve o no, sobre lo que se oye o no. Decisiones sobre el decir y el callar. Sobre el silencio. Malas buenas noticias: el silencio es una voz.

No voy a detenerme más en esto. Solo recalco (recalque; recalcamento en portugués es el término que se utiliza en el lenguajear psicoanalítico para hablar de represión – “solo recalco”: “solo reprimo”… ¿qué?, ¿por qué?) que estoy intentando desarticular los/mis mitos metodológicos para avanzarLOS, que quiere decir “desmistificarlos”. Pero no estoy fuera de ese “potaje”. Soy afiliado, pero no adicto ni adepto, por exigencia laboral, por tradición profesional y porque, sobre todo, muchas veces no se qué otra cosa se pudiera hacer (como le pasa a casi todo el mundo). De modo que esto que hago es más un acto de imprecación, que un acto de execración.

Pero no olvidemos nunca que el método no es sino una extensión legítima o bastarda de su paradigma matriz. Ya sé que podemos aplicar “test” sin ser testólogos, o interpretar sueños sin ser psicoanalistas. He defendiendo y defiendo la independencia relativa del método respecto al paradigma de origen, del instrumento respecto a la intencionalidad del ejecutante (Calviño M. 1999). Reconozco además que las exigencias de tarea tienen prioridades e inevitabilidades de desempeño. Reafirmo la existencia de los límites temporales del saber. Todo esto es no solo legítimamente comprensible, sino sobre todas las cosas real. Pero todos los caminos nos conducen al “episteme”. Mientras toda la posmodernidad anda matando al sujeto, el posracionalismo no casualmente lo focaliza y alimenta. En la “generatriz metatranquista de las esencias” ambos tienen razón (como casi siempre pasa en el mundo etéreo de las discursividades). En el devenir cotidiano, en el que por cierto visibles o invisibles existen las llamadas audiencias, no hay discusión: el sujeto vive y, más aún, gobierna.

Las metodologías no nacen por obra y gracia del “espíritu santo”. Además de ser creaciones humanas son decisiones humanas. Esto nos vuelve al punto de “la invisibilización” (ahora, con toda intención, no hablo de invisibilidad, sino de invisibilización) epistemológica, la que es producida por la no presunción del objeto (representación de lo audienciable) en el paradigma dominante (y esto de dominante no hace referencia tanto al volumen, cuanto a la estructura de decisión).

Volviendo a mi “trabalenguas” original (que ya he asumido hasta con placer) sobre lo “invisible” (no lo invisible producido por la acción del joven científico Jack Griffin del clásico del cine de 1933, ni producido por la Capa de Harry Potter), intento llamar la atención sobre una “condición epistemológica”. Vuelvo a la insistencia: Ontológicamente “es”. Epistemológicamente “es no visible”. Y ahora agrego que esta condición epistémica de no visible es atribuible al tipo de “epistemología” que subyace en el modelo funcional del “perceptor”. De modo que estoy tomando partido por una idea a mi juicio instituyente de la discusión psicológica del asunto que nos ocupa: una audiencia es invisible porque esta oculta, escotomizada, epistémicamente de la realidad del “perceptor”. Es la construcción subjetiva del perceptor quien la hace imperceptible (invisible).

Estoy dando un salto “epistemo-poético”: “El ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas; / es ojo porque te ve”(Antonio Machado “Proverbios y cantares”). Y ahora un pecado semimperdonable: “La audiencia que ves no es audiencia porque tú la veas; es audiencia porque te ve”. Si no la ves pero te ve es audiencia “desconocida”. Si no te ve pero tú la ves, es audiencia “fictica” (aparente). Si te ve o no, pero igual tu no puedes verla es “audiencia invisible”. ¿Por qué no puedes y ella sí te puede ver?

El perceptor, el sujeto de la “posible visibilidad”, tiene una barrera “epistemológica” que “invisibiliza” a la audiencia. No puede verla diría desde la tradición cognitivista de la psicología. No quiere verla diría la tradición dinámica. Lo cierto es que no la ve. Y esa “invisibilización”, que fanfarriosamente he denunciado como epistemológica, es, por decirlo en términos de las nociones psicológicas extensas, actitudinal.

He llegado a un punto de sumo interés (justo cuando estoy a punto de detenerme). La invisibilidad no como cualidad del objeto (intrínseca o contextual), o como resultante del sistema de procedimientos, sino como situación del que percibe. Y otra vez mi “ciencia matriz” tiene comentarios interesantes que hacer que pueden ayudar a entender la “perseguida” invisibilidad de la audiencia en su institución epistemológica, paradigmática. Me permito una revisión de rutina, apresurada sin duda.

La primera responsabilidad en esta “ceguera paradigmática” es, ha sido, casi siempre condicionada al conocimiento. Resuena sabia aquella sentencia según la cual “no conocemos lo que vemos, sino vemos lo que conocemos”. Es cierto y, como todo lo cierto, polémico. Pero la ceguera del conocimiento, si de conocimiento es, es transitoria. Solo que esta “situacionalidad” será o no superada si, y vuelvo a la carga, el paradigma de referencia la “prevee” como salvable. Lo que cambió Copérnico, lo que cambió Galileo, no fue el conocimiento del Sol o de la tierra, sino el paradigma de su comprensión. Invocaron la mirada paradigmática alternativa que suponía una posibilidad de visión de lo que no se veía. Ingenieros llevaba razón cuando decía que hay situaciones en las que no vale mucho cambiar las fichas, lo que hay que cambiar es el juego. El avance es potestad de un paradigma. El desarrollo de su sustitución. La “invisibilidad congnoscitiva” denuncia el carácter o la capacidad de avance dentro del paradigma. Lo Invisible epistémicamente testimonia la incapacidad de avance más allá de los límites del paradigma.

El asunto es que el propio funcionar del paradigma genera la invisibilización de ciertos elementos. Dicho en la tradición marxista como paráfrasis del “Manifiesto”, crea “todo paradigma crea su propio sepulturero”. Es precisamente la invisibilidad de sus agentes potenciales de cambio lo que el propio paradigma “produce” como su contradicción potencialmente generadora de cambio.

Desde la Psicología he “responsabilizado” conceptualmente a tres fenómenos que instituyen, repito psicológicamente, la invisibilidad de la audiencia desde el “perceptor”, entendido aquí como el continente sujeto individual, grupal o institucional del paradigma: la resistencia, la familiaridad acrítica y el propium prejuicial.

En el caso de la “resistencia”, muy montado en las tradiciones psicoanalíticas y psicodinámicas, la referencia es a ese suceso de significado funcional capital que se observa ante los procesos de cuestionamiento exterior o interior de los sistemas humanos, ante los procesos de cambio, ante cualquier cosa que signifique la “puesta en duda” de la eficiencia, adecuación o pertinencia de dichos sistemas. En su “Essais de Philosophie generale” Dunan presenta la resistencia como una cualidad primera de los cuerpos incluso asociado a la construcción de identidad (lo que se resiste existe: resistencia es índice de autonomía). En la obra de Pichón Riviere la resistencia se asocia al temor a la pérdida (temor depresivo) y al temor al ataque (miedo paranoide). En cualquier caso la función de la resistencia es defensiva. El problema se nos presenta porque este principio defensivo de la resistencia tiene como estructura impelente el automantenimiento (protección) del paradigma. Resistir es mantener lo que está, tal y como está, y en este sentido produce inmovilización paradigmática. No solo “no ve”, sino que además clausura la posibilidad de verlo.

Ante la en ocasiones “impertinente” acción “destructiva” (cuestionadora, duditativa, crítica), la resistencia llega a la exclusión. Tramitada luego como “autoexclusión”: el paradigma brinda una opción de integración (siguiendo el principio de más de lo mismo: “acepta y serás aceptado”). Si los “contendientes” no aceptan, se han “autoexcluido”. La razón del poder, diría Foucault, convertida en incapacidad del “contrincante”. Lógica perniciosa de la que es responsable la misma funcionalidad del paradigma.

La llamada “familiaridad acrítica” llama la atención sobre un suceso reconocible: la permanencia de un objeto representado (llámese modelo de audiencia) en el campo fenomenológico, la estructura interna del paradigma, promueve con el tiempo la aparición de un vínculo indiscriminante con dicho objeto. De esto resulta que este (el objeto representado) se incorpora simbióticamente al campo perdiendo el sujeto la posibilidad de diferenciar en dicha situación la presencia de nuevos objetos, o nuevas características del objeto representado que denuncia su modificación. La familiaridad acrítica se revela entonces como una incapacidad del “perceptor” de detectar la disfuncionalidad de la representación del objeto o del sistema. Es un “acostumbrarse” que supone, como la resistencia, la inmovilidad del sistema toda vez que no percibe la presencia de cualquier nuevo elemento que contenga la necesidad (demanda) de cambio, corrección, modificación del paradigma.

Por último, sin decir con esto que se cierra la comprensión de otros mecanismos funcionales de freno metodológico del paradigma del perceptor, se observa el “proprium prejuicial”.

La psicología social ha recopilado evidencias que hacen pensar que el hombre tiene una propensión al prejuicio: tiende a hacer generalizaciones basadas en estereotipos que le permiten simplificar su mundo de experiencias. Siguiendo a Allport, la vida es tan rápida y las exigencias de adaptación tan grandes que somos impelidos a ordenar y clasificar los sucesos del mundo en categorías amplias generalizadas y poder así satisfacer nuestras necesidades cotidianas de adecuación. Estas generalizaciones, al perder su reversibilidad, se convierten en prejuicios. El prejuicio actúa como una forma de pensamiento autista, es decir, un proceso inconsciente y subjetivo que no necesita de una racionalidad para validarse. Es dado como un “por supuesto”. Muchas de estas “elaboraciones generales” al compartidas por los sujetos se convierten en normas estereotipadas de percepción. Las instituciones como organizaciones sistémicas de seres humanos, con canales de comunicación, estructuras de subordinación, etc, en las que nada le es ajeno a nadie, tienen prejuicios, son portadoras de prejuicios. Algunos compartidos por la mayoría. Otros existentes en algunos de sus grupos formales e informales (incluidos los grupos de poder, los que gestionan decisiones). Y estos prejuicios conforman un modo propio de dicha institución de afrontar ciertas situaciones, siendo que de alguna manera terminan ejerciendo una influencia sobre los modos de comportamiento intrainstitucionales y extrainstitucionales. A esto le denominamos “proprium prejuicial”. Y siendo un modo perceptivo de “tamizar” la información de entrada se convierte en un “paraban” del paradigma dominante.

Abro y cierro una puerta, en cadencia de inmediatez educada, porque tras ella hay tanto material que no podría abarcarlo sin la adjudicación de al menos un año “domingático” (tanto he aspirado al sabático y no lo he conseguido que busco nuevas alternativas). En el diálogo audiovisual que las producciones comunicativas suponen “perceptor” es todo sujeto implicado en el proceso. La disfuncionalidad de todo paradigma de cara al desarrollo no es “privilegio” de los paradigmas “dominantes”, es también de los “no dominantes”. Digo más, en la medida en que un paradigma dominante es más “normativo” suscita paradigmas alternativos con muchas comunidades incluso esenciales con el otro paradigma. Esto es una realidad observable incluso en los “macro sistemas” sociales. El paradigma de “oposición” contiene parcialmente al paradigma “opuesto” (oposicionado, creo que se entendería mejor). Toda ruptura lleva un germen de continuidad. Aprendimos que es apenas en la segunda negación donde se produce la instauración de lo inicialmente negado.

Esto nos lleva a dos grandes vertientes de análisis. La invisibilidad del “no veo” (sobre la que hemos hecho los apuntes anteriores en base a lo que reconocemos como el paradigma dominante) y la invisibilidad del “no me veo” (el paradigma del excluído). El público que no se percibe (no se reconoce, no se identifica, no se supone) en el producto comunicativo y por ende no deviene audiencia (al menos estable). Esto es un fenómeno muy interesante que atraviesa diferentes peculiaridades psicológicas. La famosa sentencia según la cuál “al que le sirva el sayo que se lo ponga” se presenta con un inconveniente: muchas veces a quien le sirve el sayo, no ve que le sirve. No ve que fue hecho (dicho) para él/ella/nosotros/nosotras/ellos/ellas. Y esto es algo que no se descubre (no voy a volver atrás, solo estoy reconfirmando) con las clásicas mediciones de audiencia, especialmente las sustentadas en estadígrafos descriptivos. Pero repito, intentar pensar este asunto en voz alta (o en blanco y negro) es una tarea que trasciende con mucho los límites de lo que ahora me permito (y me permiten).

¿Pero resulta ser un “trastorno” (esto es una categoría psicologizante) el que una audiencia u público sea o no invisible? Si no encontramos un “sí” contundente todo lo que pueda ser pensado, analizado, descubierto o sustentado en esta mesa resulta altamente injustificado. El asunto es que una audiencia invisible (invisibilizada) convoca sentimientos de injusticia, inequidad, exclusión. Un paradigma invisibilizador tiende al egodirectivismo, al anquilosamiento, a la pérdida de sentido real de una práctica comunicativa, cualquiera que esta sea. Públicos y audiencias invisibles son actores sociales a quienes se les dificulta su inserción social, su socialización, su integración con legitimidad y protagonismo. No son en el sentido pleno de la palabra actores. En todo caso serán “detr”-“actores”. Y como públicos y audiencias serán puestos a merced de quienes lleguen a ofrecerle por enmienda los vestigios finiseculares de la desidia, la miseria espiritual, la “chatarra pseudocultural, la tontería. Y es aquí donde se justifica, porque se necesita, producir acciones encaminadas a aumentar la visibilidad como acto de incorporar, coparticipar, co-construir.

Intensificando el paso de mi ya casi insoportable intervención me concentro en señalar dos opciones a considerar en esta anchura del diapasón de visibilidades.

La primera tiene que ver con la necesidad de desestructurar, desmontar, desmistificar los encuadres actitudinales (paradigmas epistémicos) de la invisibilidad del tipo “no veo”. Entre ellos el paradigma “for your own good” o “yo se lo que te conviene (necesitas)”. El paradigma “esto es una decisión política”. El pardigma “yo soy el jefe”. El paradigma “a la gente lo que le gusta es eso”. Todos contenedores de una falsa noción de la representatividad (mi pensamiento representa el pensamiento de todos). Y digo más, siendo quien sabe si flexiblemente ortodoxo, desmontarlos no tanto, por su condición de “paradigma”, sino por su condición de “incuestionables”, positivistamente verdaderos (verdades únicas y absolutas), predeterminadamente adecuados.

El asunto no es representar a la “audiencia”, sino hacerla participar. Entre la “representación” y la “sustitución” (ocupar el lugar de) solo hay un paso: “creerse cosas” (como dicen mis hijos). Y entre la sustitución y la “exclusión” (quitar el lugar de) también no falta mucho. Solo tener poder.

De donde arribo a mi segunda consideración: la invisibilidad no tendrá una recuperación de contornos mientras el perceptor se quede en la condición de “imagen especular”. Me veo o no me veo en el espejo. Se ven o no se ven en el espejo. ¿Qué tengo que hacerle al espejo?. El asunto es mucho mayor. El asunto es de participación, de construcción. Pasar de una epistemología de la unilateralidad a una de la multirateralidad, de un “episteme” egocentrista (egosujeto, egogrupo, egoinstitución) a un episteme de construcción colectiva.

Es posible que algunos piensen que alucino. Ni yo mismo lo dudo. Pero es poco aún. Repito con otras voces que plantear el asunto exclusivamente como una cuestión de visibilidad y acceso a los circuitos de la comunicación masiva, por parte de los grupos y sectores sociales que coexisten hoy en condiciones de desigualdad, es no solo reducir un problema a sus "síntomas visibles", sino renunciar a la posibilidad de re-pensar la comunicación no en sí misma, sino en relación con los deseos y con los proyectos que son su motor no es un problema de emisores y receptores, ni de simulacros de representación de actores sociales en los distintos medios de comunicación… es la lucha por la legitimación de la palabra propia en el contexto de las múltiples voces” (Reguillo R. 1998)

Bibliografía referida en el texto


Ang I (1991) Desperately Seeking the Audience, London & New York, Routledge.

Cortés J.A “Cautivo en el juego de las audiencias de TV. El espectador «espectado» http://www.nuevarevista.net/2004/febrero/nr_articulos91_4.html

Calviño M (1999) “Psicología y Marketing. Apuntes para el posicionamiento de la Piscología”. Editora Política. La Habana, Cuba.

Calviño M (2004) “Actos de Comunicación. Entre el compromiso y la esperanza”. Editorial Logos. La Habana, Cuba.

Gómez G. (2006) “Algunas apreciaciones sobre lo cualitativo y lo cuantitativo en investigación psicosocial”. En: Hacer y Pensar la Psicología. Asebey A; Calviño M. compiladores. Editorial Caminso. La Habana. pp.445-474.

Reguillo R (1998) “Derechos humanos y comunicación. Un malestar invisible: derechos humanos y comunicación”. Chasqui. Nº 64.

Rodrigo Alsina Miguel (2001): “Teorías de la comunicación”. Barcelona. Aldea Global